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El pasado de Brian: La Profecía del NoisyGhost (1)

josephmercierjosephmercier Anónimo s.XI
editado julio 2016 en Fantástica
Capítulo 1: La tragedia familiar




Knowsville era un pueblo con historia. De esos lugares que en algún momento prosperaron por la abundancia de sus recursos naturales hasta quedarse sin ellos. Las minas de rubíes que albergaban recelosamente las montañas se agotaron. El pueblo dejó de ser el centro de varias multinacionales para convertirse en un rinconcito del mapa británico explotado, ahora, por el turismo. Se hizo famoso por sus valles y ríos, especialmente populares por una de esas leyendas que recorren siempre las pequeñas poblaciones. En Knowsville se contaba que uno de sus valles había desaparecido durante la época medieval, dejando en su lugar una solitaria llanura, y que el valle había sido anclado en el cielo por un terrible hechicero, lo suficientemente astuto como para dejar el reflejo de las montañas en las profundidades del río que bordeaba el pueblo. Y eran muchos los que vacacionaban allí solo para ver si era cierto. Y otros tantos los que regresaban desilusionados a sus casas.



La villa acabó entrando en decadencia a mediados del siglo veinte, convirtiéndose en un pueblo fantasma. Un puñadito de casas puntiagudas, una vieja iglesia, un ambulatorio, un ferrocarril y una multitud de bares, constituían el entramado del pueblo. Tal vez por eso, nunca nadie entendió por qué motivo la familia Jackes decidió alojarse allí, precisamente durante esos años de decadencia. Aquello no parecía importunarles lo más mínimo a los cuatro miembros de aquella familia. En Knowsville brillaba el sol como en cualquier otro lugar y conservaba el atractivo natural de la tierra que se abre al mar. Y eso era suficiente.

La familia Jackes trató de presentarse a la observación general como cualquier otra familia del pueblo; no obstante, sus habitantes no la consideraron para nada común. Tom Jackes era un hombre alto y reservado, y a cada uno de sus gestos le acompañaba siempre su cuidado bigote. A esa elegancia respondía siempre su esposa Claudia, cuyo físico engañaba regularmente a los más observadores: la perfección de su cutis y la buena figura que enfundaba en cada uno de sus vestidos la hacían pasar por una jovencita de veintipocos años. En otras palabras: era la mujer más bella que el señor Jackes hubiese podido encontrar en todo el condado inglés.

El carácter solitario de Tom y las envidias que despertaba el atractivo de Claudia para el resto de mujeres casadas motivaron el primer rechazo social que se produjo en Knowsville. Además, aquel matrimonio guardaba secretos que ni la vecina más dicharachera hubiera podido sonsacarles. Desde su incomprensible llegada, los sucesos extraños se originaban con mayor frecuencia de lo que nadie hubiese deseado. Los días iban pasando y llegaban semanas en las que los Jackes no daban señales de vida, días en los que la luminosidad del cielo se desvanecía durante apenas unos segundos, o días en los que, si estabas atento, podías ver destellar colores por la ventana de la habitación. Era el gran misterio de la familia Jackes.

Los dos hijos que conformaban el seno familiar no se salvaban de estas peculiaridades. Con tan solo tres meses, Brian, el hermano pequeño, había desarrollado una capacidad de entendimiento que hasta el niño más superdotado del planeta habría envidiado poseer. A su corta edad, era capaz de comprender las conversaciones que se establecían a su alrededor, aunque nadie que lo hubiese observado lo habría podido adivinar, lo cual era toda una suerte porque aquello habría acabado definitivamente con la reputación familiar.

Además, solía ocurrir que los diálogos que intercambiaban sus padres despertaban la curiosidad de todo ser vivo que anduviera lo suficientemente cerca. A veces, las arañas se descolgaban del techo buscando sus palabras. Y Charlie, el hijo mayor, solía ser el destinatario de todos aquellos misteriosos mensajes. A menudo le reprendían para educarle y siempre salía a la luz la misma historia de siempre: «Debes ser un niño bueno, Charlie, ¡o vendrá el NoisyGhost!», le advertían. Sus padres solían hablar de un don familiar, de un extraño poder que podía habilitarse a través de la mirada. Era como si detrás del mundo real hubiera lugares donde existe lo insabible, lo mágico, lo nunca visto; algo que ellos habían encontrado y que luchaban por mostrar a su primogénito.

Fue ese mismo misterio que envolvía a la familia lo que explica que a nadie le afectara demasiado la muerte del señor y la señora Jackes. Podría decirse que los habitantes de Knowsville esperaban y algunos incluso deseaban aquel suceso: con el tiempo se habían ganado la desconfianza de la gente. La desgracia familiar fue, como era de esperar, un tanto peculiar, como cualquier otro asunto relacionado con la familia Jackes.


Todo ocurrió durante la madrugada de un viernes de noviembre. El cielo era un manto negro y la hora demasiado avanzada para dos niños como los hermanos Jackes. Pero no habían regresado a casa. Continuaban solos en un bosque de Knowsville, bajo el estruendo de la inminente tormenta. Habían iniciado un bonito paseo con sus padres, hasta que algo les perturbó tanto que decidieron abandonarles en aquel punto del bosque y les obligaron a esperar allí. Cerca de una hora después, Brian lloraba a pleno pulmón y su hermano, apenas cinco años mayor que él, trataba de consolarle en vano. Los primeros relámpagos les obligaron a escapar de allí, atemorizados, temblando de pies a cabeza.

Pero la sorpresa llegó más tarde. Cuando el humo apareció, cuando les envolvieron las sombras negras. No muy lejos de donde habían permanecido, el bosque ardía con la fuerza del viento, los árboles se derrumbaban a su paso y un asfixiante humo denso inundaba cada hectárea de bosque. El temor acrecentó en Charlie, que en esos momentos era la única mente consciente de lo que estaba ocurriendo. El humo les estaba alcanzando, el fuego devoraba las copas más altas de los árboles y, antes de que cayeran inevitablemente en la inconsciencia, la última imagen que pudieron vislumbrar fue una titánica sombra alzándose hacia la inmensidad del cielo, como si acaso los ángeles hubiesen descendido a por ellos.

En efecto, aquel fue el último día que vieron a sus padres. La rápida intervención de los bomberos mantuvo con vida a los hermanos Jackes y cuando ambos regresaron a la realidad, su tía Elisabeth se abalanzaba sobre ellos entre un puñado de médicos y policías cuyos rostros ni Brian ni Charlie conocían. Una buena parte del bosque donde habían permanecido aquella noche había quedado reducida a un lecho de brasas; los árboles se habían venido abajo, se habían arrancado de cuajo sobre sus raíces; la tierra se había hundido formando surcos sinuosos y la hierba había quedado reducida a rastrojos. Como si un terrible tornado o una inmensa apisonadora hubiese atravesado el corazón del bosque y en su arremolinado trayecto se hubiese llevado por delante a sus padres.

Solo años después, los hermanos Jackes tendrían conocimiento de la verdad: sus padres habían muerto súbitamente en aquel extraño suceso. Para ser exactos, habían desaparecido; pero las señales con las que había amanecido el bosque el día siguiente a la tragedia apuntaban a que nadie podría haber salido con vida de allí. Solamente aquel afortunado que estuviera bien lejos del repentino incendio podría haberse salvado. Y ese fue el caso de los hermanos Jackes.
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