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El sapo que hacía de todo

LegendarioLegendario Fernando de Rojas s.XV
editado mayo 2015 en Infantil y Juvenil
Una mañana un sapo parlanchín llego a la carpa del circo pidiendo trabajo. El dueño, un anciano avaro, le dijo que los sapos parlanchines abundaban tanto que no tenía la menor intención de contratarlo.

El sapo, que se notaba optimista, le dijo que también tocaba instrumentos musicales, que se convertía en pato, que alumbraba por las noches como luciérnaga, y que estaba dispuesto a trabajar en los menesteres propios del circo, como recoger el excremento de los elefantes y a tensar las cuerdas de las carpas cuando el circo se mudaba.

El dueño del circo, ante tantos ofrecimientos, decidió contratarlo, pero el sapo le puso una sola condición: que su comida diaria fuesen cinco libélulas, pues detestaba las moscas.

El cirquero aceptó tan ridícula concesión, y al día siguiente el sapo estaba en la pista alegrando la vida de adultos y chiquitines, haciendo todas las gracias anunciadas y muchas otras.

Acabando la función del circo, el sapo cumplió con su compromiso de limpiar los excrementos de los elefantes, y ayudó a barrer las gradas.

Su primer desengaño fue cuando esa noche encontró en su tina solamente moscas para cenar. Prefirió dejarlas y esperar al día siguiente.

Amaneció, y una vez más el sapo optimista saltó a la pista a platicar con los sorprendidos espectadores; se convirtió en pato y en marmota; tocó una sinfonía de Mozart; se encendió como luciérnaga y voló varios metros como pájaro. El público quedó encantado y se llevó muchos aplausos.

Como el sapo era optimista volvió a su tina esperando encontrar las libélulas de su contrato, y de nuevo encontró moscas.

Los días siguientes fueron lo mismo: el sapo cada vez hacía más y mejores trucos, para llegar por la noche a su tina y encontrar tan sólo moscas.

Finalmente un anochecer, antes de ir a su tina, intentó en privado convertirse en un nuevo personaje. Dada su práctica en escena, no le costó mucho trabajo.

A la mañana siguiente, los payasos encontraron semidevorado el cadáver del dueño del circo. “Es obvio- dijo el forense- que este hombre ha sido atacado por un hombre lobo”.

El sapo, totalmente desencantado del mundo circense, regresó contento a su charca de origen en donde pululaban carnosas libélulas y muchísimas sexuales hembras de sapo.
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