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Oliver y la naturaleza

Oliver TinoOliver Tino Pedro Abad s.XII
editado marzo 2016 en Taller de Prosa
Oliver y la naturaleza


Recuerdo que cuando fui a esa entrevista laboral noté algo extraño ni bien me bajé del colectivo suburbano y empecé acercarme al club de campo. Tenía unos muros altísimos, como los de esos countries que con los años y las sucesivas crisis económicas de repente quedaron rodeados por villas miseria. Hasta el portón enrejado de la entrada estaba cubierto por una lona negra que no dejaba ver ni el más mínimo resquicio hacia adentro. Toqué el timbre del portero eléctrico y cuando una voz dijo “¿sí?”, yo respondí “vengo por el aviso”. “Un momentito”, dijo la misma voz cascada, como de abuelito bueno. El predio estaba en una zona bastante aislada, casi que en el medio del campo, lo que aumentaba mi curiosidad de por qué tanta manía por la privacidad. En el aviso del periódico pedían un jardinero “con experiencia para club de campo”. Necesité subirme a un tren y dos colectivos para costearme hasta ese rincón de la pampa. Diez minutos después unos ojos se asomaron por la mirilla de la reja: “¿Sí?”. Otra vez debí explicar a qué venía. “Ya le abro”. Se corrió el portón y detrás apareció un viejo desnudo, salvo por sus alpargatas color beige, tal vez para hacer juego con el tostado completo de su piel. Me quedé helado. Clavado donde estaba. El empleado me vio la cara y me preguntó “¿qué, no sabía que este es un club nudista?”. No, le dije, en el aviso del diario no aclaraba esta “particularidad” (creo que esa palabra usé) del lugar. Como yo no me decidía a entrar, el viejo me dijo, conciliador, “bueno, ya que se vino hasta acá, aproveche la entrevista”. Y después, con tono más firmo, como cansándose de mi indecisión: “Pase hombre, que no lo vamos a morder”. Pensé que los empleados del lugar no tenían por qué imitar a los socios del club en sus hábitos. Al fin y al cabo, el nudismo no era una religión y yo no tenía por qué ponerme kipá para entrar en el templo. En fin, como el viejo se aburría de esperarme ahí de pie, me decidí y entré.
Seguí al portero por un senderito de lajas hasta un chalet con un cartel que rezaba “Club Gaia. administración”. En el trayecto de unos cien metros vi (porque no pude evitarlo) a varias familias burguesas haciendo vida al aire libre. De esa primera impresión, nada placentera por cierto, recuerdo a una gorda que jugaba al voley con un tipo: sus tetas descomunales saltaban y se bamboleaban cada vez que la mujer le pegaba a la pelota, al punto de abofetearle la cara a su portadora. Yo recordé ese chiste que una vez había escuchado: “¿Por qué los clubes nudistas no entregaban tickets a sus socios? Porque éstos no tenían bolsillo dónde guardarlo”. Y quedaba flotando la gracia de pensar que en la raja del culo bien podría retenerse un cartoncito con el número de socio. Entramos. El portero golpeó la puerta de una oficina y al asomarse un tipo con unos anteojitos apoyados sobre la punta de su nariz, el viejo le dijo “señor director, el joven viene por la entrevista”. El tipo me echó una mirada por sobre sus espejos y me dijo “entre”. Vestía elegantemente: camisa, pantalón de vestir, mocasines... Me pareció demasiado esmerado en su ropa para un sábado a la mañana en el medio del campo. Le alcancé una hoja con mi curriculum vitae. El director se retrepó un poco los anteojitos y leyó un buen rato. Allí figuraba mi experiencia como jardinero en varios countries (si la gente rica me había confiado sus propios jardines, era evidente que yo tenía capacidad para ocupar el puesto), así que el máximo responsable del club Gaia no necesitó preguntarme nada. Fue derecho al grano: “Usted ha visto ―y acá regresó la vista un momento al currículum para verificar mi nombre― señor Oliver, que éste es un club naturista, un campo nudista que le llamaban antes...”, y se me quedó mirando en silencio. Supuse que debía corroborar su aserto. “Así es, señor director, le he comprobado con mis propios ojos” le dije sin dejo de ironía. “Y usted se imaginará ―continuó el director― que acá los empleados se adaptan a la filosofía del club...”. Yo detestaba que usaran la palabra “filosofía” para cualquier taradez, pero solamente asentí con un “ajá...” y esperé. “En consecuencia ―concluyó mi examinador― la plantilla de trabajadores debe hacer sus tareas como vinieron al mundo, ya lo habrá verificado con don Sosa, el portero”. Hubo otro largo silencio. “¿Se animaría, Oliver? Usted es una persona altamente calificada para cuidar el parque y los jardines de nuestras dos hectáreas, pero acoplarse al modus vivendi de nuestros socios es condición sine qua non para que le demos el empleo”. Tanta fineza de latinismos me había mareado, al fin y al cabo allá afuera unos viejos decrépitos andaban paseando sus alicaídos órganos reproductores. Ahora sí, debía decidirme ya sin vueltas. En cambio argumenté “pero usted está vestido, y es el máximo responsable...”. Él: “Sí, en mi despacho, pero si salgo a dar una vuelta por el campo debo quitarme la ropa...”. Y como si esto hubiera activado algo en él, me dijo “venga que le muestro las instalaciones, así sabe con cuánto verde va a tener que lidiar”. Y acto seguido se paró de su silla con rueditas, se escondió detrás de un biombo y en segundos emergió en cueros, salvo por un par de zapatillas de lona. Era un tipo extremadamente velludo, un mono con anteojos, y me acaloré de sólo mirarle el pecho.
Salimos al parque. El director me llevó de paseo por los cuatro rincones del predio, mientras saludaba a los grupos familiares de socios con despreocupación y me numeraba mis hipotéticas obligaciones, si era que yo aceptaba: poda, abonado, plantación, regado... Me era incómodo seguirle la conversación, cada tanto nos acercábamos a alguna mesa de cemento, con su correspondiente parrilla, y alguna mujer joven me distraía con sus atributos. Yo no quería ver, pero tampoco podía evitar que los ojos se me fueran detrás de algún culo firme y bien trabajado... El director ni cuenta se daba, y yo no entendía cómo podía evitar una erección. Mientras me hablaba, pensé que el nudismo era, paradójicamente, antinatural: el hábito llegaba a apagar el deseo de tal manera que volvía a las personas asexuadas. En una oportunidad mi guía se acercó a charlar con un tipo que en soledad asaba unas tiras de asado en una parrilla. “¿Y la familia?”, le preguntó dándole la mano. “En la piscina”, dijo el socio, “yo soy el gil que se quema los gobelinos frente al fuego”. Se rieron. Al verme ahí de pie, en silencio, el socio inquirió con la mirada al director. Éste me hizo un gesto para que me acercara mientras le decía al otro “le presento a Oliver, vino a ofrecerse como jardinero, pero se llevó una sorpresita y todavía no se ha decidido. Ya estoy por convencerlo”. Le di la mano al tipo, que le dijo al director mirándome: “Ya entiendo”. Los tres sonreímos. Luego nos despedimos y seguimos recorriendo el campo. Dimos la vuelta entera al muro perimetral, inexpugnable por donde se lo mirase, y volvimos a la puerta de la administración. “¿Y Oliver, acepta o no?”, me apuró el director refugiándose del sol del mediodía bajo el alero de la edificación. Dije que sí, que bueno, porque en verdad necesitaba el empleo. Me dio la mano otra vez como señal de bienvenida y se presentó: “Horacio Smith”. Después hablamos de remuneraciones, o más bien él ofreció un sueldo y yo lo acepté. Antes de despedirse me dijo “vaya con Sosa así le toma los datos. Necesitamos cortar el pasto urgente, así que arranca mañana, si le parece bien”. Y claro, a mí me parecía bien, como a cualquier asalariado urgido por trabajar.
Cuando llegué a mi casa, ya eran cerca de las siete de la tarde. Fui derecho a buscar una zunga de color beige que a veces usaba para tomar sol en el jardincito del fondo. Lo había pensado a la vuelta durante el interminable viaje en tren. Con la zunga en una mano, fui hasta el galpón del fondo en busca de alambre. Corté con el alicate pedazos de no más de tres centímetros y fui adhiriéndoselos a la prenda con la mayor prolijidad posible, manteniendo una simetría en la distancia, pues ése sería mi único e inefable “uniforme de trabajo”. Cinco ganchos circundaban el hemisferio de tela de la zunga. Terminada la transformación, volví a mi dormitorio, me la puse y me miré en el espejo: me reí pensando que si me colocaba un casco de operario tranquilamente podría pasar por un streeper en un disfraz de rol. Pero esa noche me costó conciliar el sueño. Aunque parezca broma, se me venía a la mente la imagen de don Sosa, con su escroto alicaído entre los pelos canosos del pubis, y me revolvía en la cama pensando que así podría terminar yo...

Comentarios

  • Oliver TinoOliver Tino Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2016
    Oliver y la naturaleza (final)

    Al día siguiente llegué al club media hora antes del horario pactado, siete y media. El campus abría para los socios a las nueve, así que el portero se vino hasta el portón con su indumentaria de trabajo, una pantalón de dril celeste y una camisa leñadora. Esta vez el viejo me llevó hasta un galpón que estaba junto al vestuario de los naturistas. Allí me mostró una ficha de cartulina que llevaba mi nombre y me explicó cómo marcarla con el reloj fichador para señalar mi horario de entrada y salida. Después me entregó la llave de un casillero de metal que sería el mío. Tenía el número 16, y yo recordé que, según la simbología de la quiniela, ese guarismo era “el anillo” (¿el de don Sosa sería el doble cero?), pero no dije nada para no producir malas interpretaciones, al fin y al cabo era mi primer día de trabajo... Después me señaló un vestuario muy rústico, con bancos de madera y clavos en la pared, para que me pusiera la ropa de trabajo (o sea, el uniforme de Adán). El portero me dejó solo (como si allá afuera hubiera privacidad) y yo me desnudé casi todo, porque bajo el jean traía la zunga adaptada. Guardé mi ropa en el casillero y me prendí la llave de uno de los ganchos de mi única prenda (sin contar el calzado, que todos usaban olvidándose de la “libertad” que los pies también tenían derecho a reclamar).
    Cuando salí afuera noté que no había nadie. ¿Y el galpón con las herramientas, dónde estaba? Caminé hasta otra construcción, una casilla con techo de chapas. La puerta no tenía candado. Adentro encontré herramientas, una carretilla y varias alegrías del hogar en sus macetitas de plástico, esperando a ser plantadas. Me enganché de la zunga una palita, una pico de loro y un hacha de mano, y salí arrastrando la carretilla. Como una hora después estaba agachado, preparando el cantero a la vera de una de las calles internas, cuando sentí que alguien me tocaba el hombro. Tan concentrado estaría en mi juego que ni noté que el director del club (vestía un jogging y una remera) estaba a mi lado. Me paré y lo saludé. Smith me preguntó cómo había llegado. “Para el orto”, le respondí. El directivo se quedó helado con mi aparente vulgaridad, por eso le tuve que aclarar que había llegado para la salida del sol, o sea: sin problemas, pero muy temprano. Me largué a justificar mi trabajo, alegando que nadie me había dejado instrucciones sobre por dónde comenzar mi labor. El director me dijo que estaba bien, que ése no era el problema. Señaló mi zunga con un índice: el problema estaba en que yo no estaba convenientemente desnudo y en minutos empezarían a llegar los socios. Tuve la intención de aclararle que, en rigor, sólo los que se metían en la piscina estaban desnudos, pues todos los demás usaban calzados, cuando no anteojos para el sol... Pero en su lugar le hice ver que ésa no era una zunga común y corriente, sino un adminículo necesario para hacer bien mi trabajo: “Señor director, de algún lugar me tengo que enganchar las herramientas”, le dije, y me lo quedé mirando a ver si mi justificación merecía algún chiste sexual al respecto. Mi jefe pareció comprender, mientras se fijaba en los ganchos que yo le había adaptado. Al fin me dijo que el reglamento del club era bien claro: todos debíamos seguir la filosofía (¡otra vez con esa palabra!) naturista del lugar, pero que de todos modos iba a “llevar la petición” a la reunión de socios del club, y que por lo pronto siguiera trabajando así.
    Y así lo hice. Ese domingo anduve de acá para allá por el predio, podando, plantando, desmalezando (había sectores muy abandonados) sin prestarle atención al entorno. Algunos de los habitués me miraban extrañados, pero no podrían argüir que mi prenda, en su estrechez provocadora, me marcaba demasiado los genitales... Y la verdad es que, más allá de la excusa para no desnudarme, era muy práctico poder acarrear conmigo esas herramientas tan indispensables para el jardinero.
    Las semanas siguientes tampoco nadie me dijo nada sobre mi zunga beige (lo más parecido a “estar” en cueros), pero yo, para no abandonar mis hábitos (al fin y al cabo me llamo O-liverTino) imaginé qué reacción tendrían las mujeres (ciertas mujeres que yo premiaría con mi repentino streap tease) si en medio del trabajo decidía desnudarme de golpe por motu proprio. Era cuestión de probarlo. Una tarde deambulaba por el parque arrastrando la carretilla, cuando vi a una mujer joven que estaba sola poniendo la mesa para el almuerzo campestre. Era muy atractiva y (por suerte para mí, porque significaba que no me había camuflado con el entorno) me excitó en el acto. Desvié mi camino y me acerqué hasta el árbol más cercano a ella. Esperé a que notara mi presencia, y cuando se me quedó mirando me saqué la zunga de un tirón y simulé revisarle la resistencia de los ganchos, mientras que de reojo pispeaba la reacción de la naturista. ¡Podrán creer que se turbó, ella que estaba en cueros frente a cualquier extraño! ¡Se puso colorada y desvió la mirada, como buscando a su marido! ¿Y de qué podrían acusarme, de cumplir con la “filosofía” del naturismo que por entonces me daba empleo? Mi acting terminó unos segundos después, cuando volví a calzarme mi uniforme de jardinero. La mujer se había sentado en el banco, dándome la espalda. Y hasta que no me fui de la zona no reanudó sus quehaceres domésticos. Fue mi diversión del verano. Repetí la performance varias veces más, con el mismo resultado: las nudistas se ruborizaban de verme “de repente” en traje de Adán. Pensé que tal vez mi gesto avieso les desvolvía a esas damas un poco del erotismo que su hábito de muros para adentro les había esquilmado.
  • YitzjakYitzjak Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2016
    Jajajajaja. Igual que la vez anterior, aún me falta leer la parte final. Creo que está bien, pero confieso que me ha gustado más, hasta ahora, el texto anterior (Oliver y la diplomacia). Podría encontrar un hilo conector entre este Oliver (el personaje) y el Oliver de aquél texto, algo así como Sherlock Holmes, en el sentido de que se trata de un sujeto que hace o al que le ocurren varias cosas entretenidas e interesantes y cada una de esas situaciones es una historia.


    Confieso, además, que el humor no me interesa demasiado como lector, pero creo, también, que alguien que aspira a ser un buen escritor debe tener la capacidad de leer cualquier tipo de texto y hacerlo valer, más allá de sus gustos personales.


    Nos seguimos leyendo, pues. Saludos.
  • Oliver TinoOliver Tino Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2016
    Creo, Issac, que lo más rescatable de estos ejercicios (porque no pasan de eso) es la pretensión de mantener en todos los cuentos el mismo tono argumental y escriturario. Esto me lo propongo con la idea de darle una organicidad a los textos que pueda emparentarlos. Con lograr mantener ese ambiente y esa impronta ya me doy por satisfecho.

    Saludos
  • YitzjakYitzjak Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2016
    Jajajajaja. De acuerdo. Me parece un relato divertido, pero me quedo con Oliver y la diplomacia.


    Tras leer esto, vuelvo a preguntarme si escribir en un lenguaje claro y sencillo será, verdaderamente, más difícil que escribir de otra forma. A veces pienso que sí, porque está el riesgo de ser banal o empobrecer el lenguaje si se llega al extremo, pero si se maneja adecuadamente, se obtienen resultados muy bellos y, creo, superiores a los de otro tipos de textos... Superiores en la economía del lenguaje, en la honestidad como escritor y, quizá, hasta en la posibilidad de llegar a mayor número de gente (creo que de aquí viene la recomendación del maestro Borges que usted señaló en otra parte), aunque no hablamos de literatura meramente comercial o de consumo y, por último, me parece que hay una mayor posibilidad de permanecer en el tiempo. Así que le felicito por su trabajo y le animo a continuar.


    Espero nos sigamos leyendo. Un saludo.
  • Oliver TinoOliver Tino Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2016
    Sabias palabras Issac. Yo creo que así es, y por eso más arriba digo que la sencillez en la escritura es un punto de llegada y no de partida. Creo que fue Pérez Reverte el que dijo que se empieza a escribir en serio cuando uno se olvida de que está "haciendo literatura": recién entonces uno se despoja de los prejuicios y empieza a preocuparse en serio por el texto. Y sí, también concuerdo con vos en que ese despojamiento es a la vez un gesto de sinceridad con el lector, porque allí el autor se saca el "traje" de literato y le cuenta al otro desde el llano, y no subido al pedestal del "artista". Como diría un compañero de taller: "las flores, a los chanchos. Para decoraciones ya están las tortas".

    Te agradezco a vos y a Martín todos estos intercambios que hemos hecho, porque hasta no hace mucho creía que este foro no tenía sentido, sencillamente porque nadie comentaba nada. Por suerte me quedé un tiempo más y fijate cuánto había para decir y escuchar.

    Saludos y hasta cualquier momento.
  • YitzjakYitzjak Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2016
    Tranquilo, como dice la Biblia judeocristiana: "Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora" (Eclesiastés 3:1). Yo entré estos días para compartir mi texto y leer a otros, pero si pasaba una semana o 15 días y no veía participación, me iría a otra parte. Afortunadamente, estás tú y Martin, así que creo que el asunto es recíproco, jeje. Ahora te invito a participar en el nuevo Juego de Rol que se está discutiendo. Ya hay 3 participantes y falta uno solo para empezar. Ese podrías ser tú. Pienso que es una interesante oportunidad para practicar la escritura a la vez que se disfruta mucho y se comparte con otras personas. Este es el enlace: http://www.forodeliteratura.com/showthread.php/33830-Nuevo-rol%21


    Un saludo.
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