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Una menos...

¡Hola a todos!
Este es uno de los muchos relatos que desde hace poco estoy compartiendo en mi blog, espero que disfrutéis leyéndolo tanto como yo al escribirlo. Un saludo!
También os dejo la dirección de mi blog, me encantaría que os pasarais si "una menos" os gusta.

http://conunaplumaenmismanos.blogspot.com.es/


UNA MENOS...

Distrito de Whitechapel.

Madrugada del 31 de agosto de 1888.

 

Mareado, Francis volvió a apoyarse en la pared, pegando tanto su cara a ella que incluso pudo oler la humedad de la piedra de sus ladrillos.

“Otra vez”, se lamentó mientras continuaba su camino con pasos zigzagueantes.

No era la primera vez que lo engañaban. Desde hacía dos o tres meses frecuentaba el sucio pub “Theen Bells” en aquel viciado barrio. Aunque siempre había sospechado que le daban gato por liebre en los tragos que le servían, por los pocos peniques que le costaban pensaba que merecían la pena.

El joven volvió a detenerse, esta vez se dejó caer hasta sentarse en el suelo con la espalda apoyada en el muro. Sentía fuertes arcadas, acompañados por un ácido sabor a bilis que subía por su garganta, pero parecía que aquel alcohol no se decidía a salir.

“Es culpa tuya, Francis, solo tuya… Malditos ladrones, rellenando sus sucias botellas con jeringuillas…”

Poco a poco el efecto de la embriaguez lo fué adormilando. Con su borrosa visión fija en la amarillenta luz de una farola que se encontraba justo delante de él, el joven se dejó caer sobre la mojada acera, cayendo rápidamente en un profundo sueño.

No habría sabido decir el tiempo que había estado dormido cuando una pequeña sacudida lo despertó. Cuando abrió los ojos vió como un niño tiraba de uno de los extremos de su abrigo para llegar a su bolsillo, del que rápidamente extrajo el puñado de escasas monedas que Francis llevaba encima y se fué corriendo calle abajo.

Francis, con la cabeza aun aturdida y el cuerpo entumecido por el frío, se retorció sobre los sucios guijarros del suelo y se incorporó, ni siquiera hizo el amago de correr tras el pequeño ladronzuelo para recuperar su dinero. Confundido, miro extrañado a su alrededor.

“¿Este es el sitio en el que me quedé dormido antes? Creo que había una farola, y ahora esto parece la boca de un lobo…”

No le dió importancia a aquel detalle, después de todo, todos aquellos callejones eran igual de agobiantes, y estaban igual de sucios…

Whitechapel era uno de los peores distritos de Londres. En sus calles, mujeres, hombres y niños arrastraban una vida de pobreza en la que muchas veces el único alivio era el que podía ofrecerles una botella de alcohol barato. Los callejones oscuros desembocaban en bares mugrientos y burdeles miserables en los que algunas mujeres se ganaban la vida prostituyendo sus cuerpos por unos pocos peniques.

Aunque ya estaba amaneciendo las calles aún estaban oscuras, y a pesar del frío, algún que otro paseante comenzaba a darles vida.

Ya un poco más repuesto, el joven continuó su turbia travesía. La visión que tubo al girar la segunda de las esquinas lo hizo despertar del todo, incluso el dolor de cabeza se le quitó de golpe. Una mujer se encontraba tumbada boca arriba sobre los adoquines de aquel sucio callejón.

Francis avanzó rápidamente hacia ella y se arrodilló a su lado, cogiéndola de la mano y dándole suaves golpes en la cara.

-¡Señora! ¡Señora! ¿Está usted bien?-Le preguntó entrecortadamente.

Su mano y su rostro estaban calientes y sus ojos cerrados. Fué cuando se acercó a su pecho para comprobar los latidos de su corazón cuando descubrió lo peor: Sus ropas encharcadas y pegajosas por la sangre que aún manaba de la herida de su cuello, el cual se encontraba cercenado por completo de parte a parte.

No muy lejos de allí, a través de los mugrientos cristales de una ventana, un hombre observaba la escena, sonriendo… Se sentía satisfecho por su trabajo, aunque no hubieran sido sus propias manos las que había cometido el crimen de Mary Ann.

Para haber sido el primer asesinato, todo había salido a pedir de boca, sobre ruedas, y nadíe había sospechado nada, ni siquiera el propio Francis. Las gotas de aquel brebaje, el mismo que llevaba suministrándole a sus tragos durante semanas, habían surtido efecto.

-Solo dos gotas son suficientes para que la víctima pierda completamente el control sobre sus actos. El mejor momento para encargarle el trabajo será cuando se encuentre en el punto máximo de la embriaguez. No se preocupe por nada más, cuando despierte no recordará nada, solo tendrá una resaca mayor de los normal.-Le había dicho el enano tuerto que se la había vendido hacía solo dos meses.

Aquel hombre se apartó de la ventana frotándose las manos, estaba seguro de que aquel día no iba a poder dormir debido a la gran emoción que sentía. No veía la hora de leer los titulares referentes al asesinato.

“El crimen perfecto… Una menos…”

Pero aquel asesinato solo sería el primero, en total tenía pensado cinco de ellos, los cuales tendrían lugar en esas mismas calles… Los de las cinco malditas zorras que diez años atrás habían incendiado el local que tenían a medias su hermano y él.

Dann, su difunto hermano, había dejado embaraza a una de esas mujeres y esta le exigía responsabilidades, cuando Dann se negó empezaron las amenazas…Amenazas que terminaron en amargas cenizas…

Poco a poco, aquel hombre se dirigió al salón de su cantina, en el que solo quedaba el rastro de los clientes que había tenido aquella noche. En el ambiente flotaba un aroma denso, mezlca del tabaco, el alcohol y el sudor de los que habían llenado la estancia durante toda la noche. Varias botellas de whisky goteaban lo que les quedaba de contenido sobre la madera del suelo, algunas mesas estaban tiradas, y una baraja de cartas, empapada en ron, asomaba por debajo de una de ellas.

Poco a poco empezó a limpiar y a recoger, aunque no con mucho esmero, pensaba que los que acudían a ese lugar ni pondrían la mayor objeción si veían algo de suciedad en las mesas, en el suelo, e incluso en los vasos de los que bebían.

Al acercarse a una de las mesas más cercanas a la puerta, descubrió que alguien había olvidado algo, Francis…

El ventero recogió de la silla la lujosa papa negra y el sombrero de copa de su desgraciado cliente y lo guardó cuidadosamente detrás de la barra. Por un momento se sintió tentado de quedarse esas prendas, ambas eran de una gran calidad, y venderlas podría facilitarle un buen dinero que le ayudaría a tapar varios agujeros. Pero después, ya más fríamente, pensé que Francis no se merecía aquel robo, ya bastante se estaba jugando por él, aunque no fuera consciente…

“Otra vez se ha olvidado el abrigo… Francis… Espero que ese brebaje no te cause mayor daño del esperado”.

 

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