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Spoiler de un novela inexistente

PerplejoPerplejo Fernando de Rojas s.XV
La muchacha del balcón vio venir un vehículo que ella no podría pagar ni ahorrando veinte años. Bajaba la calle con parsimonia, como si estuviera buscando aparcamiento. La joven sacó medio cuerpo por encima de la barandilla y absorbió por la nariz con todas sus fuerzas. Esperó. Cuando el coche estuvo cerca, pudo reconocer el logotipo: Chrysler. “Qué cosa más elegante, qué cabrón”, pensó la chica antes de escupir una flema del tamaño de una nuez.

- No me gusta este barrio, señor - dijo el chófer mientras accionaba el limpiaparabrisas.
- Mira, Ignacio, ahí estaba mi casa.
- Si le puede la nostalgia, podría visitar esa fachada a medio derruir por su cuenta. No veo la necesidad de parar justamente aquí.
- Pues me bajaré aquí. Justamente aquí. - dijo el pasajero mientras se desanudaba la corbata.

El vehículo frenó un poco más adelante. Las lunas tintadas preservaban la intimidad de Manuel H. Almagro que se estaba desnudando con parsimonia. Ya en ropa interior, resopló al ver el chándal y el calzado que habían preparado los estilistas. Las manchas de grasa de motor era un detalle claramente excesivo y las zapatillas eran las adecuadas para jugar al paddle pero ya ajustaría esos detalles más tarde.

-Ignacio, quita el seguro. ¿Tú crees que voy bien así?
- Reconozco que lo lleva con gracia.

Olía a campana extractora, orín y gasolina. Manuel H. Almagro estuvo un rato de pie, sujetándose a la portezuela. Al otro lado del coche unas bragas de color carne ondeaban en una cuerda. Suspiró y asestó un buen portazo al Chrysler.

- Señor, el reloj.
- Te echaré de menos, Ignacio. - dijo Manuel entregando el Cartier a través de la rendija de la ventanilla.
- También le echaré de menos, señor.
- ¿No puedes llamarme “Manu”?, he dejado de ser un “señor”.
- En eso se equivoca, señor. - dijo el chófer mientras pisaba a fondo el acelerador.




Esto es el final de una novela imaginaria que nunca será escrita. 

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