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Oliver y el verano

Oliver TinoOliver Tino Pedro Abad s.XII
editado marzo 2016 en Erótica
Oliver y el verano
Ya no recuerdo cómo terminé vendiendo churros en la playa ese verano. Qué contacto, qué ganas o qué urgencias me llevaron hasta un pueblo de morondanga potenciado por el boom inmobiliario que convirtió a ese municipio costero en el lugar de veraneo de la clase media y baja nacional. En fin, que los “gasoleros” veraneantes eran ideales para decorar con su presencia vulgar, con sus proles numerosas, con sus grabadores que largaban cumbias, esas arenas y esas aguas berretas. Y yo entre los vivos, cruzando la playa bajo el sol del mediodía, untado en protector solar de grado sesenta y cubriéndome los brazos y el cuello hasta donde podía, empujando un carrito porta churros alquilado. Enterrándome en la arena, esquivando a los que tomaban sol, a los que jugaban al tejo o al fútbol, yendo y viniendo por esos cuatro kilómetros del balneario... El carro venía con una campanita de bronce, que yo hacía sonar a la par que voseaba “¡chuuurrrros!”. En el estirar de la erre, esperaba encontrar un pregón original, cosa de que los turistas me reconocieran a lo largo de la semana y me esperaran para comprarme a mí. Trataba de ser amable y servicial por demás con los clientes, creía que así me los ganaría para futuras ventas. Recuerdo que sin la autorización del dueño de la concesión, le había pintado al carrito en uno de sus laterales de chapa “Mister Oliver”. Al final de la temporada debería repintarlo entero antes de devolverlo, no fuera a enojar al capo mafia (sindicalista y concejal) que controlaba el negocio de los vendedores ambulantes de playa en todo el municipio.
Pero las ventas no despegaban, promediaba enero y todos los vendedores cantaban el mismo tango: la temporada era insalvable. Recuerdo que empezaba a cansarme, y no me quedaba más remedio que estirar la decepción hasta después de Semana santa, faltaban como dos meses... Ahora avanzaba más lento por la parte húmeda de la arena, la más asentada y menos molesta, y ya ni me molestaba por pregonar mis golosinas oblongas que también compraba a una cueva de por allí (jamás probé lo que vendía, ni aunque me muriera de hambre: vaya uno a saber con qué aceite hervirían esos churros, qué calidad de harina usarían). La cosa era que, con la motivación del arranque, me había hecho de tres clientes que me compraban religiosamente a la misma hora, en ese esfuerzo inconsciente que muchos tenemos de mantener cierta rutina hasta en los días de vacaciones. Uno era un padre de familia gordo y bonachón, que se venía desde una de las carpas de alquiler. El otro era un viejito pitucón, muy bien conservado y elegante hasta para andar en shorts y ojotas, y cuya presencia no se merecía esa playa berreta. Como me llamaba desde la distancia, obligándome a retrepar con el carro la ondulación de la playa, el jovato ¡me dejaba propina!, además de comprarme una docena y media para todo el grupo familiar. Y también estaban las cuatro cuarentonas, amigas al parecer, a las que yo siempre encontraba a eso de las cinco culo para arriba tomando sol. Del cuarteto, quien se molestaba en levantarse para llamarme, encargarme una sempiterna media docena de los rellenos con dulce de leche y pagarme, era una morocha que parecía ser la menos baqueteada por el paso del tiempo o de los hijos. A propósito, nunca les vi chicos ni maridos a su alrededor, y además acostumbraban a instalarse en el final del balneario, cerca de los tamariscos, donde la población playera mermaba, tal vez buscando esa privacidad que daba cierta separación saludable entre los turistas.
Bueno, aquí me detendré porque se viene lo mejor de la anécdota. Resulta que la morocha, todos los días, un instante antes de alcanzarme el billete de la venta, éste se le caía de las manos, y ella debía agacharse para recogerlo de la arena. En la inclinación del cuerpo, ¡plop!, dos tetas (más pezón que otra cosa) se le escapaban por encima de una remerita “musculosa” que se ponía justamente para atenderme (yo podía verla a la distancia, arrodillada entre las amigas, mientras escalaba la playa arrastrando el carrito), en un gesto de pudor cívico. Pero al parecer, y paradójicamente, ella se quitaba el corpiño de la bikini. Extraño, ¿verdad? Era un pudor con conatos exhibicionistas. Los primeros tres días pensé en un simple descuido de la mujer; el cuarto, y alertado por el cuchicheo y las risitas ahogadas de las otras tres cuarentonas, que seguían en decúbito dorsal nuestra transacción, supe que se divertían a mi costa.
Esa noche, recuerdo que se dio una coincidencia inesperada: mi único pantalón de trabajo se había descosido en la entrepierna, allí donde los muslos se rozan al caminar. Comprobé, en el bañito compartido de la pensión donde paraba, que si me mantenía de pie la rotura no se notaba, pero si de repente me acuclillaba, ¡plop!, el trío freudiano hacía su aparición imprevista. Al día siguiente descarté el calzoncillo y fui a trabajar más liviano, y también con una ansiedad y alegría como la de la primera semana, cuando me alentaba a semejante suplicio la ilusión de hacer un buen dinero pensando en el resto del año. Pero aquel día, sábado si mal no recuerdo (aunque al turista lo mismo le da), fui ilusionado por ser quien soy: Oliver Tino. ¡Oh libertino, te llaman a tu juego!, recuerdo que me dije cuando la cuarentona, a la distancia, reclamaba mi presencia. Y allí fui, allí escuché su mismo pedido de siempre, allí el billete azul doblado en cuatro se le escapó de las manos por efecto del viento, tal vez, que nunca amaina en la costa... pero allí intervine yo, solícito. Rápidamente, le gané de mano y me acuclillé, con las piernas bien abiertas, para levantar el papel pintado con el número 50, medio enterrado en la arena. Fue un segundo, frente a sus ojos: ¡plop! Afuera y a guardarse otra vez, el trío freudiano le dijo “hola”, colgó un instante envuelto por la brisa costera, y desapareció rápidamente detrás de la tela de lona de mi pantalón. Hubo contacto, porque su mirada se desvió enseguida, abochornada supuse (difícil destinguirle el rubor en su cara porque, como dije, era una morocha que encima se empecinaba por broncearse), mientras yo le agradecía su compra y empezaba a tirar del carrito mirándola fijo, ahora sin la más mínima señal exhibidora en mi cuerpo casi completamente cubierto de inocentes ropas blancas. En los siguientes días, estuve listo para ganarle de mano en el juego libertino que ella me había propuesto, si se daba la situación, pero oh sorpresa, el billete de los churros nunca más volvió a caérsele de la mano. Detrás de ella, claro, el cuchicheo jocoso de las tres parcas se había vuelto silencio expectante. Hasta que una tarde de lunes las cuatro amigas ya no volvieron a aparecer.

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