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Y Dios se detuvo en Cerro Hierro (en lista de espera para comentar

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  • cehicehi Miguel de Cervantes s.XVII


    de Lino, que se llevó un susto impresionante. En realidad, todos estábamos asustados.

    Nos despedimos, blancos aún, recibiendo felicitación, por parte de

    Lino, por la celeridad y el acierto en el trabajo realizado.

    Mientras nos alejábamos, me vino a la mente algo parecido que había pasado cuando era Julio quien me acompañaba. Pero esa vez no fue tan horrible, porque el niño estaba en un pasillo, con los extremos abiertos, no viéndose atrapado cuando el buey, en el que trabajaba, se soltó y se fue hacia él. No vi nada, pero pude oír un chillido agudo antes de doblar la esquina. Después, aliviado, vi a mi hijo correr, campo a través, hacia el coche, a la vez que el buey trotaba en sentido contrario.

    Esas reacciones eran típicas en Julio; era el ruidoso de la familia. Bajo presión, hacía valer sus sentimientos gritando. Cuando Pérez, por ejemplo, ponía una vacuna a algún animal en el consultorio, Julio anunciaba la aparición de la agsinónimos magníficouja con '¡eso debe doler!'. Y en ello tenía afinidad con Pérez, que lo respaldaba... '¡sí, Julio, tienes razón! ¡Esto duele muchísimo!'.

    Esta vez, mientras Candela y yo abandonábamos el lugar, abrió y cerró la cancela, solemne. Ya en el coche, me miró expectante. Yo sabía por qué. Quería empezar su juego favorito. Le gustaba que le hiciese preguntas sobre distintas materias, lo mismo que a Julio le gustaba preguntarme.

    Entonces empezamos el juego.

    ____A ver. Dime el nombre de cinco flores.

    Dudó, pero era obvio que sabía la respuesta.

    sinónimos magnífico
    ____Rosa, clavel, jazmín, margarita y amapola.

    ____Eres una niña inteligente. ¿O ya las traías preparadas? Bueno, sea como sea, ¿qué tal cinco pájaros?

    Esta pregunta le pareció más difícil, pero respondió:

    ____Gorrión, canario, jilguero, golondrina, y… ¡Ay! ¡Ay! ¡Uno más…! ¡Paloma!

    Ese juego se repetía a diario, con infinitas variantes. Entonces me daba cuenta a medias de lo afortunado que era. Tenía trabajo y la compañía de mis hijos a la vez. Pero habían muchos hombres que trabajaban tanto para mantener a su familia, que llegaban a perder contacto con sus hijos. Pero, en mi caso, tanto Julio como Candela me acompañaban hasta que tenían que acudir al colegio.

    Conforme se acercaba el día en el que tenía que asistir al colegio, la actitud de mi hija era maternal. Me hablaba con esa solemnidad, característica en ella.

    ____Papá –me decía-, ¿cómo te las aviarás cuando tenga que irme al colegio? –no esperaba respuesta, ella se respondía-: tendrás que abrir y cerrar puertas y sacar cosas del auto tú solo. Y creo que va a ser difícil para ti.

    ____Así es, y te echaré mucho de menos -le acariciaba la cabeza, como dándole seguridad a sus palabras. Y añadía-: pero no tendré más remedio que arreglármelas solo.

    Su respuesta la sabía, porque siempre era la misma: una sonrisa agradable de alivio y unas palabras de consuelo:

    ____Tú no te preocupes, papá. Yo puedo acompañarte los sábados y los domingos y así estarás más aliviado.

    Ahora, en la distancia, supongo que era normal que mis hijos, al ver y al comprobar la práctica de la Veterinaria desde la infancia y ser testigos directos de la satisfacción que esto me proporcionaba, no pensasen en otra cosa que en ser veterinarios. Siempre quería aconsejarles en lo que buenamente podía sobre sus futuros, pero nunca me imponía. Ellos mismos decidirían sus respectivos futuros a la hora de decidir. Y pienso, sin prsinónimos magníficoesunción ni falsa modestia, que esta es una medida que todo padre debería adoptar.

    Con Julio no habría problemas: era fuerte y lo veía preparado para resistir los embates de este oficio. Pero, por algún motivo, no podía soportar la idea de que mi hija recibiera coses y golpes o estuviese cubierta de estiércol. En esa época era difícil, pues no había ningún aparejo para apaciguar los forcejeos de los animales grandes, que eran los que con asiduidad enviaban al veterinario al hospital, con piernas o costillas rotas. Siempre he respetado que los hijos sigan sus propias inclinaciones, pero cuando Candela acabó el bachiller, solté indirectas y no jugué limpio con ella: le hacía ver los trabajos más desagradables. Y al final, tal vez influenciada, decidió cursar medicina, y hasta hace muy poco, era la médica oficial de nuestro pueblo. Por lo que los augurios de mi amigo Pío, que la 'sacó' a la vida, se cumplieron a medias.

    En la actualidad, cuando veo el gran porcentaje de mujeres que acuden a las universidades de Veterinaria y recuerdo los buenos


  • cehicehi Miguel de Cervantes s.XVII

    trabajos que hacían nuestros antiguos ayudantes en el consultorio, me pregunto si hacía lo correcto. Pero Candela es feliz con lo que es y con lo que hace. Ostenta prestigio y éxito. Y los padres sólo hacemos lo que creemos mejor para nuestros hijos.

    Pero todo esto pertenecía a un futuro remoto, mientras conducía de regreso de 'Granja Lechera', con mi hija a mi lado, que ya había empezado a cantar y estaba acabando el último verso de nuestra canción favorita: 'Dejé mi corazón en manos indiferentes'.


    Felicidad como la que experimentaba entonces, es difícil que la vuelva a experimentar. Pero, por norma general, todo ser humano debe luchar por ella si se adapta a lo que es y a lo que tiene. Porque ansiar una felicidad, desmesurada, completa, es un obstáculo para la propia felicidad. Pero dar y recibir amor, tener salud, trabajo y amistad, es una situación feliz para todo el que se lo proponga




    (FIN EPISODIO COMPLETO 'EL SUSTO')
  • cehicehi Miguel de Cervantes s.XVII

    La Asafétida


    'No existe la tranquilidad para los veterinarios rurales' Eso pensaba mientras conducía. Eran las cuatro de la tarde de un domingo, y allí estaba yo, yendo hacia Cerro Hierro para tratar de curar un perro. Según me dijo mi hijo, que fue quien había recogido el mensaje del urgente aviso, el perro llevaba enfermo toda la semana.

    Mientras salía de mi pueblo, con los últimos rayos del sol, las calles estaban desiertas, y las casas presentaban ese aspecto confortable que evocaban imágenes de sillones, de cachimbas, de chimeneas. Observando el titilar de las luces me venía a la mente los granjeros dormitando con las piernas extendidas.

    Mi coche no se cruzó con ningún otro vehículo, y el camino se iba haciendo cada vez más oscuro, negro. Nadie circulaba por aquella carretera, excepto el doctor Amor.

    Llegué a la zona de la Renfe, y vi ante mí una fila de casas nuevas, con la fachada en piedras de un color marrón claro.

    Me bajé del coche, y de pronto me sentí atrapado en una depresiva compasión: 'Emilia, casa 3, 2ª fila, paralela a la vía del ferrocarril; la única casa sin chimenea'. Había escrito mi hijo en una hoja del bloc que teníamos al lado del teléfono. Mientras abría la cancela y cruzaba el jardín, llevaba la cabeza ocupada en lo que iba a decir. No tenía por qué ser grosero. Intentaría explicar mi postura de que a los veterinarios también nos gustaba descansar los domingos, y que aunque no nos importaba viajar para atender una urgencia, sí cuestionábamos la visita a un perro que había estado enfermo toda la semana. Era fácil de entender que bien podrían haber avisado el mismo día o al siguiente.

    Tenía listo mi discurso, cuando abrió la puerta una mujer de media estatura y de unos cincuenta años. Parecía preocupada.

    ____Buenas noches. Soy el veterinario. Emilia, supongo –saludé con los labios ligeramente apretados.

    ____¡Oh, es usted! -sonrió-. No hemos sido presentados, pero suelo verle en San Nicolás con su hijo, o con el doctor Pérez. ¡Pero no se quede ahí! ¡Pase, pase, por favor!

    La puerta daba acceso directo a un pequeño salón, poco iluminado. Lo aislaba del resto de la casa mediante una cortina. Emilia se hizo a un lado. En una cama de un cuarto yacía un hombre esquelético, con los ojos hundidos.

    ____Es mi marido, Emilio –se apresuró a decirme. El hombre, serio, alzó una mano huesuda-. Y aquí está su paciente, nuestro querido Frankfurt –señaló un dachshund que estaba echado a un lado de la cama de su esposo.

    ____¿Frankfurt?

    Se llama así porque p
    ensamos que era un nombre apropiado para un perro salchicha alemán –sonrió de nuevo, pero su marido seguía serio y sin hablar.

    ____Muy apropiado –respondí.

    Por un momento recordé lo acertada que era con los nombres para perros y gatos la Hermana Alegría. Sobre todo con Ámbar.

    El dachshund me miró, como dándome la bienvenida. Me agaché un poco para acariciar su piel reluciente.

    ____Parece sano. ¿Qué le ocurre?

    ____Durante toda la semana ha caminado en forma extraña, como si tuviese problemas en las patas. Y en realidad no nos preocupó. Pero este mediodía se desplomó y no podía levantarse de nuevo. Y esto sí nos preocupó.

    ____Me percaté de ello mientras lo acariciaba –le pasé la mano por debajo del vientre y lo empujé levemente, hasta lograr ponerlo en pie. ¡Frankfurt, muéstrame cómo caminas; venga, muchacho, que vienes de una raza de valientes!

    Animado por mis palabras de aliento, el perro se levantó y dio unos pasos, vacilantes, pero la parte trasera se iba inclinando hasta que volvía a echarse. Y esto no me gustó.

    ____¿Es el lomo? –me preguntó Emilia-. Porque las patas delanteras parecen estar fuertes –añadió.

    ____Ese es también mi problema -terció su marido, con aspereza en la voz y hablando por primera vez. Su esposa le cogió la mano y la acarició, reteniéndola entre las suyas.

    ____La debilidad está en la parte trasera –respondí, y puse al perro sobre mis rodillas para a tocar las vértebras lumbares, en busca de algún punto de dolor.



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    ____¿No lo habrán golpeado? No lo dejamos salir solo, pero a veces se escabulle por la puerta del jardín y…

    ____Es posible que haya sido una lesión fortuita –la interrumpí-, pero lo más probable es que todo radique en los discos.

    ____¿Discos? –la mujer adoptó una expresión de confusión.

    ____Son cojines de cartílago de un tejido fibroso que están entre las vértebras. En los perros de un cuerpo tan largo, como Frankfurt, a veces se dislocan del conducto raquídeo y ejercen presión sobre la médula.

    ____¿Qué posibilidades tiene entonces de curarse? –se volvió a oír la voz áspera, desde la cama.

    Esta era la pregunta clave con este síndrome. El pronóstico podría ser cualquiera: desde una total recuperación, hasta una parálisis.

    ____No es fácil de responder. No quiero dar un diagnóstico erróneo. Por de pronto, le pondré esta inyección, tomará unas pastillas, y esperemos hasta ver cómo responde -mostré la jeringa.

    Le inyecté en vena un analgésico con antibiótico, luego conté unas pocas pastillas de Salicilato, las metí en un pequeño bote, que solía llevar algunos en mi maletín, y se lo entregué a Emilia. Este era el único tratamiento para estos casos que había entonces.

    ____Gracias. Y ahora, doctor Amor, pasando a algo más agradable,

    nos gustaría invitarle a una cerveza. Mi marido toma una todas las tardes sobre esta hora. ¿Le apetece acompañarle? Nos sentiríamos muy halagados por disfrutar un poco más de su compañía.

    ____Muy amable, Emilia. Pero no quisiera molestar…

    ____No es ninguna molestia. A mi esposo le es grata su presencia, y yo estoy encantada de verle de nuevo.

    Llevó a la mesa dos jarras de cerveza, negra, puso unas almohadas detrás de la espalda de su esposo, y luego se sentó en el borde de la cama, no sin antes poner una de las jarras en la mano derecha de su esposo.

    ____Somos asturianos, de la ciudad de Gijón, y… –empezó Emilia a identificarse.

    ____Ya había notado un acento distinto al de aquí –la interrumpí.

    ____...nos vinimos a Cerro Hierro hace como tres meses, luego del accidente de mi marido –completó lo que iba a decir.

    ____¿Qué le ocurrió? –miré Emilio, preguntándole.

    ____Yo era minero –intervino por tercera vez-, y un día se nos cayó una bóveda encima: me rompió la espalda, me aplastó el hígado y me causó heridas internas. Pero tres compañeros míos murieron en el acto, de modo que tengo la suerte de estar vivo –bebió un sorbo de cerveza-. Pero los médicos me dijeron que nunca más volveré a caminar –añadió.

    ____Lo siento de veras –moví la cabeza.

    ____No diga eso. Cuando veo las bendiciones que Dios me ha dado, tengo que estar agradecido. Apenas si tengo molestias, y le puedo asegurar que esta mujer es la mejor esposa del mundo.

    ____¡Quién te oiga...! –Emilia se sonrojó-. Pero estamos muy felices por habernos venido a vivir a este maravilloso lugar. Tiempo atrás, pasábamos las vacaciones en Andalucía, y era sano alejarse de los humos y las chimeneas. El balcón de nuestro dormitorio de nuestra antigua casa daba a un muro, pero esta tiene tres ventanas y una de ellas frente a nuestra cama. Sin esfuerzo, podemos ver más allá de doscientos metros. 

    ____Toda Andalucía es bonita. San Nicolás, del que depende Cerro Hierro, y al igual que éste, está sobre una colina. Aquí hay mucho sol y corre una brisa agradable. Desde cualquiera de esas ventanas pueden verse los verdes, que se extienden hasta el río. ¡Sí, amigos gijones, han sabido elegir un buen lugar para vivir! –salió a escena mi vena terrera.

    ____Y el traer a Frankfurt ha sido una buena idea –dijo, de pronto, Emilio, que añadió-: me sentía solo, mientras mi esposa salía a la compra, pero este muchacho hacía que todo fuese diferente. No se encuentra uno solo cuando se tiene un perro.

    ____Tiene usted razón –le respondí, y le pregunté-: ¿cuántos años tiene Frankfurt? 




  • cehicehi Miguel de Cervantes s.XVII

    ____Cinco. La mejor edad. ¿Verdad, viejo? -dejó caer la mano sobre un lado de la cama, en busca de su perro.

    ____Parece que su sitio favorito es a su lado –le dije.

    ____Así es. Pero es curioso. Mi esposa le pone de comer, lo lleva de paseo, lo asea, pero luego de eso vuelve conmigo. Sólo tengo que mirarlo y le falta tiempo para venirse a mi lado.

    Esto es normal en las personas discapacitadas. Sus mascotas están cerca de ellas, como queriendo ofrecerles ayuda.

    Terminé de beber mi cerveza y me puse en pie.

    ____Esta mía me va a durar un poco más -alzó su vaso, casi lleno.

    ____Acostumbraba los viernes a beber varias cervezas cuando salía con los compañeros después del trabajo. Pero ahora, ya me ve… Aunque disfruto de esta, junto con mi mujer y Frankfurt. Es curioso cómo cambian las cosas…

    Emilia se inclinó sobre él, fingiendo una regañina.

    ____¡Tuviste que cambiar tus costumbres, ¿no?! –sonrieron. Y pude ver que era la primera vez que Emilio sonreía.

    Me fui hacia la puerta de salida a la calle. 

    ____Gracias por la cerveza. Volveré el martes para ver cómo sigue Frankfurt Espero que para entonces se halle mejor. Buenas noches. Hasta pasado mañana. Aufwiedersehen, Frankfurt –sonreí.

    Mientras iba saliendo me despedí de nuevo de Emilio levantando la mno. Pero Emilia me cogió del brazo y me dijo: 

    ____Nos sentíamos mal por haber avisado un domingo, pero usted ha podido comprobar que teníamos un motivo para ello. Gracias y buenas noches, doctor Amor.

    ____No se preocupe ahora por eso. Es mi trabajo. Además, siempre quiero lo mejor para los animales domésticos. 

    Mientras conducía de regreso, en la oscuridad de la noche, pensé que en realidad la visita no me había causado ninguna molestia. Mi irritación se esfumó al entrar en aquella casa. Lo que me quedó fue un sentimiento de humildad. Si Emilio tenía que dar gracias a la vida, ¿cuál debía ser entonces mi postura? Yo, que lo tenía todo. Lo que quería era hacer desaparecer el mal presentimiento acerca del perro. Había indicio de fatalidad en los síntomas de Frankfurt, pero, aun así, tenía que curarlo. Predispuse mi ánimo para ello.

    Si embargo, el martes siguiente había empeorado.

    ____Será mejor que me lo lleve para hacerle una radiografía –le dije a su dueña. Y añadí-: no veo mejoría. Y estos casos se deben tratar con celeridad. No podemos perder más tiempo.

    En el auto, acomodé a Frankfurt en el hueco del asiento delantero derecho. Lo iba mirando durante todo el trayecto y observaba que sus patas traseras no se movían, que estaban quietas. 'Demasiado quietas', pensé.

    No era necesario anestesiar para hacer un estudio radiográfico en nuestra recién adquirida máquina de rayos. Una vez en mis manos las radiografías, detecté un estrechamiento entre las vértebras que confirmaba mis sospechas de protrusión. Actualmente, estas cosas se corrigen con esteroides o con cirugía, pero en ese entonces sólo quedaba seguir con el tratamiento, rezar y esperar.

    Ese fin de semana, las esperanzas estaban diluyéndose. Ya le había administrado salicilato, pero el perro no podía levantarse. Le oprimí los dedos de las patas traseras, y de pronto fui compensado con un ligero movimiento reflejo. Pero revoloteaba en mí la certeza de que la parálisis en la parte posterior no estaba lejana.



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    El sábado siguiente me encontré con la muy luctuosa realidad de la confirmación de mi diagnóstico. Cuando entré a la casa, el perro se acercó a recibirme, andando con las patas delanteras y arrastrando las traseras. Empecé a ver negro el panorama.

    ____Buenos días –Emilia me recibió con sonrisa apagada. Señaló el perro, estirado, cuan largo, sobre el suelo del salón-. ¿Cómo lo ve hoy? –añadió preguntándome.

    Me arrodillé y le toqué las patas, buscando algún reflejo. Nada. Era incapaz de dar una respuesta adecuada. De pronto, tropecé con la mirada demacrada del señor de la casa.

    ____Buenos días, Emilio –simulaba tranquilidad. Pero volvió los ojos hacia la ventana, ignorándome como si no estuviese. Durante unos momentos, me sentí incómodo.

    ____¿Está enfadado conmigo? -susurré a su esposa.

    ____Es por esto -tenía un diario en la mano-. Se siente angustiado -miré la hoja que indicaba; mostraba una imagen de un dachshund paralizado. Llevaba la parte trasera del cuerpo sobre una pequeña plataforma con ruedas. Paseaba con su dueño y parecía normal, excepto por las ruedas.

    Al escuchar Emilio un ruido de papeles, no podía ser otra cosa que el periódico. Se giró hacia nosotros, con una rapidez impropia para el estado en que se hallaba, y me preguntó:

    ____¿Qué piensa de eso? ¿No es una barbaridad?

    ____No me gustan las apariencias, y supongo que su amo pensaría que era lo único que podía hacerse –le respondí.

    ____Quizá… -casi no le salía la voz-. Pero no me gusta que mi perro acabe como yo o como ese otro perro –dejó caer la mano buscando pero Frankfurt aún seguía sobre el suelo del salón-. Ya no hay nada que hacer, ¿verdad? –añadió, preguntándome.

    ____Ya les dije que la esperanza era poca y añadí que estos casos no son fáciles de resolver. Lo siento.

    ____No, si no le estoy culpando. Sé que usted hace todo lo posible, y también sé que vela por los animales. ¿Pero qué podemos hacer por Frankfurt? ¿Ponerlo 'a dormir'?

    ____Olvide eso tan horrible. He tratado casos iguales, y a veces 'las parálisis desaparecen por sí solas', pasado un tiempo. Tienen que seguir con el tratamiento, porque la verdad es que no creo que el caso de Frankfurt sea un caso tan desesperado.

    Durante todo el trayecto de regreso, estuve dando vueltas al caso, una y otra vez. La esperanza de curación que les había dado era remota. A veces se producía 'una recuperación espontánea', pero los trastornos de Frankfurt continuaban avanzando.

    No obstante, seguí visitándolo con asiduidad. Incluso una vez llevé un par de latas de cerveza negra, que bebía con Emilio. Tanto él como su esposa conservaban el humor, pero el perro no mostraba la más mínima mejoría. En una de esas visitas, al entrar en la casa olí algo desagradable. Había mucho de familiar para mí en ese olor. Podría ser…

    Agudicé visiblemente el olfato a la vez que vi que ambos cónyuges se miraban, como compinchados. Me habló el marido, retorciendo la sábana con los dedos, como un niño que espera un regañina.

    ____Es una sustancia que estamos administrándole al perro. Apesta pero se supone que es buena. Oliverio, un antiguo compañero del trabajo, ha venido a visitarnos y nos ha traído la medicina. También él tiene un perro y además sabe de enfermedades que contraen los perros. Emilia, por favor –miró a su esposa y le hizo una indicación con la mano.

    Con timidez, la mujer fue hacia la cocina y volvió portando un bote sin etiqueta, que me entregó. Lo destapé, y el fuerte olor aclaró mi memoria en el acto: ¡Asafétida! Un mejunje casero, remedio de los charlatanes de antes de la guerra. Aún se podía comprar en ciertas farmacias. Sabía que su popularidad se basaba en la suposición de que algo que olía mal, poseía propiedades mágicas. También sabía que eso no iba a cambiar las cosas. Pero volví a tapar el bote, con evidente enfado.


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    ____¡¿Le están administrando esto?!

    Se sentían como dos niños atrapados.

    ____Dos veces al día –apuntó Emilio-. No le gusta, pero Oliverio nos dice que ha curado a otros perros con el mismo problema que el nuestro -su mirada era de súplica.

    ____Adelante entonces. Y ojalá surta efecto.

    La Asafétida no iba a causar más daño del que ya tenía el perro y, en vista que mi tratamiento no había servido de mucho, no estaba en situación de reprobarla.

    ____En realidad, no tengo nada que objetar -agregué.

    Emilia sonrió, y observé un comienzo de relajación en la expresión del marido, que me dijo:

    ____Gracias por no le molestarse –me miró-: puedo administrársela yo mismo. Es una cosa que puedo hacer. No se puede imaginar con cuánta fe lo hago -añadió.

    Una semana después volví a visitar al perro.

    ____¿Cómo está hoy? –pregunté repartiendo la mirada entre Emilio, Emilia y Frankfurt.

    ____Bien -siempre respondían lo mismo. Pero esta vez, Emilio tenía una expresión de júbilo. Bajó la mano y el perro se subió a la cama. Me dijo-: véalo usted mismo –pellizcó en una de las patas traseras y se produjo una contracción, leve pero innegable.

    En mi deseo por probar en la otra pata, a poco si caigo en la cama. El resultado el mismo: una contracción, leve, pero innegable.

    ____¡Está recuperando los reflejos! –exclamé.

    ____Parece que la Asafétida está funcionando -dijo Emilio.

    De pronto, surgió de mi interior un dúo de emociones, sobre todo de vergüenza profesional y orgullo herido. Pero fue momentáneo. Prevalecía en mí la felicidad por ver cómo se estaba produciendo una recuperación en el perro.

    ____Su evidente entrega con su mascota, ha sido fundamental. Lo veo mucho mejor -agregué.

    ____Entonces… ¿se va a curar? –añadió.

    ____Es aún prematuro afirmar eso, pero parece que sí.

    Pasaron varias semanas más antes de que se recuperase del todo. Era un caso claro de 'recuperación espontánea', que no tenía nada que ver con la Asafétida ni, desde luego, con mis esfuerzos. Vis medicatrix Naturae, tenía ‘la culpa'. Una vez más…

    Mi última visita a aquella casa era a la misma hora de la primera: las cuatro. Cuando me invitaron a pasar, el perro salchicha vino a saludarme, y después volvió a su lugar favorito: junto a la cama de su amo. Parecía que Frankfurt también tenía fe en la Asafétida.

    ____¡Esta es una escena maravillosa para todos nosotros! –dije con énfasis-. Su muchacho ya puede correr como un galgo -sonreí.

    ____Así es –Emilio tocó a su perro-. Nos ha tenido muy preocupados este muchacho –añadió, mientras lo acariciaba.

    ____Me alegro de verle tan feliz. Es maravilloso cómo ha terminado todo –le dije, y añadí-: bueno, me marcho ya.

    ____No corra tanto, doctor Amor -me detuvo Emilia-. Antes de irse tómese una cerveza con mi marido.

    ____¡Creo que es lo obligado en estos casos! –enfatizó Emilio.


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    Entonces deseché la silla que me brindaban y me senté en el borde de la cama. Bebimos y conversamos, satisfechos. Nuestros rostros irradiaban amistad. Y Emilia nos miraba, feliz.

    Pero me sentía confundido. Mi parte en la recuperación del perro no había sido tenida en cuenta como útil. Ante ojos de sus amos, todos mis esfuerzos debían parecerles torpes e ineficaces. Estaban convencidos de que Frankfurt habría muerto, de no ser por 'el gran remedio que les había traído Oliverio, que era el que había puesto las cosas en su sitio'. Me levanté de la cama y me dispuse a salir de la casa.

    Pero justo en el momento en que iba saliendo, entraba Oliverio. Me lo presentaron y ampliamos la velada con una cerveza cada uno. El dueño de la casa comenzó a hablar de la Asafétida. Entre la alegría y la ignorancia trató de enfrentarme con Oliverio, incluso me dio a entender 'que se tuviese en cuenta la Asafétida en casos futuros'. No respondí sobre mi opinión acerca de la Asafétida. Sólo les dije que me alegraba de la recuperación del perro. Y aunque mi orgullo quedó herido, no me di por ofendido. Lo más importante era que fui testigo directo de un final feliz, en vez de una tragedia. Y esto era lo que importaba por encima de todo.


    No obstante, en ningún momento traté de hacer ver a Emilio y Emilia, ni tampoco a su amigo y paisano, que la recuperación de Frankfurt era debida al 'Poder Curativo de la Naturaleza', aún por descifrar, y no a la Asafétida. Pero no vi necesario hacerles ninguna aclaración, porque al perro salchicha alemán lo salvaron el amor, la dedicación y la fe que se impusieron sus dueños y protectores. Y así, evidentemente, se tarda más en morir



    (FIN EPISODIO COMPLETO 'LA ASAFÉTIDA')
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    La Copla


    'Para ser padre, es necesario tener nervios de acero y paciencia sin límite'. Ésta frase, escuchada años atrás de los labios de mi amigo Pino, me venía a menudo a la mente durante el crecimiento de mis hijos, Julio y Candela. Y una de esas veces, era en un 'Concurso de Coplas', ofrecido por los alumnos de la señorita Pantoja.

    La tal señorita Pantoja era una mujer, sencillamente, encantadora. Frisaba en los cuarenta y pocos. Había iniciado en la copla a toda la chiquillería de la Sierra Norte de Sevilla, y una o dos veces al año se desplazaba hasta el pueblo con más estudiantes. En mi pueblo, San Nicolás, lo hacía en un local, propiedad del Ayuntamiento; eso sí, previamente equiparado para el feliz acontecimiento, para los nativos y para los estudiantes de pueblos colindantes.

    La señorita Pantoja quería sopesar el progreso en sus alumnos. Los había desde los seis hasta los doce años, y el local estaba lleno de familiares. Julio contaba por aquel entonces diez años, pero en las últimas semanas no había ensayado mucho para el gran día.

    En la región, todo el mundo se conocía. Y era por eso que a medida que el local se iba llenando se producían infinidad de saludos. Yo estaba sentado en una butaca que daba al pasillo central, con una nerviosa madre de Julio a mi lado, cuando vi que en la fila siguiente se encontraba mi amigo José, el viejo agricultor y granjero, sentado y erguido y con su traje de domingo.

    ____Hola, José. ¿Va a actuar alguno de los tuyos? –le pregunté.

    ____Sí –sonrió nervioso-. Una de mis nietas. Se ha esforzado mucho con la ayuda de la gramola, y espero que hoy lo demuestre.

    ____¡Claro que sí! Además, la señorita Pantoja es muy comprensiva y tiene una ternura y una paciencia fuera de lo común.

    Asintió y se acomodó.

    Y poco después empezó el gran espectáculo.

    Los primeros 'artistas' en subir al escenario, fueron los niños más pequeños, equipados con pantalones rayados largos, chaquetillas cortas, zahones, botas camperas y sombrero cordobés; y las niñas, con trajes de flamenca, peinetas y zapatos de tacón alto. A todos, el tablado les quedaba por debajo de lo normal, y a los benjamines sólo se les veía medio cuerpo.

    La señorita Pantoja revoloteaba próxima a ellos, para ayudar. Pero todos los fallos eran acogidos con sonrisas de indulgencia por parte del público, y al final cada número era aplaudido. Era una auténtica competición, aunque, eso sí, con cierta tolerancia.

    Empero, conforme iba aumentando las edades de los concursantes y los números iban siendo más difíciles, aumentaba la tensión en el recinto. Los fallos no resultaban ya tan graciosos, y cuando Lola, la hija de Curro, el zapatero de mi pueblo, se detuvo a mitad de su canción, el silencio era absoluto. Pero cuando la reinició y terminó con éxito, se relajó toda la concurrencia. Entonces me di cuenta de que no éramos una sala llena de padres y abuelos que habían ido a escuchar cantar a sus hijos o nietos, sino un grupo de amigos que sufrían juntos.

    Mientras la nieta de José se hallaba en el escenario, José se sentó perceptiblemente en su butaca, crispándose los dedos encallecidos y cogiéndose las rodillas. La niña cantó bien, pero hasta llegar a un punto complicado, que vibró, con áspera disonancia. Pero como se percató de que ese punto no había salido bien, probó de nuevo, y de nuevo… Con el visto bueno de la señorita Pantoja y de todos los que estábamos en la sala.

    ____Relájate, y empieza de nuevo en un tono más bajo –susurró la señorita Pantoja. La niña lo intentó y... de nuevo se equivocó.

    'No va a poder', pensé, con el pulso agitado y los músculos rígidos. E incluso mis labios bisbiseaban, tratando de colaborar.

    En ese momento, instintivamente, miré a José, que mostraba una expresión de congoja; sus largas piernas se movían repetidamente. Junto a él, su mujer y abuela de la niña, se inclinaba hacia delante, con la boca entreabierta y los labios trémulos.

    Transcurrió una eternidad antes de superar aquel punto y galopase hasta el final. Pero cuando lo superó, todos la aplaudimos, puestos en pie.

    Pero desde aquella actuación, como mi corazón estaba sufriendo más de la cuenta, oí medio en trance una sucesión de voces que cantaban sin grandes problemas.

    Hasta que llegó el turno de mi hijo…

    Sin duda, todos los niños estaban nerviosos. Menos Julio, que, con aire arrogante, silbaba mientras subía al tablado y se acercaba al micrófono. Yo casi no podía respirar, y a pocos segundos empezó a sudar todo mi cuerpo.



  • cehicehi Miguel de Cervantes s.XVII


    La canción que tenía que cantar se titulaba.. 'Esclava de tu amor', título que quedará grabado dentro de mí hasta mi muerte. Era una rumba, con letra de desamor, de la cual, naturalmente, sabía hasta la última vocal. Julio empezó dejando correr la voz con soltura y un movimiento de cabeza y brazos, como el mismísimo Bambino en la mejor de sus galas.

    Hacia la mitad de 'Esclava…', había un agudo y después un grave antes de llegar al estribillo. Estos cambios eran una maniobra del arreglista, que así daba un toque de variación al número. Pero para un chiquillo, y principiante además, significaba todo un reto.

    Alcanzó esos puntos moviendo brazos y manos con arte gitano, e iba reduciendo la voz, hasta la subida final. Esperé entonces a que despegase... Pero no. No despegó. Se paró y miró al público unos segundos. Luego, volvió a repetir el estribillo, y de nuevo se paró, quedando en blanco… en blanco... y en blanco...

    El corazón me dio un vuelco. '¡Vamos, hijo, tú sabes lo que le sigue, te he escuchado cantarla mil veces!', me decía para mí. Pero él no parecía preocupado, porque miró a la orquesta, con ojos y talante de suficiencia, y los músicos 'ocultaron' el fallo, y luego reiniciaron el compás de lo que a continuación seguía.

    En medio del más sepulcral de los silencios, una vez más se podía escuchar la voz tierna pero enérgica de la señorita Pantoja:

    ____¡Tal vez sea mejor que no repitas el estribillo, Julio!

    ____Conforme.

    Su respuesta sonó a tranquila mientras se sumergía confiado en su interpretación, pero yo cerré los ojos apenas se acercaba ese punto fatídico. Y fue entonces que sacó una voz, no sé de dónde, y sobre la marcha se inclinó sobre el tablado, como si la madera tratase de decirle algo. Empecé a padecer de nervios.

    En el palpable mutis del recinto, se oiría un martilleo de mi corazón y también se verían temblar las piernas de mi esposa, y las mías. Nos hallábamos al límite de nuestras resistencias. La encantada y encantadora voz de la paciente señorita Pantoja de nuevo se podía escuchar, deslizante como brisa…

    ____¿Por qué no vuelves a intentarlo desde el principio?

    ____Conforme.

    Y Julio se lanzó, todo huracán, todo fuego y todo furia. Era increíble que pudiese haber algún fallo en aquel virtuosismo.

    Llegado ese momento, el público conocía 'Esclava…' tan bien como yo, y esperábamos que superase el temido atranque. Se reinició, a una velocidad de vértigo. Pero, al poco… silencio. Las rodillas de su madre se golpeaban una contra la otra. Toda ella entera se hallaba al borde un ataque de nervios.

    Mientras Julio permanecía callado, y sólo palilleaba con sus dedos, sentí que me ahogaba. Miré hacia mis alrededores, en un gesto de desesperación, y pude ver que todos los allí asistentes lo estaban pasando mal. Y ante semejante panorama, alguien tenía que poner remedio a tamaño desparpajo de un chiquillo de diez años. Y quien mejor que la omnipresente señorita Pantoja, que cortó del tirón la densa atmósfera creada, con su ya muy desgastada, pero igual de dulce, voz:

    ____No pasa nada, Julio. Tal vez sea mejor que lo dejes y te sientes en tu sitio. Estoy segura de que en otra ocasión lo harás mejor.

    Muy tocado por su amor propio y porque era un auténtico cabezota repitió 'esa parte', adornándola con los arreglos que habían hecho para él. Pero al llegar al punto fatídico… de nuevo silencio, mudo... huida la voz. Empero, los aplausos que pude medir se acercaron a los tres minutos. Evidentemente, aplaudían a la voluntad.

    Se bajó del escenario, con un descarado aire de superioridad, y se reunió con sus compañeros, en la tercera fila.

    Cuando finalizó el último número, la señorita Pantoja se aproximó hasta el borde del escenario, hasta el micrófono, y dijo:

    ____Señoras y señores. Todos los que hemos organizado esta gala les quedamos agradecidos por su calurosa acogida. Esperamos y deseamos que hayan disfrutado tanto como nosotros –entonces le hizo un guiño a mi hijo, como de complicidad- Gracias a todos. Pero hay una cosa…

    Hubo más aplausos y luego empezó un ruido de movimiento de las sillas que habían puesto en los pasillo, pues habían más personas que butacas. Pero ese ajetreo había interrumpido las palabras de la señorita Pantoja. Aún no había terminado de hablar…

    ____...más -alzó la mano, en un gesto como de que nos sentásemos otra vez-. Con nosotros sigue todavía un niño que yo sé que puede hacerlo mejor. Y no quisiera irme a mi casa sin haberle dado una nueva oportunidad… ¡Julio! -miró a mi hijo-: Julio, me pregunto si te apetece intentarlo una vez más.

    Mientras su madre y yo cambiábamos una mirada de horror, sonó,


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    en una exclamación, una respuesta rotunda de mi hijo, a través de cuatro palabras que podrían ser fatales para mi salud.

    ____¡No hay ningún inconveniente!

    No me lo podía creer. ¿No iría a empezar el INRI de nuevo? Pero sí. La pequeña figura se fue hacia el escenario. De detrás del mismo, se podía escuchar, por enésima vez, una voz celestial...

    ____¡Julio cantará 'Esclava de tu amor'! –encima la señorita Pantoja dijo otra vez el título. No tenía que repetirlo. Ya lo sabíamos.

    Hasta hacía breves momentos, sólo había tenido conciencia de un desgaste, pero ahora estaba en poder de una tensión, más fuerte aún que la anterior. Cuando Julio miró a la orquesta, la expectación se iba extendiendo. El 'nuevo Bambino' comenzó a cantar, y yo a una serie de respiraciones largas y temblorosas, encaminadas para ayudar a pasar con la mayor rapidez posible lo que se aproximaba. De nuevo se pararía en el punto que, tras varios intentos, no había superado. Y yo estaba seguro de que si esto llegaba a suceder, me caería al suelo.

    Cuando llegó a esa parte que se le atravesaba, cerré los ojos, pero seguí escuchando. Pausa imperceptible. Luego… siguió cantando, reflejada en su cara una expresión de triunfo.

    Voló sobre esa parte tan difícil, y a mí me invadió una sensación de alivio. Julio disfrutaba, con los brazos en movimiento y las manos expresivas. Mientras acababa el último compás, hizo un garganteo, 'made in Julio', que por supuesto no estaba en el guión, y después se echó hacia atrás, con arte y desparpajo, como ni quizá lo hiciese la gran Marifé de Triana.

    Dudo que en aquel salón se haya oído alguna otra vez un aplauso tan prolongada como el que siguió. Estalló en ovación. Pero Julio no era de los que ignoran esta clase de homenajes. Ni mucho menos. Cada niño cantaba su número, y después se iba a su lugar. Pero mi hijo no. Ante la sorpresa de su madre y mía, caminó hasta la parte delantera del escenario, se puso una mano en el pecho y la otra por encima del trasero, se adelantó y se inclinó, saludando primero a un lado y luego al otro, con un donaire, un tronío y un empaque propios en la mismísima Estrellita Castro.

    La ovación cambió a un rugido de risas, que duró mientras mi hijo dejaba el escenario, y siguió hasta que abandonamos el salón.

    Ya en la calle, nos cruzamos con la señorita Luz Divina, la maestra solterona de la escuela a la que Julio asistía.

    ____¡Dios, qué gusto y qué emoción! –se frotaba repetidamente los ojos-. Uno siempre puede esperar que Julio, mi alumno favorito, iba a proporcionar el detalle gracioso de la noche.

    De regreso a nuestra casa, iba conduciendo despacio. Aún seguía nerviso y pensaba que podría ser peligroso exceder la velocidad a más de cuarenta. El rostro de mi mujer había recuperado el color, pero se podía ver una línea de agotamiento alrededor de los ojos y la boca, además de extendidos el carmín en los labios y el rímel en los ojos. Miré a través del retrovisor, con idea de ver cómo iban las cosas en el asiento trasero.

    Y en el asiento trasero seguía Julio, tumbado sobre él y silbando. Se hallaba radiante de felicidad.

    ____¡Papá, mamá! –exclamó, de pronto-. ¡Me gusta mucho la copla! Primero, porque es española; y segundo, porque la letra es como la vida misma.

    ____Perfecto, hijo –respondí y miré atrás de nuevo, sorprendido por sus palabras, impropias para su edad. Y añadí-: También a nosotros nos gusta. Pero, primero, tienes que ser un niño bueno; y segundo, debes atender tus obligaciones escolares -a 'la estrella' de aquella tarde-noche se la veía ajena a mis recomendaciones.

    ____¿Y sabéis por qué me gusta? –asomó la cabeza entre el hueco de los asientos delanteros y, con el mismo aire, agregó-: porque es una historia completa: tiene un principio, un intermedio y un final. Lo dicho. Como la vida misma.


    Entonces no sabía cuál iba a ser el futuro de mi hijo. Pero sí sabía que a sus diez años tenía ya algunas inclinaciones definidas. Le animaba a que siguiese con sus aficiones, pero también insistía en que no abandonase nunca sus estudios primarios y posteriores universitarios. 'Todo es posible llevar adelante', le decía, y él parecía entenderme, sin grandes muestras de desagrado



    (FIN EPISODIO COMPLETO 'LA COPLA')
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    Su Único Amigo


    Me extrañaba que Ruiz llamase a nuestro consultorio para pedirnos que fuesen a su oficina a examinar un gato. Desde que se ofendió, mortalmente, porque Pérez le cobró mil pesetas por castrar a uno de sus caballos, que padecía de un cáncer de verga, y aunque ya hacía mucho tiempo de eso, acudía a otros veterinarios de Sevilla. También me extrañaba que un tipo como él se preocupase tanto de un gato enfermo…

    Ruiz era, sin ninguna duda, el más rico de la región. Se dedicaba al comercio con chatarras. Además, tenía negocios de transportes y varios caballos y yeguas, de raza árabe, para competir en carreras oficiales. De hecho, hacía lo que fuese, aunque siempre legal, con tal de obtener beneficio. El dinero era el motor que guiaba su vida. Y cuidar a un gato, no significaba negocio. De ahí mi sorpresa.

    Otra de las cosas que me sorprendían, mientras conducía hacia su oficina, en Cerro Hierro, era el hecho de que tener una mascota, redunda en un motivo de afecto, una vena de sentimiento, y esto no encajaba en la idiosincrasia del irascible Ruiz.

    Una vez que llegué me encaminé campo a través casi cubierto de chatarras, hasta un cobertizo, donde dirigía su imperio. Él estaba sentado detrás de su escritorio. Su obeso cuerpo estiraba hasta el límite las costuras de su traje azul, brillante por el uso; y sobre la cabeza llevaba un mugriento sombrero negro, echado hacia atrás. Toda su rolliza figura mostraba una expresión arrogante, además de despedir una mirada hostil.

    ____Este es el paciente -ese fue su saludo, frunciendo el entrecejo y señalándome un gato negro y blanco, echado sobre su escritorio.

    Conociéndole de sobra, no esperaba que me diese los buenos días, ni que me sonriese siquiera. Me acerqué y acaricié al gato, el cual me compensó con un ronroneo. Era un gato de un tamaño mediano con pelaje largo y blancas y vetas atractivas en pecho y patas. Me gustó a primera vista.

    ____Bello felino –susurré-. ¿Qué problema tiene? –le pregunté.

    ____Es en una pata. Se habrá cortado -respondió, sin mimarme.

    Palpé a través del mullido pelaje, pero al llegar a un determinado punto, a media extremidad, el gato respingó. Saqué las tijeras de mi maletín e hice un pequeño corte de pelo en una zona reducida. Y entonces pude ver una herida transversal profunda, de cuya salía serosidad. Quedé perplejo unos momentos. Llevé la voz hacia Ruiz, con la idea de informarle:

    ____Es posible que sea un corte, pero hay algo extraño en él. ¿Sale a menudo afuera y juega con las chatarras?

    ____A veces lo veo en el solar –esto fue lo que contestó.

    ____Entonces se habrá cortado con alguna cosa algo punzante. Voy a inyectarle una dosis de Penicilina, y le dejaré un bote de pomada para que se la apliquen en la herida, mañanas y noches, durante quince días consecutivos.

    Por mi larga experiencia, sabía que algunos gatos se resistían a las inyecciones, y dado que su defensa de armamento incluía garras, dientes y agilidad, mostraba dificultades. Pero éste no parecía que hiciese ningún movimiento defensivo mientras le iba introduciendo la aguja. De hecho, ronroneaba.

    ____Parece que tiene un buen carácter –dije, a media voz, sin dirigir mis palabras a nadie.

    Luego, le pregunté a Ruiz

    ____¿Cómo se llama?

    ____Cable –contestó inexpresivo, desalentando más preguntas.

    En vista de las circunstancias, saqué el ungüento de mi maletín y lo puse sobre el escritorio.

    ____Si no le ve mejoría, avise al consultorio. Buenos días –esto fue lo último que le dije en esa ocasión.

    Como preveía, no hubo respuesta. Salí del cobertizo sintiendo ese resentimiento que siempre había tenido en mi trato con Ruiz.

    Mientras cruzaba el terreno libre de chatarras, olvidé todo y repasé el caso: 'hay algo raro en la herida, no parece accidental. El corte es limpio y profundo, como si lo hubiesen hecho adrede con una



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    hoja de afeitar o algo así. No sé… No sé… Es todo muy extraño. ¿Y la llamada de Ruiz? Más extraño aún'.

    Un ligero golpe en mi hombro me sacó de mis pensamientos. Un tipo flaco, que trabajaba con la chatarra, al parecer obrero de Ruiz, me miró, pero de una forma confabuladora, y me preguntó:

    ____¿Ha venido usted a ver al jefe?

    ____¿Por qué me lo pregunta? –respondí, con ésta pregunta.

    ____Porque es gracioso. El viejo 'cara de pocos amigos' preocupado por un gato.

    ____Eso parece. ¿Desde cuándo lo tiene? –le pregunté, de nuevo.

    ____Hace poco más de un año. Era callejero. Un día vino por aquí, se metió entre la chatarra y quedó enredado en un cable, de ahí su nombre. Ese mismo día, sabiendo yo cómo es Ruiz, pensé que lo echaría a patadas. Pero no. Lo adoptó. Y no lo comprendo. Ese gato se pasa todo el tiempo sobre su escritorio.

    ____Le debe gustar –contesté.

    ___¿A quién? ¿A Ruiz? ¡Nada de eso! A Ruiz sólo le gusta el dinero. Es un malnacido y un hijo de…

    ____Lo interrumpió un grito proveniente de la puerta de entrada a la oficina, en el cobertizo.

    ____¡Eh, tú! ¡Deja de hablar y sigue trabajando! –Ruiz, amenazador, blandía un puño. Mi interlocutor lanzó una terrible mirada hacia el cobertizo y luego siguió con su tarea, sin añadir nada más.

    Mientras iba hacia mi coche pensaba que así era el mundo de Ruiz: rodeado de odio. Su rudeza era bien conocida por todo el mundo y aunque era indudable que su forma de ser lo había convertido en millonario, nadie le envidiaba.

    ____¡Venga enseguida para ver a Cable! -me dijo, voz al teléfono, dos días después de mi visita.

    ____¿No ha mejorado? –le pregunté.

    ____¡Está peor! ¡Así que no tarde! ¡Deje ahora lo que esté haciendo y no se entretenga!

    Obviamente, no me conocía como yo le conocía a él, porque, lejos de ofenderme su forma de hablar, me estimulaba tratándose de un animal doméstico. Cuando llegué, Cable estaba echado sobre el escritorio, su sitio preferido. El dolor en la pata parecía no haber aumentado. Lo extraño era que la herida se había extendido.

    Cogí el explorador de mi maletín y lo metí en la herida. De pronto, sentí que la punta del instrumento enganchaba algo. Tiré de aquel objeto desconocido con las pinzas y pude sacar una venda elástica, de un color beige. Las cosas se iban aclarando.

    ____Había una venda alrededor de la herida –le expliqué, la corté y cayó sobre la mesa-. Ahí está. A partir de ahora, Cable se pondrá bien. No tiene por qué preocuparse más por este asunto.

    ____¿Venda? –preguntó, sorprendido-. ¡¿Y cómo es que no la vio la otra vez?!

    ____Porque estaría hundida en la carne.

    ____¡No doy por buena su respuesta! ¡¿Cómo ha llegado ahí?!

    ____Sin duda, alguien la ha puesto.

    ____¡¿Qué alguien la ha puesto?! ¡¿Para qué?! ¡¿Por qué?!

    ____No lo sé. Pero, al parecer, hay alguien perverso en este lugar.

    ____¡Apuesto a que ha sido alguno de mis obreros!

    ____No necesariamente. Cable sale todos los días solo al solar, e incluso a la calle, ¿no es así?

    ____¡Así es!

    ____En ese caso, puede ser cualquiera.

    Frunció el entrecejo con los ojos entreabiertos, como pensando. Me dije para mí interior si estaría repasando mentalmente la lista de sus enemigos. Y si era eso, le llevaría tiempo.

    ____De todos modos, tranquilícese. Lo más importante es que vi la venda y la pude extraer –concluí, sin tener en cuenta su ira.

      Se inclinó sobre su escritorio y pasó el índice de la mano derecha sobre la cabeza del gato. Había hecho esto mismo una vez en mi visita anterior. Era raro, pero se suponía que para él significaba lo más parecido a una caricia. Ya había recogido todos mis bártulos y me disponía a salir del cobertizo.

     Camino del consultorio pensé qué habría pasado de no haber visto la venda: parada del flujo sanguíneo, gangrena, pérdida de la pata, e incluso la muerte. La simple idea me hacía sudar.

    Dos semanas después, volvió a llamar. Pérez cogió el teléfono y me lo pasó. Sentí una punzada de aprensión al oír de nuevo su voz.

    ____¿Aún le duele la pata a Cable? –le pregunté.

    ____¡Eso ya ha sanado! ¡Ahora tiene algo en la cabeza!

    ____¿En la cabeza?



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    ____¡La gira de un lado a otro sin control! ¡Venga enseguida! ¡Deje para más tarde lo que esté haciendo ahora!

    El síntoma parecía úlcera gangrenosa, y cuando vi el gato girando la cabeza y con evidente malestar, aseguraba que era eso. Al dócil gato le gustaba que lo examinasen, porque el ronroneo aumentaba a medida que le iba examinando boca, ojos, nariz y orejas. No veía nada. Pero probablemente que habría algo que le estaba causando incomodidad. Seguí buscando en el cuello, y de pronto el ronroneo cambió a un fuerte maullido cuando le pasé la mano por un punto determinado, junto en el lomo.

    'Aquí hay algo' -pensé. Cogí las tijeras y corté pelo hasta llegar a la piel. 'Y, ¡oh, sorpresa!, había una venda del mismo tamaño que la anterior, ¡pero doble! La miré con el explorador y la extraje con las pinzas. 

    ____Otra venda –le dije-. Y esta vez va en serio –añadí.

    Vi cómo volvía a pasar el dedo sobre la cabeza de su gato.

    ____¡¿Y quién ha podido hacer esto?! -se preguntó, en voz alta.

    ____Habrá que buscar una forma de saberlo –aun no yendo para mí la pregunta, respondí. Y añadí-: la ley castiga la crueldad contra los animales, pero hay que sorprender in fraganti al causante.



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    Se q
    uedó mirando al gato, como pensando cuándo sería un nuevo ataque. También yo pensé eso. Pero ya no hubo más. El gato sanó y no volví a verlo hasta que tres meses después de que una tarde, al regresar de mis visitas, Pérez salió a mi encuentro. Lo vi como muy angustiado. 

    ____¡Amor! ¡Hace unos instantes telefoneó Ruiz; le noté un tono de voz de preocupación! ¡Quiere que vayas a su oficina cuanto antes! ¡Piensa que han envenenado a su gato!

    El Cable que vi esa vez era disímil. No estaba sobre el escritorio, sino encogido en el suelo, entre lodos e inmundicias. Daba arcadas y vomitaba un líquido amarillento. Había más vómitos y un charco de diarrea, del mismo color. Parecía intoxicado.

    ____¡Lo envenenaron, ¿no?! ¡Sí, lo envenenaron! –se preguntó y se respondió.- ¡Alguien le ha administrado un veneno!

    ____Es probable... es probable...

    Vi al felino mientras se acercaba con lentitud a un plato con leche, y se sentaba con la misma actitud de encogimiento. No bebía, sólo permanecía inmóvil. 'Este síntoma me es conocido. Puede ser algo peor que un envenenamiento', pensé, mientras Ruiz me miraba.

    ____¡Y bien! ¡Es o no es eso! -volvió a la carga.

    ____Aún no estoy seguro.

    Le tomé la temperatura y esta vez no ronroneaba. Estaba sumido en un principio de letargo. El termómetro marcaba treinta y nueve. Le toqué el abdomen y sentí una consistencia en los intestinos. No había tono muscular.

    ____¡Bueno... si no es eso, ¿qué es?! –me preguntó, de nuevo, con una impaciencia excesivamente nerviosa.

    ____Lo que padece Cable es Enteritis Felina –contesté al fin-. Algún veterinario le llama Moquillo Gatuno. En estos momentos hay una epidemia en la zona. He visto un caso anteayer, y los síntomas que presenta su gato son los típicos en esta enfermedad.

    Ruiz hizo un esfuerzo, con objeto de levantar su pesado cuerpo del sillón, se acercó al gato y le pasó el dedo sobre la cabeza.

    ____¿Puede curarlo? –me preguntó, de pronto. ¡Y calmado!

    ____Haré todo lo que esté al alcance de la ciencia. Pero le advierto que la tasa de mortandad es alta.

    ____¿Entonces mueren los gatos que padecen de esta enfermedad? –me preguntó, de nuevo.

    ____Me temo que sí.

    ____¡¿Y cómo es posible eso?! ¡Yo creía que los veterinarios tenían antibióticos maravillosos! ¡¿O no?! –de nuevo volvió a irritarse.

    ____Es que esto es un virus. Y los virus resisten los antibióticos.

    ____¡¿Qué va a hacer entonces?!

    ____Empezar ahora mismo con un tratamiento –contesté.

    Inmediatamente después inyecté a Cable una solución electrolítica, para combatir la deshidratación; una dosis de Penicilina para matar las bacterias intrusas, y un sedante para controlar el vómito. Pero sabía que todo eso era paliativo. Nunca había tenido suerte contra la enteritis, y la epidemia era muy consistente y en aquella época no existían medicamentos para curar este tipo de enfermedad. 

    Visitaba al gato todas las tardes y sólo con verlo me hacía sentirme infeliz. Siempre estaba encogido, junto al plato o hecho ovillo en su cesto. No se le veía ningún interés en el mundo exterior. Cuando le inyectaba, era como meter una aguja en algo sin vida. La tarde del cuarto día, vi que se iba. Pedí a Dios que esto no ocurriese.

    ____Vendré mañana -dije. Ruiz asintió en silencio. Nunca, ante mí al



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    menos, mostró emoción alguna a lo largo de la enfermedad de su gato. Era una persona de una inexpresividad exasperante, incluso más allá de lo anormal.

    En mi siguiente visita no bien entré al cobertizo vi la misma escena de los últimos días: un hombre en un estado inexpresivo, y un gato hecho ovillo en un cesto.

    Cable permanecía quieto, demasiado quieto y, al acercarme vi, con sentimiento de fatalidad, que no respiraba. Le puse el estetoscopio sobre el corazón y alcé la cabeza.

    ____Ha muerto –informé a Ruiz, quien no cambió de expresión. Sólo se inclinó y pasó el dedo por la cabeza de su gato. 

    Se fue hacia su escritorio y se sentó en su sillón. Pero de pronto se cubrió la cara con las manos. Lo observé, impotente, mientras sus hombros se movían: lágrimas caían sobre la mesa. Quedó así unos cuantos minutos.

    ____Era mi único amigo –dijo, levantando la cabeza.

    Resultaba difícil hallar en ese momento una palabra consoladora. Y más tratándose de un hombre así y en una situación así. Levantó de nuevo su cuerpo y me miró, con gesto de desafío. Me dijo:

    ____¡Me imagino lo que está pensando: 'he aquí a Ruiz, un hombre fuerte y duro, llorando por un gato!' ¡Qué gracia! ¡Cuando salga de aquí se reirá de mí y se lo contará a todo el mundo!

    Estaba convencido de que lo que él pensaba un gesto de debilidad, reduciría mi opinión acerca de su persona. Pero se equivocaba. Me agradó desde entonces. De hecho, iba a menudo a su oficina, sólo para saludarle, y a veces revisaba a alguna de sus yeguas o alguno de sus caballos. Y gratis.

    La muerte de Cable transformó para bien el carácter de Ruiz. Con el transcurrir del tiempo, la gente de la región se iba dando cuenta de la metamorfosis experimentada en aquel hombre.


    ¿Qué poder de persuasión no tendrán los animales domésticos que terminan por domesticar a personas como Ruiz? ¿Por qué aún hay gente que no sabe o no quiere ver y valorar el cariño, la fidelidad, la compañía y la ayuda que estos animales proporcionan? ¿Cuándo se extinguirá, de una vez por todas y para siempre, tan horrible desaprensión contra los animales domésticos?




    (FIN EPISODIO COMPLETO 'SU ÚNICO AMIGO')
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    La Voz de la Experiencia


    Era una mañana de un domingo del mes de julio, y me encontraba lavándome las manos y refrescándome un poco en el fregadero de la cocina de la granja de la abuela Gloria, luego de ayudar a parir a una cerda. El sol resplandecía, pero brisa corría. Desde la ventana, podían verse los verdes campos mientras los recorrían sombras por nubes proyectadas.

    Y esto ocurría en la 'Granja Los Dos Hermanos', en Cerro Hierro, sin duda, el mejor lugar donde uno se puede encontrar.

    Una vez que me sequé, fui hacia salón y miré la cabeza blanca de la abuela Gloria, sentada en su sillón e inclinada sobre sus labores de puntos. La radio, en la mesa, sintonizaba en el servicio religioso. Mientras la miraba, escuchaba las palabras del sermón, pero volvía a las agujas, su ocupación favorita.

    Era más que suficiente aquel breve intervalo de tiempo para sentir una fe incuestionable, que todavía permanece en mí. Cada vez que presencio discusiones acerca de las diversas religiones o creencias, aparece la cara, llena de arrugas, y la mirada serena de la abuela Gloria. Además de su fe, la sabiduría era su principal bagaje como gran complemento.

    Tenía noventa años y vestía de un negro riguroso y permanente. Le había tocado vivir los tiempos difíciles de trabajos en las tierras, y tenía tras sí una larga existencia de laboreos, en su granja y en su casa. Era una mujer admirable y admirada. Y jamás había corrido una voz en contra suya.

    Me senté, mientras la abuela Gloria se levantó y se fue a la cocina, acompañada de mi hija, que regresó enseguida y me dijo:

    ____Papá, la abuela Gloria me ha enseñado pollitos recién salidos del cascarón. Y me ha regalado uno.

    La abuela Gloria regresó de nuevo, se sentó en su sillón y levantó la cabeza.

    ____Es bonita tu hija, Amor, pero no recuerdo cómo se llama.

    ____Candela –respondí y añadí-: además de bonita, es la persona a la que más le gusta los animales domésticos.

    ____Eso está bien -dejó a un lado las agujas, y se levantó de nuevo.

    Con rigidez, arrastró los pies hacia la cocina hasta el aparador. Acto seguido, se aupó y cogió una lata, adornada con colores llamativos, y sacó de ella una tableta de chocolate.

    ____¿Qué edad tienes, Candela? -le preguntó, mientras le daba la golosina que llevaba en la mano.

    ____Seis años. Y gracias –respondió la niña.

    La abuela Gloria observó las piernas fuertes y bronceadas, bajo los pantalones cortos azules, y las sandalias del mismo color.

    ____Vas bien equipada, Candela –le dijo.

    Seguidamente, puso la mano, encallecida por el duro trabajo, en la cara de la niña, y luego regresó a su sillón, dejando a un lado por el momento sus labores de punto.

    En Cerro Hierro, la gente mayor no era muy efusiva, pero, para mí, el gesto que acababa de ver era como una especie de júbilo. Volvió a coger las agujas y siguió con su trabajo.

    ____¿Y cómo está tu otro hijo? ¿Julio? –me preguntó, de pronto.

    ____Sí, Julio. Está bien. Y ya tiene once años y es muy responsable. Estoy muy orgulloso de él. En un futuro, sólo Dios lo sabe, podría ser mi sustituto.

    ____Once y seis… -susurró.

    Por un momento parecía navegar en el tiempo, mientras movía las agujas. En realidad, se movían solas debido a la mucha experiencia acumulada. Después, me miró y me dijo:

    ____Quizás tú no lo sabes, Amor, pero ésta es la mejor etapa de tu vida. Cuando los hijos son pequeños y van creciendo alrededor de uno, es igual para todos. Sólo que algunos no lo saben y otros se percatan muy tarde. Es un tiempo que pasa muy rápido. Ya te irás dando cuenta…

    ____Gracias por el consejo.

    ____Ya te irás dando cuenta, ya... -repitió en voz baja.

    ____Bueno, Gloria –extendí la mano-. Ya he acabado. Que tengas un buen día. Nos vamos ya.

    No quiso despedirse hasta no responder.

    ____De nada –miró a Candela-. Veo que siempre llevas a uno de tus hijos contigo mientras sales para atender alguna visita. Y esto me agrada. Gracias por todo. No os entretengo más. Hoy es el día del



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    Señor y no se debe trabajar. Vayan con Dios –se despidió con un beso en la frente a Candela y dos a mí, uno por mejilla.

    Seguidamente salimos de 'Granja Los Dos Hermanos', significativo nombre, puesto por su dueña, Gloria, en recuerdo a sus dos únicos hijos, muertos de accidente.

    Y tal vez por 'ese su navegar en el tiempo', pensé que sus últimas palabras se me habían quedado grabadas. Y ahora que mi mujer y yo cumplimos cuarenta años juntos, todavía siguen. La vida ha sido buena con nosotros, que hemos disfrutando de muchos momentos maravillosos, y mi mujer yo estamos de acuerdo en que la abuela Gloria tenía toda la razón, acerca de lo que llamaba 'la mejor etapa de tu vida'. La voz de la experiencia se hacía notar, y esto era de mucho valor para mí.

    Cuando llegamos al final del carril de la granja e íbamos a iniciar el cruce hacia San Nicolás, mi buen amigo José, que hallé fumigando, recién llegado de Huelva, y luego en el salón del Ayuntamiento, en el Concurso de la Copla, me indicó con la mano que parase.

    Detuve el coche, a la margen derecha del carril.

    ____Amor, ¿ya no te dedicas a los asuntos de riego? –me preguntó, a través de la ventanilla.

    ____¿Por qué dices eso? -le pregunté, a su vez con curiosidad.

    ____Porque hace unos días ha surgido un problema en mi pozo, y varias veces he ido a ver a tu hermano Fredy, pero no estaba en su almacén.
    ____¿Qué ocurre? A ver si yo lo puedo resolver.

    ____Es la bomba. El nivel del agua del pozo ha bajado, y mi bomba no tiene la fuerza suficiente para aspirar. Me han dicho que ahora fabrican unas más modernas. Auto-aspirantes, creo que se llaman. ¿Si instalo una de esas podrá sacar agua para mis cultivos? Porque, entre una cosa y otra, se me están secando los maizales, porque como sabes, el año ha sido malo de lluvia.

    ____Pues sí, no estás mal informado. Una de esas bombas pueden solucionar tu problema. La nueva tecnología es revolucionaria. Se lo diré a Fredy para que te visite y 'te trate' bien.

    ____Gracias –respondió y miró a Candela-: Can, dale de mi parte un beso al mejor coplero de la región –añadió, sonriendo.

    Apenas llegamos, lo primero que hice fue entrar en el almacén de Fredy y transmitirle el encargo de José. Entré en el consultorio y vi a Pérez, que salía en ese momento con cajas hacia su coche. Sus hijos, Pepe y Ana, de las mismas edades que los míos, ayudaban a su padre. Al igual que yo le gustaba llevarlos consigo a las granjas. Al poco, acabó y cerró el maletero.

    ____Bien, Amor. Con esto, tengo de reserva unos días más para mis visitas –y añadió-: por el momento, no hay visitas pendientes, así que Poli se queda en la guardia. Y, ahora, si te parece, caminemos y charlemos un poco en la parte de atrás del consultorio, que hace ya mucho tiempo que no hablamos de otras cosas que no sean de nuestro negocio.

    Con nuestros hijos jugando y hablando delante nuestra, rodeamos la manzana y nos dirigimos hacia el jardín del consultorio. Ya en él, la luz del sol se veía aprisionada entre la alta pared de la iglesia, y el aire que corría por encima sacudía las hojas de los árboles. Nada más llegar, Pérez se dejó caer sobre el césped, apoyándose en los codos. Lo secundé y me puse a su lado. Pérez arrancó una brizna de hierba, y con las mismas empezó a masticarla, adoptando una actitud pensativa.

    ____Qué lástima lo de la acacia –me dijo, súbitamente.

    La miré. Hacía dos años que el esbelto árbol, que a veces se había elevado en medio del jardín, había sido derribado por la fuerza de un fuerte ventarrón.

    ____Eso mismo estaba pensando yo –le respondí, y después quedé callado unos instantes. Pero, de pronto, le pregunté:

    ____¿Recuerdas que el día que llegamos desde Huelva, para ver el local, me eché sobre la acacia, me quedé dormido y me despertó una pequeña rama de la propia acacia que me cayó en la barriga? Tú reías como un bellaco. Pero Dios te castigó, pues poco después, cuando yo ya me levanté, tropezaste con esa misma rama y se te rompió un zapato.

    ____Claro que me acuerdo –sonrió, a la vez que miró hacia la recta hilera de ladrillos y piedras que coronaba las vallas de la iglesia, hacia el jardín, y sus rosales hacia el establo del fondo…

    ____¡Ahora que lo pienso! –dio un respingo-. Hemos pasado juntos muchos años y nos han pasado muchas cosas en común desde que nos conocimos cuando trabajábamos en la Protectora de Animales de Huelva. Es decir, como se suele decir: 'ha pasado mucha agua bajo el puente'.

    Permanecimos en silencio un buen rato, y mi cabeza lo aprovechó para dar un repaso a los esfuerzos, a las alegrías y a las penas de aquellos remotos años. Pero, sin poderlo evitar, me eché sobre la hierba y cerré los ojos, sintiendo una caricia del sol en el rostro y oyendo los zumbidos de las abejas entre las flores y los graznidos de los cuervos, que volaban sobre los olmos que sobresalían de los muros del jardín…

    Pero, súbitamente, un sonido me venía desde lejos.



  • cehicehi Miguel de Cervantes s.XVII


    Era la voz de Pérez, medio gritando.

    ____¡Eh, gandul ¡Tú no vas a hacer ahora lo mismo que la otra vez! ¡Quiero decir, quedarte dormido!

    ____Lo siento –di un brinco y me senté en el verde-. Por poco no me pasa otra vez –le dije, y añadí-: es que me he levantado a las tres de la mañana para atender un parto de una cerda. Y ahora mismo estoy que me caigo de sueño.

    ____Al menos, esta noche no tendrás que leer para poder quedarte dormido.

    Sonreí, porque tanto Pérez como yo teníamos 'libros especiales', a los que acudíamos cuando no nos llegaba el sueño. Libros infalibles para hacer dormir apenas se empezaban a leer.

    ____Creo que no –respondí sonriendo mientras me frotaba los ojos-. Esta noche no necesitaré ayuda -rodé hacia un lado-. Por cierto, el parto de la cerda fue en la 'Granja De Los Dos Hermanos' -le conté, a grandes rasgos, lo que me había referido la abuela Gloria.

    Mi socio seleccionó una brizna del césped y comenzó de nuevo a masticarla. Luego, la hizo a un lado en la boca y me dijo:

    ____Gloria es una mujer sabia. Ya lo ha visto casi todo -se sentó de pronto, en actitud de satisfacción. Después se acercó más a mí:

    ____¿Sabes algo? Todo lo que te ha dicho Gloria se puede aplicar a nuestras vidas. Estamos pasando por nuestros mejores años. Se ve y se nota. Hemos trabajado duro durante los últimos años.

    ____¿Qué se puede aplicar a nuestras vidas? ¿Tú crees?

    ____Por supuesto. Mira si no todos los logros que hemos alcanzado En la actualidad tenemos fármacos y procedimientos curativos que jamás podíamos haber soñado, podemos curar a nuestros animales domésticos, de una forma que habría sido imposible hace tan sólo un lustro. Y los todos los granjeros se han percatado de ello: vienen a nuestro consultorio, valoran y respetan nuestra profesión, porque saben que ahora es rentable acudir al veterinario. Y por si fuera poco, aún somos jóvenes y con ganas de seguir trabajando.

    ____Es verdad. Nunca antes habíamos estado tan ocupados.

    ____De hecho, apuesto que estos últimos años han sido los mejores de nuestras vidas. Habla contigo mismo y piensa en lo que estoy diciéndote. Piensa… Piensa…

    Le hice caso y me quedé pensando unos minutos...

    ____Es probable que tengas razón –respondí, al fin. Pero si estamos en la cresta de la ola, ¿quiere decir que a partir de ahora nuestras vidas van a declinar? –añadí, preguntándole.

    ____Ni mucho menos. Sólo que van a ser diferentes. A veces me da por pensar que sólo hemos tocado el borde de las cosas –escupió a un lado la brizna masticada y triturada. Le brillaban los ojos, con ese entusiasmo y esa persuasión que desde estudiantes me habían contagiado.

    ____Sí, mi querido amigo, colega y socio. Y lo digo en serio. El éxito está muy próximo a nosotros –concluyó, de una forma triunfal.


    Luego de tan brillante locución de Pérez, pensé de nuevo, y de mis pensamientos extraje lo siguiente: 'la experiencia nos demuestra a diario que guiándose con amor, trabajo, honestidad, perseverancia e ilusión, se puede lograr lo que uno se proponga. Porque las cosas importantes en la vida no se obtienen sólo con dinero, incluso a veces no ayuda a conseguirlas. Por contra, quizá las malogre'



    (FIN EPISODIO COMPLETO 'LA VOZ DE LA EXPERIENCIA')
  • cehicehi Miguel de Cervantes s.XVII

    La Despedida y el Cierre


    En la actualidad, mi hijo Julio ejerce de doctor en veterinaria en la Protectora de Animales de la ciudad de Sevilla. Está investigando, junto con otros compañeros, nuevas enfermedades en los animales domésticos, y ya han hecho varios viajes al extranjero, en busca de conocimientos vanguardistas.

    Se casó Julio con una compañera de la facultad, como yo en su día. Su esposa es una mujer trabajadora, pero tiene una tendencia que es cual ironía del destino; es xenófoba de los animales domésticos. Pero lo realmente importante es que ya me han dado un nieto, de nombre Amor, como yo. La vida de mi hijo transcurre entregada a su familia y a su trabajo. Pero a veces hace alguna incursión en la copla, pero siempre que se lo permitan sus obligaciones familiares o profesionales. Y no hace esto por lucro económico, sólo trata de matar el gusanillo.

    Entre sus compañeros de investigaciones se encuentra el hijo de Pérez; que, por cierto, está persuadiendo a Julio para crear, juntos, (y en sociedad como su padre y yo en el antaño), un consultorio en Cazalla; algo así como Pérez&Amor Sucesores, y como sea Pérez Jr sea tan persuasivo como su padre, convencido estoy de que lo instalarán. Y con el paso del tiempo, podría seguir la saga con una tercera generación: Pérez&Amor Sucesores de Sucesores. Y más en adelante, Dios dirá...

    Mi hija Candela permanece soltera aún. Vive en Madrid. Oyó de la radio que había una vacante en un hospital de la capital, y triste abandonó el pueblo, pero no podía dejar pasar esta oportunidad. Sigue estudiando. Cursa para lograr la especialidad en Puericultora Dos veces al año viene a San Nicolás a visitarnos. Es feliz viviendo sola. No obstante ello, ha llegado a mis oídos que la ven a menudo acaramelada por Cibeles, acompañada de un chico de nacionalidad italiana. No lo sé a ciencia cierta. Pero como de siempre he dicho, quiero lo mejor para mis hijos. Y Candela es su propia dueña. Y lo que quiera que sea nos lo contará a su madre y a mí.

    Mi amigo, colega, casi sosias y exsocio, Pérez, vive con su mujer en un pueblo de la ciudad de Huelva. Nos vemos poco, no habiendo más motivo para ello que porque no nos lo proponemos. Empero, continuamos profesándonos el mismo cariño y amistad de nuestros primeros pasos en Huelva. Sus hijos se casaron ya, pero ninguno de ellos han hecho aún abuelo a sus padres.

    Mi mujer y yo permanecemos en San Nicolás, y seguimos mimando el mismo amor que el día que Cupido nos disparó. Acerté, pues, en elegirla como compañera. No sé lo que ella dirá de mí, pero yo digo de ella que es una gran señora, y siempre ha sido mi mejor amiga. Todavía no le ha aparecido ninguna 'gotera'. A mí sí: gota. Pero sigo con mis trabajos, y además gratis, para gozo y ahorro del ya muy anciano señor Catalán, y para todos los granjeros de la región que soliciten mis servicios. Me ocupo también de una finca agrícola y ganadera que compramos en el término de Cazalla de la Sierra.

    ¿Mi sino? ¡Siempre con mis animales domésticos a cuesta!



    ¡Sí, amigos lectores, la vida es maravillosa si nosotros mismos la hacemos maravillosa!




    (FIN DE 'DESPEDIDA Y CIERRE' Y FINAL DE ESTE LIBRO)
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