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Reflejos vitales 4a entrega (Parte 2)

licomanuellicomanuel Pedro Abad s.XII
editado mayo 2015 en Narrativa
(Viene de parte 1)

De repente, John comenzó a despertar de su letargo y dejó de cruzar sus brazos colocando sus manos entrelazadas y a la altura de sus rodillas. Pero seguía mirando a su presa que ahora comenzaba a sudar. En ese momento, se incorporó y mientras estaba de pie, sin dejar de mirar a Hejtrej, le dedicó una sonrisa cínica que llevaba escondida la peor de las promesas. Se abalanzó sobre él. Hejtrej no tuvo tiempo más que para ver la ráfaga de un hombre colérico yendo directamente hacia las patas de la silla donde ya no habría de permanecer más tiempo sentado. Le derribó y cuando estaba en el suelo, primero comenzó por agarrarlo de la solapa y abofetearlo pausadamente con el reverso de la mano, se podía ver perfectamente que John estaba disfrutando sádicamente de cada uno de los impactos. Al mismo tiempo, con su torpe acento de alemán, le decía algo del estilo "¿qué vas a hacer ahora, eh?, soldadito, ¿vas a esperar refuerzos? Malas noticias: todos los refuerzos están muertos, tus amigos......están muertos, tu familia.....está muerta, tu mujer.....se largó con otro o acaso creías que iba a esperarte. Ya...no...queda...nadie", se retiró un poco de la cara de Hejtrej y le dijo, al mismo tiempo que balanceaba la suya en tono de mofa, "ya no eres nadie, estás muerto, eres un cadáver andante". Mientras oía estas palabras, el humillado sintió ganas de llorar, recordaba todo de su vida pasada, los buenos y los malos momentos, solo que los malos ya no le resultaban tan insoportables. La gente que había conocido, por obra y gracia de la violencia, se habían convertido en sus vagabundos mentales con la inexorable sombra de la duda siguiéndolos, intentando agarrarse a esa luz que separaba a los vivos de los muertos. Pero él ya no sabía quién seguía estándolo y quién no. En realidad, cuando cayó de la silla al suelo, aquella fue la lenta confirmación de la caída de la escasa voluntad que Hejtrej aún poseía.

La lluvia de golpes era tan cruenta como pensaba, aguijonazos de una abeja picando hasta la extenuación. Y la abeja le aguijoneo con el salvajismo de los que se sienten perdidos. Como si no hubiera un mañana. Todo sería un mal sueño y como tal, despertaría en una masa de sudor, en un lago de vergüenza que le recordaría que ya no era un hombre. Era un animal, con una inteligencia derrotada porque los escasos momentos de lucidez quedaban tan lejos como el sonido de un duermevela. El animal volvería al redil y después al corral. Había una canción en su país para lo que él estaba haciendo, cantada por voces que hablaban de una hermandad que no podía ser traicionada y siempre que la escuchaba se acordaba de Irina y de sus padres, de la zona de los lagos y la presa de donde surgió un juramento preñado del orgullo de una nación. La suya había sido la caída de una generación de mesías guerreros, de hombres nacidos de la arena, de una tierra bañada por el mar que nunca desfallecía.

Ahora que su puño se retiraba y había cumplido su misión dejó paso al desangramiento. Hejtrej debía partir con todos los honores. Llamó a los guardias y les pidió que dejaran aquel despojo humano de sangre y recuerdo en su celda. "Ha confesado", les dijo y con un lacónico gesto de su mano, les indicó que aquella sesión había acabado. El informe del interrogatorio sería completado durante la mañana siguiente, había cumplido con su cometido y sinceramente, no quería dormir. Su consciencia le pertenecía al lobo deambulante que llevaba dentro y sus ojos centelleantes alumbrarían su insomnio. La capacidad de desguazar la realidad con sus colmillos sería la que mantendría a John despierto, iba a despedazarlo todo, a comerse el mundo empezando por el estomago. Estomago comiendo estomago. Como siempre, hambriento y errante en su cementerio de sueños.



Los guardias desenterraron el cuerpo sanguinolento y torpe de Hejtrej Schweimann del suelo, el cual se retorcía de dolor. Las risas apagadas de los centinelas fueron lo único parecido a un llanto de plañideras que nunca existieron en aquel pasaje de sus vidas, algo que nunca llegaron a recordar. La nota de John seguía estrujada en la mano del retirado cuando lo cargaron y depositaron en su cama. John se dirigió hacia su butaca y recogió su casaca pasando por delante del enorme cristal que blindaba la sala. Un hombre con una cicatriz en la mejilla lo miraba detenido, con gesto duro, al otro lado del vidrio. Levantó su mano y extendiendo el brazo le hizo la señal del pulgar. Estaba hacia arriba. Lo había hecho bien. Había masacrado a aquel pobre ignorante, repetidas veces, hasta que su cabeza había dicho basta, sin rastro de humanidad en la pieza, hasta que ya sólo quedaban la luz de la habitación y él. No le importaba si al jefe le parecía bien o no, era algo por lo que le pagaban (no muy bien, por cierto) pero a tenor de lo que había observado tenía una carrera esperando para él dentro del gremio.

La mano bajó y se situó a la altura de la cintura. El hombre de la marca bajó la vista y se encaminó hacia otra habitación, a través del pasillo. El largo y oscuro pasillo. John lo siguió con la mirada mientras abandonaba su campo de visión. Siempre hacía eso, siempre se iba. No paraba a dedicar unas palabras, no decía "buen trabajo", sólo lo advertía, no se comunicaba, en definitiva. Así que no sabía qué creer acerca de aquel individuo. Por supuesto, los demás hablaban de él, inventando las más increíbles y desvirtuadas descripciones de aquel ser, yendo desde escarceos ocasionales con la violencia como la leyenda negra de que coleccionaba cascos y botas de los que habían muerto allí hasta métodos...digamos.....más oscuros como el hecho de que una de las habitaciones estaba siempre cerrada y nadie había podido acceder nunca a ella. En ella, figuradamente, estaba encerrado su hijo, no apto para la visita ni el contacto humano. El hombre era una especie de mutante en ciernes, llevaba el germen de la malformación consigo, algo ampliamente ridiculizado en aquel país: su hijo le iba siguiendo de cárcel en cárcel para recordárselo. Por aquello de la vergüenza y evitar el intercambio de información, el responsable de todo aquello se había convertido en un ser huraño y había perdido toda empatía y capacidad de relación con el mundo exterior. Aquella era la historia no publicada. Pero en realidad, estaba tan cerrado como el vientre de un misil. Vivía en su torre pero a diferencia de otras, esta no estaba en alto si no a ras de suelo. La altivez no era una de sus cualidades, tampoco la arrogancia, simplemente no quería formar parte del género humano y los acólitos se callaban cuando lo veían aparecer, no por reverencia ni por respeto, era por temor, puro y genuino temor. Temían aquello que no conocían sin saber que la sensación era mutua. Ellos no sabían lo que ocurría en la mente del jefe de todo aquello pero si hubieran podido verlo quizá su estancia habría sido más placentera; sin embargo, como diría cualquiera de la calle, aquellos eran malos tiempos y los malos tiempos comúnmente acaban afectando las voluntades y por ende, todo lo asociado. Un cura podía dejar de emplear las manos con las que alzaba ostias antes para empuñar un arma si estaba muy desesperado o para esconder un pueblo entero bajo una iglesia. Los intereses humanos, como los corazones, basculaban sensiblemente, lo habían hecho siempre, dependiendo de la necesidad y el momento. La historia de la humanidad desgraciadamente, estaba llena de ese tipo de cuentos sin final feliz, en los que al final acababan muriendo millones de personas y el vencedor no es más que el menos derrotado.
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