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Y Dios creó a la mujer ()Ucronía)


            Y Dios creó a la mujer y la llamó Eva, y como no es bueno que la mujer esté sola, pensó, (aunque con bastantes dudas) que debía darle un compañero con el que poder procrear para multiplicar la especie, y después de dar muchas vueltas al modelo de varón a crear, decidió hacerle parecido a ella, con algunas formas geométricas distintas para que se pudieran distinguir. Y para ello (que mejor) formarle con un ovario de Eva. Pero tarde se dio cuenta el Señor que, con esa materia prima, había dado lugar a crear un nuevo ser, algo ambiguo y que con el paso de los siglos le llamaron Gay, pero de momento le llamó Adán.

            Y creó el Paraíso en un lugar maravilloso. Y les dijo:

—Vivid en este Edén que he creado para que lo pobléis y seáis felices eternamente, pero con una condición.

— ¿Qué condición, Señor? Preguntó Eva.

— Qué no comáis del fruto prohibido. (Un árbol que daba los mejores limones del Paraíso)

— ¿Si nos ha hecho libres, porqué nos pones esa condición? Preguntó Adán.

—Por el Demonio.

— ¿Quién es el Demonio? ¿Tú sabes quién es? Le dijo Eva a Adán.

—Pues no lo sé. Pero vamos a preguntárselo al Señor.

—Pregúntaselo tú, Qué a mí ese nombre me da como repelús.

—No os preocupéis, dijo El Señor con voz circunspecta pero conciliadora. El Demonio es el mal. Si seguís mis mandamientos nada os pasará; pero si coméis del árbol prohibido, ¡Sí! Conoceréis los placeres del cuerpo, pero os arrojaré de este vergel y os enviaré con el Demonio a su infierno.

— ¿Qué es el infierno? Pregunto Eva, temiendo que no sería nada bueno.

—Es el fuego eterno.

— ¿Y qué es el fuego? Preguntó Adán con bastante mosqueo.

—Ahora lo conocerás. Dios sopló a unas hojarascas secas, y de súbito surgieron unas llamas que desprendían mucho calor.

—Pon un dedo Eva, sólo un dedo.

            Eva puso un dedo en aquellas zarzas secas, con mucho temor, ya que aquella cosa desprendía un calor que le sofocaba; metió el dedo, y mientras se lo chupaba, dijo en un grito:

— ¡Hostias! Qué esto quema. (Y aquí se inventó la primera palabrota, la que aprovechó el Señor para dar nombre a sus Sagradas Formas)

—Ya sabéis lo que os pasará si coméis del árbol prohibido. Y ahora os dejo para que recapituléis mis mandatos.

            Eva no cesaba de chuparse el dedo. Por lo que le dijo Adán.

— ¿Duele mucho?

— ¿Qué si duele?  Y cómo se te ocurra comer de ese árbol, soy yo la que te voy a quemar a ti otra cosa.

— ¿Pero has visto lo limones tan hermosas que tiene?

—No seas lila Adán, a ver si por comerte un limón te vas a condenar al fuego eterno.

            Una tarde del mes de julio, con un calor insoportable, Adán, sesteando en la sombra que daba el frondoso árbol, al ver aquellos limones tan amarillos, le entraron unas terribles ganas de hacer una limonada fresquita con el agua transparente y cristalina que transcurría por el arroyuelo que serpenteaba entre los limoneros, y apagar la sed que tenía debido a una paella alicantina que se había metido entre pecho y espalda. Miró en todas direcciones para ver que Eva no le vigilaba, y se dispuso a exprimir un par de aquel oro y apagar su sed. Pero de pronto recordó las palabras del Señor, y se acojonó, por lo que desistió.

            Y des súbito, se le apareció una figura repelente, con cuernos y toda roja, y con una voz de ultratumba dijo:

— Pero que lila eres Adán.

— ¿Quién eres? Dijo Adán evacuado de miedo.

— Soy el Demonio.

— ¿Y qué quieres de mí?

—Advertirte de que el Señor os vacila. Si os ha prohibido que comáis del árbol que da los mejores limones, es porque el muy egoísta sólo los quiere para Él.

            Adán, llevándose las manos a la frente, pensó:

— ¡Leches! Pues parece lógico lo que dice el Demonio.

            Y Adán sin poderlo resistir, se subió al limonar prohibido y se hizo una limonada que apagó aquella sed que le quemaba la boca.

            Y el Señor se le apareció y les dijo con voz de trueno les dijo:

—Adán, Adán… No te mando al fuego eterno por Eva, pero te condeno a que andes errante por el mundo, y que te ganes lo higos que tanto te gustan con el sudor de tu frente. Y a ti Eva.

—Dime Señor. Ya ves que yo sí he cumplido tus mandamientos.

—Lo sé Eva. Lo sé. Por eso os libero del fuego eterno. Pero te voy a encomendar una labor en la Tierra donde viviréis a partir de ahora.

— ¿A mí Señor? ¿Qué es lo que yo puedo hacer?

—Ser la salvación del Mundo.

— ¡Yo Señor!  ¿Pero cómo delegas en mí tanta responsabilidad?

—Porque no me fio del hombre, pensaba mandar a mi hijo dentro de unos siglos a que se diera una vuelta por allí, para ver cómo funciona el mundo, pero como te digo, no me fio mucho; es un gran hombre, es todo amor, pero le veo muy blando para asumir tan delicada misión. Hace falta una mujer como tú, para que aquello funcione.

—Gracias Señor. Haré lo que me pidas sin vacilar, y seré la salvación del Mundo.

            Y gracias a Eva que observó la Ley de Dios, la especie humana creció y creció y la Tierra fue un vergel en donde la paz y el amor, era la razón de la existencia del ser humano.

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