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Cosmicam Inferno

CabalTCCabalTC Anónimo s.XI
editado diciembre 2015 en Terror
La noche estaba tranquila. No se oía nada salvo la respiración de Adán y de Eva, tumbados tranquilamente sobre la hierba de aquel claro, ambos observando las estrellas en armonía con sus propios pensamientos. Habían hecho el amor apasionadamente durante las dos horas anteriores y los dos estaban desnudos y exhaustos, concentrados en la respiración del otro y con una sonrisa en los labios.
Hasta que algo perturbó su ensimismamiento. Una vibración imperceptible que alteró sus mentes y les puso alerta y en guardia. Ambos se incorporaron y se miraron, con una pregunta implícita que ninguno de los dos supo contestar: «¿que diablos pasa?».

Él puso la mano sobre el suelo, con la esperanza de detectar el posible terremoto que les había alterado, pero nada parecía vibrar ahí dentro. Para poder comparar, y aprovechando el desnudo y torneado muslo de Eva, colocó su otra mano encima, y pudo comprobar que, entre ambas manos, tan sólo notaba el rápido latido de las arterias de Eva. Nada más.

El cielo se oscureció y empezaron a oír un murmullo procedente de algún lugar muy arriba, por encima de los árboles. Por sus espaldas les recorrió un escalofrío del terror más primordial que ninguno había experimentado nunca. Aquella oscuridad empezó girar sobre sus cabezas, tragándose la luz de las estrellas, la luna y la de sus esperanzas. El vórtice se fue ensanchando poco a poco, como si tuviera conciencia propia y estuviera probando sus límites en aquella realidad.

Se miraron desconcertados, justo antes de que el primigenio ser les golpease la mente una y otra vez. Sintieron como si una pesada maza de oxidado hierro se estrellase contra sus pensamientos y, con la precisión de un bisturí, extrajera todos y cada uno de sus sentimientos más profundos. Paralizados por el miedo, sintiendo cómo aquella oscuridad penetraba en lo más recóndito de sus mentes, sus ojos se encontraron y vieron cómo iba desapareciendo todo rastro de humanidad del otro. Poco a poco sus pensamientos se fueron volviendo más y más primarios al verse privados de aquello que los convertía en personas.

Ella dejó de ser Eva. «Eva» no tenía sentido, ya no era un ser humano. Sólo quedaba una cosa dentro de aquel cuerpo. Un deseo, un poderoso y único impulso visceral: la lujuria.

Empezó a sentirse cada vez más y más excitada, obscenamente cachonda sin motivo aparente. Sus manos empezaron recorrer su propio cuerpo, notando cómo sus pezones se volvían cada vez más duros y su entrepierna se lubricaba y vibraba de maneras que nunca antes había sentido. Comenzó a jadear mientras con una mano iniciaba un apresurado y ansioso movimiento entre sus muslos, perdiéndose en unas sensaciones que parecían no tener fin.

Al mismo tiempo, Adán terminó de perder todo contacto con la realidad. Únicamente podía sentir la vibración de la arteria femoral en el muslo de ella. Embelesado, dejó que la vibración le sumiera en un poderoso hechizo. Necesitaba poseer aquel torrente de vida que pasaba por debajo de sus dedos. Poco a poco fue consciente de que podía ver y escuchar el latido del corazón de la chica. Y no sólo el suyo, sino también el de cientos de pequeños animales llenos de vida que les rodeaban a ambos. Su mente, que antes parecía inmersa en un turbio cenagal, se aclaró por completo. Una rictus de desprecio llenó sus labios. Sus ojos se tornaron negros y sintió un único y poderoso impulso: desgarrar, destrozar, matar. Él era la cruel y feroz violencia encarnada.

Mientras Eva gemía y gritaba, hundiéndose cada vez más en un mundo lleno de sensuales matices y lujuriosas sensaciones, Adán le clavó su garra en el muslo, destrozando carne y músculo. Dedicó unos segundos a sentir cómo los fluidos corporales de ella cubrían sus dedos. El dulce olor de la oscura sangre arterial, diluida por el fruto de su lujuria, llenaron su nuevo e hiperdesarrollado sentido del olfato, justo antes de lanzar sus mandíbulas y desgarrar lo que quedaba de la maltrecha pierna de la que antes había sido su novia.

Para cuando terminó de despedazar el cuerpo de su amada ya no quedaba rastro de humanidad en su aspecto. Ya no era una persona, un ser humano, era una máquina de matar perfectamente diseñada y moldeada. Con una mirada llena de una inteligencia oscura e insondable. Se incorporó y elevó la mirada al cielo, a aquel agujero de oscuridad que parecía latir al ritmo de su propio corazón. Y entonces lo supo. Él era el elegido, él llevaría el infierno a la tierra y destruiría todo a su paso. La oscuridad quería alimentarse de otro mundo, y él era el adalid de esa oscuridad, así que haría lo que tenía que hacer.

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