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Motel Néctar [1/2]

Galiano CorreaGaliano Correa Anónimo s.XI
editado abril 2016 en Otros
Aquí les traigo otro relato el cual, se puede englobar en varios géneros. Espero lo disfruten.

El coche entró en el mortecino aparcamiento del motel alumbrándolo a su paso. Era un Honda Civic Type R negro con los cristales tintados. Se dirigía en dirección a la plaza de estacionamiento más cercana a la recepción, en la cual había un cartel de reservado y un coche destartalado estacionado en ella.
El coche japonés se detuvo junto al reservado y bajaron de él dos hombres. Uno lo hizo por la parte trasera derecha, con atuendo de camisa, americana y pantalones vaqueros. Otro por la parte del conductor vestido informal, se dirigió al maletero. Recogió un par de maletas y se encaminó a un apartamento situado en la tercera y última planta.
El hombre trajeado miró al coche herrumbroso, a través de sus gafas de sol rectangulares negras, apretó la mandíbula unos segundos y entró a la recepción. La campanilla de la puerta tintineó.
Un joven apuesto estaba sentado tras el mostrador, apoyado en la mesa usando el smartphone.
–Hola, ¿quiere la habitación por horas o por días? –dijo sin levantar la vista.
El hombre cruzó los brazos con suma lentitud sin responder.
Pasaron varios segundos en un solemne silencio.
–¡Le he dicho qué quiere! –preguntó elevando el tono–. ¿Es qué no me entiend…? –dijo levantando la mirada e interrumpiéndose de súbito al tiempo que el aparato se le caía de las manos sobre la mesa–. Señor..., discúlpeme, no sabía que era usted...– murmuró pálido como el nácar.
El hombre se quitó las gafas con las dos manos de forma sutil y las depositó con delicadeza sobre un lado de la repisa del mostrador.
–Oh Peter..., por supuesto doy por hecho que no sabías que era yo –afirmó con tono marcadamente irónico–. Es más, espero que sólo hayas tratado así a un cliente en mi ausencia que, desafortunadamente he sido yo y paradójicamente no ha sido en mi ausencia. ¿Ha sido así?
Peter intentó hablar pero sólo consiguió mover la barbilla, como si un escalofrió recorriese su cuerpo a través de su espina dorsal.
–¿No habrás sido descortés con los clientes, verdad Peter? –dijo apoyando sus manos en el mostrador, al tiempo que se inclinaba hacia la cara del dependiente con la mirada fija en sus claros ojos–. Sabes que el respeto es algo que valoro mucho y del cual, hemos hablado en repetidas ocasiones. A mi parecer, demasiadas… –comentó al tiempo que ladeaba con lentitud la cabeza y puso la mirada fija en el cuello de éste.
–N-n-no.. no… –consiguió balbucear Peter.
–¿No son demasiadas o que no has sido descortés? –dijo el hombre mientras intercambiaba suavemente su mirada entre los ojos del recepcionista y el cuello.
–N-no –tragó saliva– no he sido descortés, mi Señor... Ha sido un grave error, sólo estoy un poco cansado, no volverá a suceder…
–Te creo Peter, te creo. –afirmó con un tono carente de emoción alguna y rápidamente sonrió.
–¿Qué tal ha ido el viaje Señor...?
–Agotador, muy agotador, Peter. Y cuando llego, me encuentro –señaló hacia la entrada– el coche del come coños de preescolar, aparcado en mi plaza. Cuando pague dile –advirtió levantando la mano derecha señalando con el dedo hacia el techo–, que la tarifa tiene un recargo del 100% por estacionamiento VIP. Y que si no quiere pagar, que lo dudo, ya sabe donde me puede encontrar.
–Sí Señor… Así lo haré. ¿Y puedo ayudarlo en algo?
–Sí. Necesito comer algo... compañía. Un vino también me gustaría, para celebrar que todo ha ido bien por Nueva York.
–Vaya a su suite y le llevaré un gran reserva. ¿Quiere que me ponga algo más cómodo…?
–No Peter, no necesito que vayas más cómodo puesto que me llevarás el vino y volverás.
–Supuse que…
–Supusiste otra vez mal hoy Peter, y ya van dos. No has estado hoy nada correcto, y sabes que ahora mismo no puedo casi ni verte.
–Lo siento Señor. Llamaré a Tatia…
–Antes de que sigas hablando Peter, porque veo que vas encaminado a una tercera, mira la jodida fecha –dijo exasperándose el hombre, levantando el tono de voz momentáneamente pero consiguió recuperar la compostura de inmediato–, en el smartphone que tanto usas y que me costó 450€. Creo que calendario lleva…
El dependiente cogió tembloroso el móvil, lo desbloqueó y buscó la aplicación del calendario.
–Oh Señor discúlpeme, es 4, llamaré al Club Runic… ¿Por quién pregunto?

La puerta fue golpeada con un ligero traqueteo a eso de las dos de la madrugada. El hombre que con anterioridad había subido las maletas al apartamento, observó por la mirilla y abrió la puerta despacio.
Era un joven veinteañero, delgado, ojos claros, pelo dorado y trajeado.
–¿Eres Marc? –pregunto el joven sonriendo.
–No. Pase. –ofreció el hombre apartándose a un lado de la puerta.
La estancia estaba iluminada por una tenue luz añil de neón, que apenas permitía distinguir una figura sentada en el fondo del salón.
–Gracias John. Puedes retirarte. –dijo la figura inmóvil.
–Vale Señor. Estaré en mi apartamento. –respondió con una breve reverencia de mano, miró al veinteañero y cerró con suavidad la puerta.
El joven se quedó unos segundos junto a la entrada, sin saber muy bien qué hacer. Abrió la boca para decir algo pero en ese momento, la intensidad de la azulada luz fue en aumento lentamente, como el amanecer en alguna luna de un lejano planeta, que orbita una estrella masiva. Boquiabierto y sin palabras, contemplaba la exquisita decoración moderna que emergía del inmueble.
La figura sentada en el sofá por fin se definió para el joven.
–¿Marc? –preguntó señalando al hombre sentado.
–El mismo. Tu debes de ser Blake. Vamos acercate..., que por el momento no voy a morderte. –dijo con los ojos entornados dejando escapar una leve sonrisa.
Blake le devolvió una pícara sonrisa quitándose con delicadeza el chaquetón, depositándolo sobre un sillón y sentándose en el mismo sofá que el hombre.
–¿Te gusta lo qué ves? –preguntó Marc.
–¿A qué te refieres? –dijo Blake escudriñando de arriba a abajo a Marc con lentitud.
–A mi casa. –afirmó trazando un arco con su brazo de izquierda a derecha.
Blake observó mueble por mueble, cuadro por cuadro, escultura por escultura.
–Sí, mucho. Tienes muy buen gusto y sobre todo dinero –sonrió–, para poder decorar a tu gusto.
–Cierto. –le devolvió la sonrisa.
–Se me olvidaba. –dijo con dulzura–. El tema del dinero. Es lo primero que suelo tratar siempre para que no hayan malos rollos. La hora es a…
–No te preocupes, Blake. Me da igual a cuanto sale la hora. Como si me quieres cobrar el reloj entero…
–Vaya –rió el joven llevándose las manos a la cara–. Nunca me habían dicho algo así.
–Es normal. Nunca antes habías hablado conmigo.
Sobre la mesa baja negra situada frente a ellos, había una botella, un abridor y una copa de vino. Marc señaló a la botella.
–¿Te gusta el vino, Blake? –dijo a la vez que empezaba el ritual de descorchar la botella con suma delicadeza.
–Sí, bastante –sonrió con dulzura–, aunque no suelo beber vinos caros. Me suelo gastar mi dinero en ropa de marca. Es mi debilidad.
–Pues, este es un gran reserva español, de 1996 –empezó a llenar la copa lentamente–. Cuesta 95€ y créeme, los vale –le ofreció la copa cogiéndola desde la base.
–Vaya, gracias –se sorprendió Blake–. No estoy acostumbrado a que me ofrezcan cosas así. Me suelen invitar a una cerveza y a veces ni eso... Sólo hay una copa, ¿Tú no bebes? –preguntó y bebió un poco de vino.
–No.
El joven miró la copa por un instante, frunciendo el ceño de forma casi imperceptible.
–No te preocupes –dijo riendo de forma suave Marc–, no te he envenenado, drogado, ni nada por el estilo, precioso, es la verdad. Hace tiempo que no me sienta bien, pero siempre me encantó, por lo que me deleito al verlo beber siempre que puedo.
Blake dudó un instante, pero disipó con rapidez sus sospechas sobre el estado del vino. Dio un buen trago y depositó la copa casi vacía sobre la mesa. Se acercó un poco más a Marc y lo observó lenta, descarada y sensualmente de pies a cabeza.
–¿Y qué te gusta hacer..., Marc?¿Qué te gustaría hacerme...?
–Una proposición.
–¿Qué tipo de proposición…? –se sorprendió el delgado joven.
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