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Reflejos vitales 4a entrega (Parte 3)

licomanuellicomanuel Pedro Abad s.XII
editado mayo 2015 en Narrativa
(Viene de Parte 2)

La mente de John había dejado de pensar ahora en el hombre del pulgar. En realidad, tras los interrogatorios tenía lugar en su cabeza un vacío que lejos de esclarecer le hacía plantearse la utilidad, el significado de aquello en lo que se había embarcado. Se sentaba en la silla, mirándose las manos, casi siempre llenas de sangre. Aquel elemento se le pegaba a la piel, circundando cada una de sus arrugas, aparecía entre las uñas y la carne, poniendo de manifiesto el paso sangriento del tiempo. Las irregularidades del tejido eran como pequeños islotes magullados, surcados de miles de estrías como las carreteras de un mapa. Se quedaba mirándolas y poco a poco su intelecto le transportaba a otra escena. Al mirar las suyas, recordaba las manos de Jack, su padre. Silenciosas, agarrando una taza de café y algunas veces un puro que se colocaba entre los dedos, tocando al anillo de casado, al cual le daba un par de sacudidas de vez en cuando para que aireara y estuviese encendido al alcanzar sus labios. Su padre se rascaba entre los dedos, con una sonrisa ancha dedicada precisamente a él. En la ocasión que John recordaba llevaba aquella gorra tan suya, de pillo, abombada en la parte de arriba. Se sentaba a su lado y le hablaba de la vida en general, aunque él no entendía mucho de lo que le decía, "no te preocupes, ya entenderás ", repetía varias veces esa frase mientras le calaba la gorra por debajo de los ojos dejándolo sin vista.


Era un ser que, a pesar de sus orígenes humildes, todavía conservaba su entereza. No era amigo de amilanarse, ni dejar cabos sueltos para una posible derrota, simplemente utilizaba su cuerpo para respaldar lo que decía y su planta no variaba ni un ápice. Solía decir "los cobardes cuando amenazan son muy fáciles de derribar, no hay nada detrás de sus palabras. Cuando les haces frente se diluyen como un azucarillo". Por estas y por otras razones, John se hizo soldado. No soportaba la idea de tener miedo, era algo superior a sus fuerzas: cuando veía llegar el peligro solía llenarse más de mala leche (también llamado coraje) que de aprensión generando un mejunje pastoso, una dialéctica que impregnaba todos los circuitos de su cerebro. Se pegaba a los pensamientos del ansia, a los largos espacios surcados por la paciencia, perseguía las ráfagas de la impulsividad como un perro ladra detrás de un coche, lo recorría todo para bien y para mal. Esta pasta acababa desmoronándose, derritiéndose, fundiéndose, para ser un río de agua que escapaba como un torrente, sin dirección definida, del que sólo importa el surco que deja.

El día que se lo comunicó a su padre creía que iba a ser bien recibida, la noticia, sin embargo, cayó en saco roto. Su padre bajo la vista en dirección al plato de comida vacío, pensando que aunque él no tenía nada que ver con aquella decisión, en cierta manera, la había promovido, todos la habían promovido. "Hemos estado peleándonos desde que Dios nos creo y no parece que eso vaya a dejar de ser así". Por eso, por ese simple pensamiento, pensó que su hijo tenía razón en haber escogido aquella profesión, nunca le faltarían plazas donde ponerlo en práctica, ni frentes que no necesitaran su presencia, al fin y al cabo, las guerras se alimentan de soldados y son creadas por los sedientos, pensaba. En efecto, nunca le faltaría trabajo.

La mente de Jack funcionaba de esa forma tan básica y maniquea al mismo tiempo. El plato nunca estuvo vacio en su casa y eso era lo único de lo que tenía que preocuparse a diario pero existía algo en toda aquella opción que le escamaba, quería saber de dónde saco su hijo la idea. El nunca hizo apología de la batalla ni le dio demasiado bombo a la cuestión, existía la presencia policial, por supuesto, en aquellos tiempos en la calle, tanto que no se podía imaginar una parte de la ciudad sin un oficial transitándola y no porque estuviera mal visto o algo parecido, antes bien, tenían la ventaja de haber salido reforzados del último conflicto con lo que la población veía la oficialidad desde un punto de vista digamos "cotidiano". John, nunca fue de muchas palabras, se sentó a la mesa donde todavía aguardaban los platos vacios, mientras afuera la lluvia seguía cayendo. No era aquella precisamente la mejor de las situaciones, ni el más alegre de los escenarios para sostener aquella charla pero, al contrario de lo que pudiera parecer, no tenía especial problema para abordar los temas más capitales, tales como la violencia, la vida, el olvido y cualquiera de sus sustitutos. Así que comenzó a sacar de su garganta sus primeras palabras como hombre adulto, aquellas con las cuales explico a su padre el por qué de su elección y de la consiguiente porción de destino que le acompañaría por siempre. Visto desde fuera de la habitación, aquella podría haber sido vista como la discusión entre el imberbe y el hombre maduro, como si uno se estuviese hablando a sí mismo o a la progenie que se iría creando implacablemente a lo largo del tiempo. El viejo asentía, mirando fijamente al interlocutor, sin desviar su mirada. John siguió moviendo su boca, frase tras frase, mientras su padre lo miraba sin decir nada, con los ojos abiertos como platos, admirando la determinación de aquella persona y el discurso, algo en lo que nunca había reparado. Desde que conocía a su hijo, nunca se había planteado la manera en que se expresaba pero lo hacía como si aquello fuera de una importancia capital en su vida. Ahora comprendía las motivaciones y el motor que operaba en él. Fuera, la lluvia dejó paso a la nieve. Millones de copos inundaron la ciudad, convirtiendo el paisaje en un tiovivo blanco donde el viento lo aceleraba todo. Tiempo después, su padre recordaría aquel día con el color blanco que lo envolvió todo. Aquella claridad estaba mezclada también con el rojizo del escaso sol presente, invadiendo la tierra con sus escasos y tibios rayos. A todo este recuerdo, John le añadió el hilo musical propio de una sinfonía, una que empezaba a golpes, a retazos de gloria y después comenzaba a complicarse conforme los copos iban ocupando cada uno su lugar en el suelo empedrado de aquella calle, de aquel tiempo.

La sinfonía, finalmente, se acabó en su mente y fue sólo él. Sólo él, en aquella habitación, aquel cubículo blanco, de paredes decoradas con ojos de otros videntes, ventanas abiertas a la oscuridad. Miró a su alrededor y vio lo de siempre: la moqueta, la silla, la mesa, el cuadro completamente impersonal colgado del tabique. Todos, elementos que si él hubiera podido elegir, no estarían allí. Recordó fugazmente, ahora, la paliza que acababa de propinar y notó como se le secaba la garganta y el corazón luchaba por salir de su pecho. Aquel era un sufrimiento íntimo e intenso. Nadie lo entendería. Una vez que consiguió recuperar la compostura, se irguió, no quería verse a sí mismo como un débil, le sacaba de quicio la idea. Se dirigió hacia la mesa y se sirvió un vaso de agua de la jarra que milagrosamente, no había caído al suelo durante la escaramuza. Mientras lo apuraba, enfocó la vista en la ventana, el mural de cristal y vio su forma, la figura de su cuerpo recortada sobre la superficie reflectante. Le faltaban trozos, no tenía todas las curvas, ni todos los trazos de su anatomía. Era un hombre incompleto, inconcluso sería la expresión más exacta, teniendo en cuenta lo que nadaba por la oquedad de su cabeza y ahora lo estaba viendo reflejado. Suspiró lentamente, perdiendo por escasos segundos cualquier noción de la realidad. Sin mirar hacia ninguna parte.

Lo mejor, lo más sensato era abordar "las tinieblas" y desaparecer de aquel sitio, al menos hasta el próximo asalto. Era lo más justo. Recogió lo poco que tenía en su poder y se aprestó a abandonar la habitación, no sin antes verificar que la luz de la lámpara exterior estaba encendida. No iluminaba mucho, en realidad todas las operaciones fuera de las habitaciones seguían siendo movimientos orquestados en la oscuridad. La luz estaba allí y sí, estaba encendida. En ocasiones, parecía que todo aquel entramado lo sostenían aquellos luceros. Si alguna vez desfalleciera alguno, aquel ala del edificio virtualmente desaparecería, sumiéndose en lo oculto, donde hasta los peores temores de los policías se podían hacer realidad. Era por esto que siempre miraban. Abrían sus ojos para ver todo lo que pudiera mostrarse y sólo podían ver formas, siluetas de otros compañeros.

Cuando John asomó a la puerta encontró el panorama común y habitual, nada que ser observado con gran detalle pero al girar la vista pudo ver uno de los espectáculos más nefastos (por lo que prometía) que podía verse en aquel laberinto de inmensidad negra. Cinco guardias con sus respectivos cinco rehenes, estaban apostados a las puertas de otras respectivas salas. Las preguntas iban a comenzar y la sangre iba a correr. Los centinelas procedían a abrir las puertas pero antes debían encontrar la llave. La estampa era algo que podríamos llamar cómico si no consiguiéramos recordar la razón por la cual estaba allí. Los hombres encapuchados, con el ligero temblor que precede a la explosión, comenzaban a sopesar las distintas opciones, pasando sus manos por los distintos trozos de metal, acariciaban las muescas mientras desechaban las llaves incorrectas. Cada uno tenía veinte en su juego personal. Hasta aquí y por lo visto aquella tarde, todo era normal excepto por un pequeño detalle. Una de las manos no temblaba. Uno de los torturadores no vacilaba, tenía perfectamente claro qué y dónde tenía que hacerlo.

(Continua en parte 4)
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