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Sobre la invención de Morel

MehsenMehsen Pedro Abad s.XII
Tomé asiento junto a un ventanal que daba a la calle. Esta ubicación me proporcionaba una vista amplia de todo el movimiento de la gran avenida. Sin embargo, lo que llamó mi atención no fue el ajetreo de los transeúntes, sino una pareja que dialogaba a mi lado de forma sumamente entretenida. No había escuchado el comienzo de la conversación, pero lo que oí fue suficiente para que comprendiera cuál era el tema que los motivaba.
—La novela me agradó —decía la mujer—. La isla es una buena elección: las mareas alimentan al dispositivo, luego el hombre se enamora de la mujer, toda la construcción está muy bien lograda, de forma magistral. No obstante, el mensaje me pareció deprimente. La posibilidad de que todo sea una burda repetición desmoraliza al más optimista de los hombres.
De inmediato conjeturé que se referían al libro de Adolfo Bioy Casares, La invención de Morel. En la novela, un aparato denominado eternorretornógráfo proyecta una trama cíclica en una isla, a la cual arriba un fugitivo. El protagonista es capaz de observar los acontecimientos emitidos por la máquina, e incluso se enamora de una de las mujeres que, lamentablemente, no es más que una imagen.
—Tranquila —dijo el hombre—. Es evidente que el libro sugiere que nuestra propia realidad podría ser una especie de proyección de un dispositivo similar al de la novela. En ese caso estaríamos inmersos en una existencia que se repite cíclicamente hasta el hartazgo, de forma predeterminada. Sin dudas, esta posibilidad estimula a echarse al abandono, porque todo estaría escrito de antemano. Sin embargo, basta con aplicar la solución que ofrece Ernesto Sábato en Uno y el universo:es suficiente con rechazar esa hipótesis.
La mujer lo estudió de arriba abajo, sin mostrarse demasiado convencida. Luego replicó:
—Sin embargo, tal vez tengamos indicios para sustentar la posibilidad del eterno retorno. Sin ir más lejos, cada minuto de nuestra existencia es mantenido por los ciclos cardíacos del corazón, aproximadamente, 72 por minuto, 4320 repeticiones por hora, 103,660 por día. A su vez, nuestros cuerpos han sido formados y se mantienen por la repetición constante del ciclo celular, la energía la obtenemos en nuestras células, en presencia de oxígeno, por medio del ciclo de Krebs, etc etc, ect, somos una biblioteca andante de ciclos moleculares. Y ahí afuera, en el terreno inorgánico, las cosas no parecen muy diferentes. La tierra gira alrededor del sol cada 365 días y sobre sí misma cada 24 horas; el agua se evapora, se condensa y precipita, una y otra vez. Todo es compatible con una trama general de tipo cíclica, porque el único modo de mantener algo a lo largo del tiempo es que el final de un proceso se transforme en el comienzo, y que todo vuelva a empezar.
El hombre, buscando respuestas, desvió la vista hacia mi posición. Su mirada me atravesó, pero sin verme realmente. Esto no me preocupó. Lo que me alarmaba, en todo caso, era que tal vez estuvieran dejando de lado una disyuntiva importante que surge de la novela.
Por fin, el hombre repuso:
—Es verdad que el universo podría mantenerse en base a ciclos, pero también hay algo incorrecto en tu argumentación: no hay ciclo que sea eterno. El corazón late cíclicamente, te lo concedo, el ciclo de Krebs ocurre millones de veces, la tierra gira, los linfocitos T dan la vuelta al cuerpo miles de veces buscando a la molécula específica que reconocen. Pero llegado un punto, lamento informarte, cualquier ciclo finaliza. El corazón se detiene, el sol terminará por enfriarse, las estrellas van a morir, aunque les demande millones de años; da igual, todo ciclo puntual también concluye, y esto, entonces, de algún modo opera en contra de la existencia de ciclos infinitos.
Con desilusión contemplé como el hombre se relamía en un gesto victorioso, como si acabara de refutar lo irrefutable.
Su compañera respiró hondo. Se acomodó el pelo detrás de la oreja con gesto pensativo.
—Los ciclos terminan —reconoció al cabo de un rato— pero esto no invalida el trasfondo del asunto. El fin de un proceso de ese tipo se produce cuando sucede una transformación. En el instante en que un corazón se detiene, la energía del cuerpo inerte es absorbida por otros organismos que forman parte del entorno. Los ciclos son, ni más ni menos, que movimiento de energía, y la energía nunca se termina, sencillamente se transforma, de un ciclo en otro, pero de manera continua. En definitiva, no hay modo de refutar la hipótesis, si no, alguien ya lo hubiera hecho.
El hombre se llamó a silencio. Ahora, ambos se mostraban abatidos. Como si realmente fuera terrible que todo ciclara una y otra vez. Y, sin embargo, pese a que en la Invención de Morel había un detalle más, ninguno de los dos parecía contemplar ese aspecto de la trama que podía ser vital. El personaje, en un determinado momento, toma consciencia de que es ajeno a las proyecciones, trata entonces de insertarse en las mismas, porque se ha enamorado de algo de lo que no forma parte. Acaso este sea el punto que plantea una elección crucial: ¿qué es preferible, estar adentro de los ciclos y no saberlo, o estar afuera de las repeticiones, pero solo como observador? Entre esas alternativas, por supuesto, me quedaría con la primera. Formar parte es la prioridad absoluta, luego, que la condición se repita, al no ser demostrable, se vuelve irrelevante.
Al cabo de un rato, la pareja se había olvidado del asunto y conversaba sobre otro tema con igual animación. Los vi mirarse a los ojos con complicidad. Al marcharse se cruzaron con una pareja amiga. Escuché que se saludaban y reían. Bromearon sobre el tiempo que llevaban sin verse. En un gesto automático, yo controlé la hora en mi reloj. Llamé entonces al mozo para pagar el café, me había excedido en mi pequeño descanso en el trajín de la jornada. Debía darme prisa para terminar mi trabajo o no llegaría a tiempo para retirar a los chicos del colegio. Los pequeños refunfuñan cada vez que los buscaba con retraso, como si mis propios genes, luego de un ciclo más, hubieran perdido la tolerancia a la impuntualidad.

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