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Miranda

SilenusSilenus Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado junio 2015 en Narrativa
Miranda

Se lo digo yo, que supe de esta historia. Algunos onomásticos pueden ser fatales: él, hasta esta madrugada, se había ganado la vida mirando. Había sido un sumiso perro guardián, celoso de los bienes ajenos. Lo que contaré él mismo lo narró en una hoja en blanco que arrancó del mismo libro de novedades que cada mañana, antes de abandonar su puesto, y cuando ya estaba por llegar el gerente a abrir, llenaba con letra clara y de imprenta mayúscula, tal las directivas que le habían dado. Él era sereno, pero no estaba sereno: no podía correr hasta su casa en medio de la madrugada para contarle a su mujer lo que había pasado. Estaba en medio de un turno. “Abandono de puesto de vigilancia es despido seguro, empleado Miranda, y no importa que su mujer vaya a parir o su casa se esté incendiando”.
Hace meses, desde la primera noche que me destinaron a este edificio de oficinas, que desde el primer piso y hacia el oeste, hacia los fondos de la manzana, observo el patio trasero de un caserón. Parque generoso, arbolado, como de los que ya no quedan por esta zona de la ciudad. Propietarios acomodados que aún se dan el lujo de derrochar metros cuadrados del centro con árboles, jardines y hasta una piscina iluminada desde adentro. Mi trabajo tiene mucho de paciencia, de aburrida espera. (¿Espera de qué, si es mejor que no pase nada?) El edificio tiene ventanales amplios. Supongo que los empleados tendrán mucho sol entre sus papeles y un parque como consuelo para sus miradas cuando busquen un escape al agobio del lunes.
Pero de noche, el empleado Miranda, personal de seguridad privada de la empresa Watchers, no dejaba de ver allá abajo las fiestitas que daban los dueños de casa. Y el diminutivo no era porque fueran para infantes ni porque fueran íntimas, sino porque eran sórdidas. Privadas y multitudinarias. Miranda, detrás de los vidrios polarizados, con el salón a oscuras, miraba. Y mirando a Miranda se le pasaban las horas laborales. De jueves a domingo, desde las doce y hasta que llegara el gerente. Eran jóvenes. Mucho hippie anacrónico, calculaba el vigilante por la ropa multicolor, y la facilidad que tenían para sacársela. La música se contenía dentro del caserón iluminado. Era claro que los anfitriones no querían problemas con los vecinos. Pero los invitados se escapaban al parque. No había peligro para lo que Miranda cuidaba, pero no tenía nada más que hacer. Los muchachos y las muchachas lo entretenían y lo indignaban a un tiempo. “Trolos y tortas”, se repetía entre dientes, y los identificaba, los clasificaba, podía deducir el cambio de parejas de festichola a festichola. También había promiscuos heterosexuales. Pero el género se desdibujaba muy fácil entre esa gente, y más aún a la distancia: ¿travestidos o simples disfrazados? No importaba, la cosa era que las ráfagas orgiásticas que aparecían y desaparecían en el patio, entre los árboles o dentro de la piscina, indignaban y acaloraban a la vez al empleado Miranda que miraba sin querer mirar. ¿O acaso él no era un watcher?
En las horas previas de un show Miranda se imaginó a sí mismo como un voyeur con credencial para mirar. Prerrogativas del país de la inseguridad. Empezaba a pensar en la mejor manera de alivianar su conciencia. “Ya se viene la partuza”, se dijo esa misma noche de los dones, mientras se preparaba un café en la cocinita. Recordó que su padre usaba esa palabra, partuza, para denotar al cabaret del barrio, y un instante después reprimió la imagen de un cuerpo que se sostenía a duras penas en la silla de la cocina familiar, la sonrisa desencajada, temprano, cuando él estaba por salir para la escuela. Fue en ese momento que se pasó la mano por la frente y creyó en su obligación cívica de denunciarlos. ¿Pero esa noche? Esa noche se sentía triste y necesitaba que “los trolos y las tortas”, allá abajo, lo entretuvieran.
Cuando colgué, me puse la campera, activé la alarma y bajé a la calle. Estaba fresco aunque era pleno enero. Di la vuelta a la manzana antes de que se escucharan las sirenas. Quería primerearles el mejor lugar a los vecinos que saldrían de sus camas para curiosear el operativo policial. El denunciante se merecía un lugar privilegiado, y además me llamo Miranda... Habría drogas y excitadores naturales, seguro, habría material pornográfico y juguetes eróticos, extraños dispositivos puntiagudos incautados en bolsas transparentes como pruebas irrefutables, tal vez. El allanamiento sería un éxito. El barrio me lo agradecería, también la patronal. Me quedé en la vereda de enfrente, escondido entre las sombras de los árboles. En la casa las persianas de las ventanas estaban bajas y la música contenida latía al ritmo de los graves. Estacionaron dos patrulleros silenciosos y, un rato después, un camión celular para el traslado de detenidos. Pasó como una hora, hasta que el puñado de curiosos al fin pudo ver que los detenidos salían esposados de la casa. No hubo violencia ni corridas, como si “los trolos y las tortas” ya supieran que alguna madrugada de esas, tarde o temprano, serían llevados a pasear hasta la seccional más cercana. De a uno los iban subiendo al celular, y la mayoría tenía la cara tapada con un suéter o una toalla. Se notaba que se habían vestido a las apuradas. Algunos todavía tenían la ropa mojada. Entre los últimos salió un muchacho de no más de veinte años: parecía sereno y tenía como un aire de orgullo contenido, porque no quiso que le taparan la cara. Caminaba tranquilo entre las dos filas de vecinos somnolientos que miraban en silencio. Cuando pasó frente a mí se me quedó mirando: llevaba puesta la lencería de encaje de su madre y se había maquillado los ojos como acostumbraba a hacer mi esposa.
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