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La chalupa (2)

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–¡Sí, sí!, afirmativo, le escuchamos. Con distorsión, pero le escuchamos.

–Eso es porque estamos usando la radio de juguete de mi hijo. Es el único aparato a ondas hertzianas que tenemos aquí. Y aún suerte que la trajo para entretenerse. ¿Tienen visual externa?

–Negativo –respondió Paula–. No hay ventanas. Espere, tenemos una pantalla de radar.

–¿Un radar? –la voz del comandante Ares pareció sonar jocosa–. ¡Qué pintoresco! Nunca he visto uno. Bien. Les vamos a atraer hacia la nave. Si notan movimiento, no se preocupen, es normal.

–Recibido, esperamos aquí. No hay otro lugar a donde ir.


Efectivamente, la chalupa comenzó a adquirir inercia y volvieron a sentirse con peso, aunque ligero. Sólo que ‘abajo’ era el extremo de la chalupa situado en dirección contraria a la de su desplazamiento.

Los ocho náufragos espaciales se sintieron felices de pronto. Una sonrisa de alivio pareció desatar el nudo que se había formado en sus estómagos. Les habían localizado pronto. No debían haber estado muy alejados de su ruta.

La chalupa se meció durante unos minutos y luego, con un topetazo metálico, se asentó en algún suelo. Sus ocupantes habían recuperado su peso normal a 1 G.

Unos golpes suaves sobre la escotilla les indicaron que ya podían abrir. Sin embargo, recibieron una última transmisión confirmándolo:

–Aquí el comandante Ares. Están dentro del muelle de atraque y bajo presión y atmósfera normal. Ya pueden abrir.

Soltando un suspiro, se miraron y todos afirmaron con la cabeza.

Woo Li accionó el mecanismo de seguridad de la escotilla y esperaron. Tras varias confirmaciones manuales, la portezuela comenzó a abrirse. No hubo más que un ligero movimiento de aire: todo parecía normal ahí fuera. Se podía anular la apertura en el último momento y la compuerta se cerraría a toda prisa, pero no fue necesario. La atmósfera era totalmente normal y respirable.


Cuando se hubo abierto del todo, un hombre de dos metros alargó su mano hacia ellos, tratando de disimular la sorpresa en su rostro.

Los ocho náufragos espacio temporales no pudieron disimularla tan bien.

El enorme comandante Ares tenía la piel violeta, los ojos azules y orejas bastante puntiagudas, y el resto de sus acompañantes eran similares a él.

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