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Peregrinaje de un Rey (1)

Alejandra Correas VázquezAlejandra Correas Vázquez Gonzalo de Berceo s.XIII
editado noviembre 2015 en Histórica
PEREGRINAJE DE UN REY
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Por Alejandra Correas Vázquez

SU ALTEZA
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Es la mañana., don José Antonio Deiqui comienza su largo peregrinaje a pie, seguido por un séquito, que lo llevará desde Córdoba del Tucumán hasta el Alto Perú... Caminando para ello desde la vera del Río Suquía, hasta la Real Audiencia de Charcas, casi un medio continente sudamericano… a pie

Su frente altiva y principesca. Su erudición. Su elegancia. Su refinamiento y su orgullo, causan temor y cautela entre sus súbditos. Son los últimos tiempos de vida y esplendor del Imperio Español de Ultramar en Sudamérica.

Don José Antonio ha sido traicionado por descontentos de su propio pueblo, su pueblo Diaguita, su “Comunidad Malfin”.

La acusación contra el príncipe Deiqui parte del hecho de aplicar las Leyes Diaguitas antiguas, severas y milenarias, a su Comunidad Malfin. Leyes ajustadas al código ancestral diaguita, respetado en los tiempos reinantes de la Casa de Austria (correspondiente al período Jesuítico). Lo cual desnuda una debilidad interna en la nueva dirigencia española borbónica, que amenaza al inmenso legado imperial de Don Carlos V.

Los diaguitas de Córdoba son aquellos mismos Malfines a quienes los misioneros Jesuitas supieran traer dos siglos atrás, para entregarles el dominio y la distribución de las aguas en esta ciudad . Sus regadíos. Sus canales. Sus quintas ubicadas en la zona fértil conocida como “Pueblo de la Toma de la Acequia”, con documentación válida que habría de respetarse más allá del Virreinato.

Los bienes diaguitas en Córdoba abarcan la inmensa extensión que va desde barrio Alto Alberdi (centro cordobés) hasta el Chateau Carreras en la periferia, todo incluido.

El conjunto fue siempre desde el siglo XVII de los Malfin y sus descendientes, hasta la división del Mayorazgo Deiqui en 1881, con mensura y división entre descendientes de Malfines. Por decisión de su último príncipe, el inmenso predio pertenecía a toda la Comunidad Malfin y no solamente a la familia dinástica Deiqui.

Pero José Antonio Deiqui está solo en aquella mañana de 1795, ya no tiene apoyo.

Es él quizás, lo único que resta de toda aquella gran empresa Jesuítica que convirtiera a la ciudad universitaria de Córdoba, en una sociedad erudita. Y a su provincia en un emporio progresista e industrial, agropecuario y vitivinícolo. Se trajeron las vides, los trapiches, las cepas, el ganado, los olivos, el cereal, los profesores, los libros, los tinteros, la imprenta, los archivos, los violines.

Finalmente se trajeron también a los indios civilizados. Ellos, precisamente: Los Malfin.

Y Don José Antonio Deiqui es su príncipe, su “Curaca”. Su monarca perteneciente a la dinastía Deiqui reconocida en Córdoba como tal por dos siglos. La Real Audiencia de Charcas en el Alto Perú dará su veredicto y fijará finalmente la realidad de estas razones. Convalidará la autenticidad legítima de su Curaquía.

LOS MALFIN
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Es el honor de un Rey. Pues él es un monarca autóctono sudamericano perteneciente a una Casa Dinástica inextinguible (la Deiqui) junto a su pueblo “Diaguita “ soberano, a quienes los hombres de Loyola salvaron de su exterminio… Trayéndolos prisioneros (encadenados, enjaulados) a punta de lanza y con grilletes, desde los valles catamarqueños en 1670.

Aquello sucedió luego de un cruento levantamiento indígena en Catamarca, sofocado a pólvora y penurias, rescatándolos así de su extinción.

Estos prisioneros tan concienzudamente elegidos vinieron a salvar a Córdoba de la indolencia Comechingona (los indios nativos originarios), que demostraron desde el comienzo un primitivismo cultural imposible de superar, y al que la ciudad de Córdoba no hallaba remedio. Por contraste los Malfines en cambio, poseían una cultura propia bien desarrollada y eran ávidos de progreso.

Los Malfin de 1670 son una tribu entera. Compuesta de ancianos y mujeres. Hombres y niños. Príncipes y súbditos. Sacerdotes y civiles. Completa. Deportados en masa.

Civilizados. Refinados. Culturales. Industriales. Alfareros. Textiles. Albañiles. Artesanos. Hortelanos. Comerciantes. Sastres. Artistas. Músicos. Con una fuerte tradición cultural y rígidas leyes sociales. Una nación Diaguita procedente de los valles catamarqueños “importada” a la fuerza, a punta de espada y con cadenas.

¡Llegan…aterrados...espantados...asombrados, encadenados.... y esperando la muerte!


No saben que Córdoba del Tucumán —la perla austral del Virreinato del Perú— les dará bienes especiales, posibilidades de progreso y de injerto en la ciudadanía cordobesa. Y a sus nobles, a la dinastía Deiqui ... honores de Reyes.

Aún no saben al llegar encadenados y humillados, que un devenir muy promisorio les aguarda. Que Córdoba del Tucumán va a reconocerles su estirpe, que sabrá valorar su identidad propia de nación cultural. Y que esa misma casa nobiliaria que en aquel momento se resiste y grita ante su deportación (cuando es violentamente arrancada de sus lares) irá algún día dos siglos después, a defender sus derechos dentro de esta ciudad de Córdoba a la cual ama —a la que considera prácticamente como suya— y a la que no está dispuesta a desalojar, ni a dejar en manos usurpadoras.

¡Caminando para ello hasta la Real Audiencia de Charcas en el Alto Perú ! ...Y hacia allí va a pie su Alteza, Don José Antonio Deiqui.

Fueron los súbditos diaguitas con sus príncipes Deiqui la quinta columna de la Córdoba jesuítica dentro de su “Universitas Cordubensis Tucumanae”.

Los malfines hicieron realidad en estas distantes tierras sudamericanas, que Córdoba fuera un centro universitario en el más lejano descampado posible. Lejos de toda otra metrópolis : lejos de Charcas, su tribunal, de Lima, su capital virreinal, de Santiago del Estero, su capital provincial. Separada siempre por una gran salina y alejada del mar, de los puertos del mundo. De fuentes de vida, de las fuentes originales de la cultura.

Córdoba del Tucumán era el conejito de Indias de la gran Universidad internacional Jesuítica, donde ésta “probaba” a sus catedráticos... Y la Comunidad Malfin, su tutora. Su aya. La que la cuidaba, tendía su cama, le daba de comer, levantaba sus muros, empedraba las calles, forjaba los faroles, modelaba y cochuraba las ollas y los platos, con su sabia cerámica diaguita, siempre tan mentada.

Y se recompensaba a sí misma con su autonomía y autoridad, como sociedad india civilizada, donde nadie le discutía nada ¡Mucho menos aquellos eruditos y místicos Jesuitas que vivían alejados del “mundanal ruido” junto a sus alumnos!

(SIGUE)
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