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Promenade (1)

Alejandra Correas VázquezAlejandra Correas Vázquez Gonzalo de Berceo s.XIII
editado noviembre 2015 en Histórica
PROMENADE
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por Alejandra Correas Vázquez
EGIPTO- DINASTÍA XVIII
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Un radiante mediodía la planicie de Gizhá contemplaba la presencia de un grupo de príncipes egipcios que venían de caza. El sol caía con sus lenguas de fuego, rebotando sobre la pulida superficie de las tres pirámides, y la arena semejante a un gran mar amarillo, centellaba ante el resplandor del astro rey. La placidez encantada sumía sus figuras extendiéndose por aquel escenario, donde el coro de voces juveniles cubrieron muy pronto la soledad de la atmósfera.

Ágiles como sus corceles, estos príncipes de Menfis (capital del norte) recorrían la dimensión arenosa del desierto con la alegría rebosante de su juventud. El bronce rojizo de sus cuerpos contrastaba con la coloración clara de sus vestiduras. El esplendor de la vida emanaba en cada uno de ellos, como canto a la naturaleza. El conjunto era vigoroso. Animados por la caricia luminosa del día expresaban con su plenitud el placer de la existencia. Los temperamentos particulares definían sus naturalezas íntimas.

Uno de ellos —el más joven del grupo— tenía caracteres de notable sensibilidad. Muy delgado, refinadamente esbelto, de elegancia delicada, mostrando una frente alta y abultada que expresaba con soltura su temperamento intelectual. En contraste, su rostro estaba enmarcado por unas orejas pequeñas y adornadas de argollas. Su cabellera morena era muy abundante y la vellosidad le cubría la nuca.

Su ternura se irradia hasta el presente por la sencillez idealista que exhibiría, más adelante, en su conducta como gobernante. En los sutiles rasgos de sus esculturas. Y en la “finura única de su momia”, según palabras de Arthur Weigall, que aún se advierte al contemplarla.
Con sus manos finas de huesos pronunciados, dirigía aquel día con esbeltez su brioso caballo. Su gesto aristocrático y altivo sujetaba el mentón sin perder la dulzura general. Nadie habría concebido al contemplarlo que aquel núbil príncipe, de delicadeza rayana en lo femenino, pudiese ser hijo del musculoso y cruel faraón Amenofis II (quien estremecía todos los extremos del imperio egipcio, con su sádica y arrogante personalidad).

Pero este príncipe Tuthmosis —de inclinación romántica y mística— no preocupaba en nada a su belicoso padre, dado que él no era el heredero oficial de la corona. Pues había otro sucesor ya elegido. Siendo el bello doncel sólo un príncipe secundario, y libre por tanto, de movilizarse en compañía de sus amigos. Sobre Tuthmosis en aquel momento, no recaía responsabilidad alguna.

Tuthmosis era fresco en delicadeza y elegancia como la melodía de esas liras orientales. Y aquel paseo de cacería debía tener para él un interés mayor, en la contemplación de la naturaleza o de los monumentos de Gizhá, que en la persecución de víctimas de caza. Todo su comportamiento posterior parecería demostrarlo.

El sol caía incandescente sobre sus cabezas y la arena, ardiente como una llamarada, impuso a los jóvenes un intervalo de descanso. Descendieron de sus carros de caza con fatiga y fueron en busca de la sombra, cuyo amparo ofrecían los monumentos.

Tuthmosis eligió reposar junto al Dios Esfinge, el dios solar, a quien la arena cubríale todo el cuerpo dejándole sobresalir únicamente la cabeza, lo que alcanzaba una altura de más de quince metros. Su cuerpo distendióse y la quietud llenó aún más de meditaciones, aquel silencio pétreo de Gizhá.

Mientras el país conmovíase en agitaciones sin cuenta, llevado de la mano por su fogoso faraón Amenofis II (hijo de Tuthmosis III el vencedor de Armagedón), su vástago menor contemplaba la imperturbabilidad del desierto a la sombra de aquellos silenciosos monumentos, que tenían ya por entonces, más de mil años de existencia. La serenidad del ambiente en aquella siesta sahariana, terminó por hacerlo caer en un profundo sueño. Sus facciones adquirieron entonces una mayor dulzura y su cuerpo distendido, bello y bronceado, cobró una elegancia especial así dormido a los pies del Esfinge de Gizhá.

De improviso, como un relámpago caído en aquel ardiente mediodía, o como un trueno que invadiera la monotonía del escenario interrumpiendo el descanso, una voz sonora y penetrante quebró la placidez de Tuthmosis :

(SIGUE)
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