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"Nadie me mata"

Sem TobSem Tob Anónimo s.XI
editado febrero 2016 en Ensayo
Cuenta Homero que Ulises en su crucero de diez años y previo abandono de Penélope, su mujer, y de Telémaco, su hijo, vivió mil aventuras y supo superar con astucia mil peligros. Casi muere cuando fue hecho prisionero por el cíclope Polifemo, alto como cinco jugadores de la NBA. El gigantón de un solo ojo se comía, para picar algo, a los compañeros de aventuras del héroe griego. Un día le preguntó cuál era su nombre y Odiseus le respondió que se llamaba NADIE.

Cuando Odiseus-Ulises lo dejó ciego clavándole una estaca, enrojecida por el fuego, en su único ojo, el gigantón se quejaba y el eco multiplicaba sus lamentos por toda la isla. Acudieron los otros cíclopes y le preguntaron qué le ocurría y él -dolorido en ojo y alma- gritaba que NADIE lo mataba. Así que lo abandonaron, pues nadie lo mataba y nada le ocurría.

Hoy 28 de diciembre del año 2015, me he sentido cíclope enano, aplastado por una sociedad llena de vivos Ulises que me engañan con la falsa compañía de la luz, de internet, del teléfono, de la tele, del IVA, del IBI... Me engañan pero no sé quién es el responsable, se ha diluido la responsabilidad de tal manera que todos me matan, pero nadie me mata.

No hay personas con las que hablar, nos mandan a conversar con máquinas. Un extraño diálogo que va desde el que se mantiene con el ascensor o el más extenso con el cajero automático.

Te sitúas delante del mismo, una especie de cajón mandón, metálico, luminoso, con una boca de labios pequeños por las que a veces sale el dinero. Para llegar a este punto, la conversación llena de silencios y de ruidos, viene a ser esta:

Introduzca su tarjeta, te ordena el cajón. Y tú lo haces… silencio.
Seleccione idioma. Y vas y lees: inglés, alemán, ruso, japonés, portugués, francés, árabe, español. Y tú: mejor me quedo con este que medio entiendo. Y pulsas, de nuevo silencio.

El cajón-mandón sigue dándote órdenes:
Marque su número secreto y dele a aceptar. Y tú vas y lo haces, y tu número ya deja de ser secreto, por lo menos para el cajón.

Indique la cantidad que desea, 20, 50, 70, 110, 140, otras cantidades. Y tú sigues la amena conversación y le das, sumiso, a otras cantidades y marcas 600. Quedas parado en silencio, en medio de la calle, ante la indiferencia de la gente que pasa y la caja de labios finos te indica que debes darle a aceptar, y lo haces. Y parece que se alegra y carraspea un particular soniquete.

No para, sigue mandándote. ¿Desea comprobante de su operación? Y tú: bueno, y le das. Y ella de nuevo ronronea, como un extraño gato deformado, y te vuelve a preguntar si necesitas algo más y tú le dices que no, marcas el no. Entonces te dice que retires la tarjeta (siempre tenemos miedo de que se la quede) y luego deja entre los labios finos, metálicos, el dinero rogado, que es tuyo claro, si no, no hay conversación posible. Se despide frío. Ni “que la fuerza te acompañe”, ni el andaluz “vaya usted con Dios”, ni nada…

Después de esta agradable conversación, recoges tarjeta y dinero y te vas con el triple cuidado de no perderlos, de no ser atropellado por las bicicletas que recorren a toda mecha el carril-bici (¡menudo invento!) y de no ser atacado por los drones que te vigilan desde el cielo bajo y frío de invierno, gaseado por los coches, sin pájaros.

Y agradeces que todavía respiras y que estás en Granada y que puedes andar sin mascarilla, que no estás en Beijing, antes Pekín.

No has hablado con nadie, sabes que los empleados del banco están dentro, pero no los ves, los intuyes. Están en la caverna de Platón. Tú sólo adivinas las sombras desde la calle mientras hablas con el cajero chato.

Vuelves a tu casa, ileso y feliz por la aventura y por la extraña conversación mantenida. Abres el buzón y ves que sólo te escriben los hurtadores legalizados: bancos, compañías y un largo etcétera de timadores. Entras en el ascensor y desde la frialdad mantienes una conversación numérica. Estás en el cero y –ahora eres tú quien manda- le pides que te lleve al tercero. Y llegas y abre tu mujer y tú le pides que te hable algo, lo que sea: pan, amor, hijos… Y le dices que un hijo es un permanente pellizco en la conciencia. Y luego comes algo y te siguen manejando desde la tele, que te hiere desde lejos, como Telémaco, el hijo de Ulises. Y no puedes hacer responsable a nadie del nuevo mundo creado, que ya no es para viejos, ni para jóvenes, ni para niños inocentes que todo lo creen. Piensas que nos está haciendo falta un “personal talker”, una rentable profesión para un futuro cercano, alguien que impida que se pierda la voz, un conversador amable alquilado por horas. Y recuerdas como aterrado cíclope enano que NADIE te mata, es decir, te están matando todos.


Jacinto S. Martín
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