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El juego de la vida

Cuando llegamos al mundo y entramos en contacto por primera vez con la gran masa de personas que llamamos sociedad, nos encontramos con dos distinguidos grupos. Vemos hombres y vemos mujeres, hechos y derechos todos ellos. Tienen una forma peculiarmente común de actuar. No visten todos igual, pero por su ropa sabrías decir si es un hombre o una mujer. Tampoco tienen el pelo igual. No andan igual, no hablan igual. Pero tú llegas al mundo, te unes a mitad de la partida y nadie te ha explicado roles ni reglas en el juego. Ves a todos los jugadores tan experimentados, cómo se desenvuelven dentro de su papel, cómo parece que saben qué tienen que hacer en cada momento… Y te asustas. Te abruma la falta de nociones que tienes en este juego de límites tan difusos, y decides que lo mejor es intentar disimular. Intentas pasar desapercibido. Te miras entre las piernas y emulas los rasgos que ves en quienes comparten tu condición. No sabes muy bien por qué haces lo que haces, más que por unirte a la dinámica lo antes posible y jugar con todos. Y de algún modo, como un mono siguiendo instrucciones, no entiendes bien por qué, pero las cosas empiezan a funcionar. Cuando te encuentras con personas del sexo opuesto, no sabes bien porqué, pero te atraen. Y tú a ellas. Obtienes más o menos los mismos resultados que aquellos cuyas conductas emulas, y te sientes afortunado. “Estoy aprendiendo a jugar” te dices, aún cuando lo cierto es que sólo eres un impostor. No conoces las reglas, tus jugadas no siguen un plan, no conoces el objetivo. Sólo estás asustado porque no quieres perder, aunque no sabes bien en qué consiste perder exactamente, ni si acaso es posible hacerlo.

Según trascurre la partida, la ansiedad de ser descubierto sigue creciendo. Temes destacar y hacerte de notar, por no cometer un error que deje ver que no eres más que un fraude. Temes quedar expuesto y ser abandonado. “¡Yo quiero un jugador, no un impostor!”.

Te has hecho al papel y tu mente se desdobla. Tienes, por un lado, tu cúmulo de hábitos, conductas y rasgos adquiridos mecánicamente a base de imitar a quienes tienes alrededor, y tienes, por otro lado, a ese niño que llegó ajeno a toda regla u objetivo a la partida, el cual sigue preguntándose qué tiene que hacer, cuándo va a convertirse en un jugador como el resto. Se pregunta si hay algo mal en él. “¿Quizás ya debería saberlo? Los demás parecen entender, y yo no. ¿Soy inferior a ellos?”.

Te das cuenta de que sólo hay una partida. No hay grandes cambios de paradigma, el juego es sólo un día tras otro hasta que acaba. Y te armas de valor, valor para afrontar el hecho de que no quieres que tu partida acabe igual que empezó. No quieres irte sin haber aprendido nada. Te irías sin ganar ni perder, por la sencilla razón de que te habrías ido sin jugar.

Tienes lo que los demás llamar una pareja. Dentro de las limitaciones que te impone tu propia situación, desarrollas un vínculo afectivo con ella. Os acercáis más de lo que te has acercado a ningún otro jugador antes. Mucho más. Tanto que da miedo. Pero ella también tiene miedo. Hay algo en sus ojos, un reflejo extraño, demasiado disonante con todo lo demás que conoces de esa persona. Ya no parece tan firme ni segura como al principio. Y ahora que estáis tan cerca, que habéis creado un vínculo tan especial, decides que es el momento, y te armas de valor.  Te armas de todo el valor que puedes conseguir, te acercas a ella y, sin mediar palabra, te desprendes de esa máscara que has ido elaborando meticulosamente durante todos estos años. Te muestras tal y como eres. Saltas al vacío, y no tienes un plan B. Así que te quedas ahí, en silencio, durante lo que parecen ser años, frente a la atenta mirada de la única persona capaz de desatar en tí semejante reacción. Sigues en silencio, y cuando crees que no puedes más, ella se acerca temblorosa la mano al rostro, y ves, atónito, cómo se retira una máscara que segundos antes hubieras jurado era su propia cara, revelando así una niña, con la misma expresión de pavor que tú. Y sientes una ola de euforia durante el momento más liberador de tu existencia, cuando descubres que los demás tampoco saben en qué consiste el juego, que sólo están haciendo lo mejor que pueden y que ya no te intimidan, que son como tú.

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