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Memorias de un canillita (segunda parte de tres)



 

 

SEGUNDA PARTE

El mozo del café de enfrente, fue el primero en comentarlo: - Che pibe ¿viste el diario?— y lo largó: -Hablan de vos, de tu carta, mirá que habías sido bravo, che.

Entonces tenía unos 18 años, no más. De toda clase de gente recibí felicitaciones y palabras alentadoras. Hubo algunos que fueron más lejos: - Dedicate al lápiz, ¡che pibe! tenés pasta de periodista, metéle, ¡no seas cobardón!.

No en aquel entonces y menos hoy en día, entendí el furor de aquella gente. Era casi incomprensible que efecto lograran producir unos escasos renglones escritos en una hoja de cuaderno. El idioma básico, ese de la calle, el único que conocen los canillitas, consiguió que el periodista, influenciado por el contenido de esas líneas, publicara al día siguiente, en su Rincón, un comentario sobre la carta recibida. Además manifestaba que recapacitó sobre el tema, reconociendo su equivocación y agregaba su agradecimiento al canillita por la ayuda brindada.

Los comentarios corrieron por toda la ciudad como un reguero de pólvora. Todos querían conocer al "canillita periodista". Todos deseaban ver de cerca a ese fenómeno. Los días pasaron, la euforia se esfumó. El fuego de la admiración dejó lugar al agua de la rutina..

Conseguí, después de lucharla largo tiempo, el permiso del gerente de la Tienda Muñoz, en cuya esquina, como antes mencioné, estaba mi parada, para colocar una mesita apoyada en la pared entre las dos vidrieras del negocio y sobre ella apilar los diarios. De un día a otro, mi parada se convirtió en mi °puesto de diarios°

Todos los vecinos se acercaron, me felicitaron, augurándome suerte en mi ascenso de categoría.

Al poco tiempo agregué la venta de un diario de deportes. A la semana siguiente la revista La Mujer envió un representante para ofrecerme la venta de su semanario tan popular.

Las ventas y sus correspondientes ganancias fueron en aumento. Hice mis cuentas y decidí alquilar un departamentito a unas pocas cuadras del subte que tenía una salida a metros de mi esquina. Mi tía Carla, ya entrada en años, no quiso mudarse al centro. Prefirió quedarse en el barrio rodeada de sus amigas. Todos los sábados al mediodía viajaba a visitarla y almorzábamos juntos. Antes de irme dejaba unos pesitos sobre la mesa de la cocina. Ya en la puerta escuchaba su refunfuñar pues consideraba que era mucha plata para ella.

Un día al volver del trabajo, sonó el teléfono. Una de las vecinas del barrio me avisó que la noche anterior mi tía se descompuso, la llevaron al Hospital Municipal. A la madrugada falleció. Me encargué de todo lo relacionado con el entierro.

Hubo mucha gente para acompañarla en su último viaje. Todo el barrio vino a despedirse de la tía del °pibe°, el canillita más conocido de la ciudad.

La casita que me vio nacer la alquilé a una pareja de recién casados. Me prometieron cuidar la huertita que con tanto cariño había mantenido la tana Carla.

CONTINUARÁ….

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