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El calor y el museo

anderosuanderosu Gonzalo de Berceo s.XIII

Era la canícula del verano parisino. La piel de la rue Rambouteau se deshizo, se tragó los efímeros dibujos de tiza de los artistas que Cortázar alabara en su novela. Varios pisos sobre A., en la terraza del museo Pompidou, un cuerpo envuelto en velos negros insinuaba una figura perfecta. A. entró, esperó en línea impacientemente (mal comienzo, controla tus emociones), tomó el ascensor hasta el quinto piso. Ahí seguía ella, oteando la ciudad con encantador desgano. A. se había convencido incluso antes de su ascensión que aquella figura era inasequible, y preparó su defensa ante el sublime fantasma.

Libreta y bolígrafo fueron su escudo y lanza. Ambos entraron al museo; la ciudad se derretía.

A. y B. se detuvieron ante un lienzo de Bart van der Leck. Una serie de cuadrados y líneas de colores. A. fingió sumo interés e hizo unas anotaciones al azar, con la esperanza de que ella lo notara. “Bart van der Leck quizo ser un constructor de Legos, pero fracasó ante la tercera –y crucial— dimensión”, anotó. B. miró el cuadro y, fugazmente, a A. Esto fue acicate suficiente para seguirla hasta el próximo cuadro.

Sylvia von Harden, de Otto Dix. “Sylvia fue la perfecta mujer moderna.  Dix es el sacerdote de la desidia”, escribió a falta de algo más agudo. B. miró con disimulo la libreta de A. Probablemente no hablara español, por lo que la actitud de A. sería el lienzo sobre el que ella pintaría, imaginaría las oraciones de este. Si llegaban a entablar una conversación, podrían hacerlo en inglés, lengua estadísticamente adecuada. ¿Tendría B. el coraje para saludar a A., el perspicaz crítico de arte? Este último se concentró más aún, y se anticipó a la ruta de B. deteniéndose ante un cuadro cercano.

La madre del artista, de Alberto Giacometti. B. se posó, en efecto, junto a A. mientras él veía y escribía sobre cierto paralelismo con las difuntas pinturas de tiza. Cinco pisos más abajo, una respetable señora perdió el conocimiento y hubo que revivirla con compresas frías. “En el fondo, todo arte real es arte bastardo”, redactó A. con concentración absoluta. B. vio la obra y produjo una sonrisa hermosa, inteligente, que dejó entrever su dentadura perfecta. Sus ojos azules, su cabellera rubia se dirigieron de nuevo hacia A. Mientras tanto, él se hallaba ensimismado tras su armadura, y meditaba con gravedad sobre su próximo artículo de crítica en tal o cual revista de vanguardia. “No olvidar mencionar el efecto de la segunda guerra mundial en las obras de Giacometti y otros artistas italianos, en la próxima entrega…” Escribió A sin idea alguna sobre lo que decía, aunque ya asumiendo por completo su rol onírico, comprendiendo de una vez por todas que, en un museo, se dijo, las obras somos nosotros y los lienzos espejos.

El doble secreto, Marcel Duchamp. Un rostro partido, una máscara que se revela tras un océano infinito. Tras el rostro, un árbol de macabros frutos que, se entiende, habita en todos nosotros. B. se aproximó al mismo cuadro que A. observaba, oteaba como si su vida dependiese de ello. “Cara oculta. El otro, la otredad, la otrosidad y el ostracismo humano, Duchamp, océano infinito, yo…”, escribió A. derramando consciencia sobre el papel.

Entonces, aconteció lo impensable:

-What do you think of this one? –preguntó el sublime espectro, buscando contacto visual.

A., ya exasperado de tanta gente esquilmando las pocas horas que tiene un crítico de arte en este mundo, y sobre todo con preguntas tan insípidas, se volteó con violencia hacia B y exclamó furioso en inglés:

-¿¡Es que no pueden dejar en paz a un humilde crítico de arte contemporánea!? Disculpe, señorita, pero yo vengo acá a ejecutar una labor seria, y sin duda no tengo tiempo para enseñarle en qué consiste la otrosidad en la obra de Duchamp. Eso se estudia… hasta cierto nivel, claro, luego ya depende…

A. se alejó murmurando hacia el ascensor, que tomó con diluido enojo. Atardecía. Abajo, los artistas de tiza aprovechaban la temperatura menguante para pintar sobre terrenos menos volátiles.





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