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Terror en el bosque

PuyoutuPuyoutu Anónimo s.XI
editado julio 2016 en Terror
ADVERTENCIA: El siguiente texto es una escena eliminada de una novela que hice, pero creo que servirá igualmente para pasar un rato tétrico :) que lo disfrutéis.

El frío comenzaba a arropar el bosque. El sol se ocultaba mientras teñía de rojo sangre las nubes. Parecía que el cielo se hubiera incendiado con las llamas del infierno. El silencio era sepulcral. Y el frío aumentaba. La noche caía, y la ropa pegajosa por el sudor, la sangre y el vómito comenzaba a emitir un olor agrio y desagradable. Y el joven seguía tan perdido como antes. Deambulando sin fuerzas por el bosque, sin rumbo ni dirección. Sin saber cómo llegó hasta allí, perdido en la nada con un loco asesino suelto que le buscaba y que, con total probabilidad, se conociera aquellos parajes mejor que él. Y el cuerpo del coche, esa asquerosa imagen que no se le borrará de la cabeza. Era increíble como la carne humana no se distinguía de la carne que se compra en los supermercados. Después de aquella visión, si sobrevivía a todo aquello, se haría vegetariano. Sólo el recordarlo le hacía sentir náuseas de nuevo. La violencia de las mutilaciones, la carne desperdigada, la desfiguración total del rostro y los trozos que faltaban. Dios sabe qué hicieron con lo que faltaba. El llanto comenzó al recordarlo. A lo lejos escuchó entonces un motor. Un sonido de vehículo que se acercaba. ¿Sería el asesino que haya tirado el cuerpo y tomado el coche? El automóvil, a gran velocidad, se fue acercando cada vez más y más. Él no sabía qué hacer. Pararlo y pedir ayuda o huir. Decidió esconderse. Finalmente, el vehículo hizo su aparición al final del camino y se aproximaba a gran velocidad, casi que derrapando al tomar la curva sobre la grava y arena del camino. El chico vió que no era el mismo coche que el que había visto atrás y además este provenía de dirección contraria a la que había dejado el otro. Tambaleante, salió de su escondite y alzó los brazos para llamar su atención. Sus piernas le flaqueaban y se movía casi perdiendo el equilibrio, como un borracho. Su debilidad y extenuación hizo que le costara levantar los brazos incluso. Los faros iluminaron sus temblorosas piernas y sus ropas mugrientas de sangre y vómito. El muchacho se puso en mitad del camino pero el coche no aminoró. De hecho, pareció acelerar. Trató de esquivarlo saltando a un lado pero ya era demasiado tarde y fue lanzado por encima del capó y el techo del coche. Con un gran crujido, cayó con fuerza sobre la tierra y, quedando a oscuras y solo con un terrible dolor, aulló hasta casi destrozarse las cuerdas vocales. La angustia era insoportable. Sus piernas le ardían, un dolor punzante le subía por la columna. Al retorcerse de dolor, éste se intensificó. A pesar del frío, comenzó a sudar copiosamente y tanteó en la oscuridad sus piernas. Se clavó algo en los dedos al tiempo que el dolor le dio otra punzada. Iba a vomitar de nuevo y a desmayarse. El sudor le empapaba. El hueso de la pierna había pinchado el dedo del joven al estar completamente partida en dos y sólo unida por la piel. El hueso, al partirse, se abrió paso entre los músculos y tejidos con su filo hasta salir por la piel.




La mujer, casi en estado de histeria, lloraba desconsolada mientras sujetaba el volante y pisaba el acelerador. Por un momento parecía reír entre sus lágrimas, pero enseguida sus carcajadas se transformaban gritos de angustia y terror. La niña se despertó asustada en el asiento de atrás.

- Mami, ¿Qué ha sido ese ruido?

- Nada, cariño, nada -trató de disimular su estado-. Vuelve a dormirte, cariño.

- ¿Qué te pasa, mami?

- Nada. Todo está bien, todo está bien.

- ¿Qué te pasa?

- ¡Nada!

- ¿Por qué estás llorando, mami?

- ¡No pasa nada, cielo!

-¿Es por mí?

- ¡Por favor, cállate y duérmete! -la mujer se giró para chillar mejor a la pequeña- ¡Deja a mamá conducir!

En ese momento se escuchó un estruendo y el coche se detuvo en seco. La mujer le pegó un tirón del cinturón de seguridad y a la pequeña... bueno, ella estaba tumbada en los asientos traseros sin cinturón y acababa de incorporarse al ser despertada cuando su madre atropelló a aquel joven. Ella voló entre los asientos delanteros. Cuando su madre separó la cabeza del airbag vio una pequeña muñeca inerte incrustada en la luna del coche. Aterrorizada y con la angustia más grande que nadie pueda imaginar, la mujer preguntó con un hilito de voz.

- ¿Susi? Susi cariño...

La pequeña niña movió débilmente su bracito y sus deditos sin contestar. Su madre no estaba segura de si la oía o había sido un acto reflejo, los últimos impulsos nerviosos del cerebro que acababa de estamparse contra el cristal del coche. El suave cabello rubio de la niñita se tornaba ahora caoba. La sangre manaba bajo su cuerpecito retorcido, con la cabeza arqueada y la espalda rota. No, definitivamente no la había oído, y mejor que hubiera sido así. Ya no quedaba consciencia ni vida en aquel cuerpecito blando. La madre reía, reía a carcajadas, completamente enloquecida. ¿A cuántas personas o cosas había matado en cuestión de minutos? Desde que se desvió de la autopista se ha llevado tantas vidas por delante, algunas en defensa propia... pero ¿y su hijita? Reía y lloraba. Bajó del vehículo en medio de la oscuridad y vió que había chocado con otro coche en cuyo interior se hallaba un cadáver ensangrentado de un hombre con la puerta del conductor abierta. Lloraba y reía, y gritaba histérica mientras miraba entre el humo del abollado capó el cuerpo de la pequeña inmóvil sobre el salpicadero y la sangre y sustancia gris goteando. El humo salía, salía y salía. El depósito se había roto y un reguero de combustible escurría por la arena bajo el coche. La mujer se percató y, riendo con el rímel corriendo por sus mejillas, tomó el bolso del asiento del suelo en el asiento del copiloto. Al hacerlo, movió el cuerpo de la niña que cayó hacia atrás al resbalar y dejando un rastro de sangre y sesos que brillaban relucientes bajo la luz del interior del vehículo. La mujer reía y lloraba mientras encendía un cigarro en el asiento del conductor y daba una calada. Bajó la mano izquierda con el cigarrillo en la misma y lo soltó, cayendo justo en el reguero del combustible. No hace falta explicar qué pasó después.




El joven agonizante casi había perdido el conocimiento cuando le sobresaltó una llamarada inmensa y un rugido que resonó estruendosamente por todo el bosque. Una gran bola de fuego se alzó en el aire por encima de los árboles y el humo negro y tóxico comenzó a formar una columna hacia las estrellas cuando el fuego disminuyó. Había sido una explosión. La oleada de muerte irracional no cesaba y él iba a acabar pronto muerto también si no conseguía ayuda pronto. El frío era intenso y empeoraba el dolor de las heridas. Al menos la sangre era cálida. Había un gusto enfermizo en tocar la sangre que, al menos, le hacía más soportable la helada. Le castañeaban los dientes y le dolía a horrores las piernas. Con cada tiritón se movía la herida y el dolor volvía más intenso y punzante, lo cual le producía estremecimientos que creaban más dolor y así... era un círculo vicioso. Lo mejor era aguantar el dolor lo mejor que podía y mantenerse lo más quieto posible. Pero aquello era una tortura, era imposible permanecer quieto, era imposible ignorar las heridas, era imposible calmarse... creía que iba a desfallecer de un momento a otro. El calor lo sentía también por los muslos y cintura, pero el líquido que lo impregnaba no era sangre, si no orín. No había podido evitar que se le escapase. Al menos, aunque repugnante, daba calor. Las estrellas brillaban con gran intensidad en la negra noche, la luna iluminaba con su luz plateada los alrededores y la blancura del terreno se llenaba de miles de puntitos brillantes de hielo y escarcha. Y como el hielo, el líquido del que estaba bañado el muchacho también se empezó a congelar en su cuerpo. Poco a poco, su consciencia y tormento se fue desvaneciendo.
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