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Fragmento...

Creo que te debo mi agradecimiento y una disculpa.

Me he equivocado en cuanto a ti, y a los motivos por los que has llamado a mi puerta. Lo que ahora te explico quizá no tenga mucho sentido para ti, pero me voy más tranquila si te lo digo.

Mi familia fue maldita. No sé el motivo, ni quién nos maldijo.

En Calma se mueven poderosas fuerzas. El bien y el mal luchan entre sí, en todo el mundo y en nuestros corazones, pero solo en Calma se personifican.

He conocido la maldad y la bondad en los rostros de las personas que han dado sentido a mi vida. La bondad más pura y la maldad más aterradora.

Nunca supe qué hice para que la Muerte se burlara de mí como lo hizo, como si fuera la vieja Ánade del cuento popular, ni a qué Dios cruel falté para ser el centro de su ira.

Con el paso del tiempo me he resignado a creer que se me ha sometido a una prueba, aunque una vez más, desconozca los motivos.

Todo ha sido oscuro en mi vida.

Todo excepto Andrés, mi esposo. De él saqué fuerzas durante años, incluso cuando ya no estaba. De él y de su fe. Su fe por la continuidad de todas las cosas.

Para mí, la muerte era el final. Para él, solo un comienzo.

Recuerdo nuestras largas conversaciones sobre la muerte cuando cayó enfermo. No tenía fuerzas para moverse de la cama, pero siempre le gustó dialogar, y aunque le cansaba, hablábamos hasta que el agotamiento lo dejaba dormido. Decía que cuando faltara, lo que más compañía me haría serían sus palabras. Cuando no estuviera, las palabras llenarían el vacío. Y tenía razón. Me han acompañado todos estos años mejor que las personas.

Nunca creí en una vida después de ésta. Cuando supe que se iba, la desilusión y el pesar se adueñaron de mí, con la misma facilidad con que el viento del norte agita los prados en este extraño lugar.

Un día, poco antes de morir, Andrés volvió a hablarme de su argumento predilecto. “Recuerda esto“, me dijo. “De igual forma que hay siempre un final para un comienzo, hay un comienzo para un final. Yo me iré, pero puedes estar segura de que permaneceré.”

Palabras. Palabras que me hacen compañía, que se repiten en mi mente. Pero no significan nada. No las comparto. No son consuelo.

Por eso me hizo una promesa. Algún día, cuando encontrara la manera, me haría la señal, me enviaría su propio emisario, para demostrarme que tenía razón, y que la muerte no es el final. Me dijo que cuando un día, del olivo muerto brotara una nueva rama, sería él, esperando pacientemente a que mi final diera también un nuevo comienzo, para volver a estar juntos.

Murió en mis brazos. Lo perdí. Y supe que estaba equivocado. No habría otros comienzos, sólo más tristes finales. Y una tras otra, todas las personas que me importaban fueron desapareciendo por una maldición que no creo merecer.

Y la vida se hizo una carga, pero decidí aguantar, porque no tenía más, porque no había un después.

Y me encerré en esta casa, porque no hay nada más férreo que la voluntad de una mujer.

Y el tiempo pasó, y nunca más di un paseo a la luz de la luna, ni sonreí al sol mañana alguna.

E hice de mi vida un altar a la tristeza. Y quedé sola, a causa de la maldición. De mi propia maldición.

Y cuando del olivo brotó una nueva rama, ¿dónde estaba yo, idiota de mí? Alimentando los errores y esperando a la reina de todos los finales.

Y Andrés desesperaba. Porque, si me iba de este mundo en mi absurda convicción de que un final es solo un final, no lo encontraría. Por eso hizo que vinieras a mi casa, llamaras a mi puerta y me hicieras abrir los ojos.

Por eso te debo una disculpa. Porque tenías una misión, aunque no la que yo esperaba. Y mi agradecimiento. Porque de no ser por ti, no hubiera podido reunirme con Andrés.

Te devuelvo la puerta y te deseo un buen comienzo...

J. K. Vélez. Fragmento de Un Comienzo para un Final


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