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La máquina de la alegría

LegendarioLegendario Fernando de Rojas s.XV
editado mayo 2015 en Infantil y Juvenil
“¡Chun tataflún taflún! ¡Ja ja!”, gritaba aquel curioso aparato semejante a un robot, arrancando la sonrisa de todos aquellos que lo veían.

“¡Chun tataflún taflún! ¡Ja ja!”, volvía a decir aquella maravillosa máquina, y los espectadores lloraban de la risa, contagiados por alguna magia mecánica contenida en ella.

Así, cuando aquel agradable ingenio aparecía en la plaza del pueblo al atardecer, toda la gente disfrutaba de él y de su agradable sonido, olvidándose por un rato de las tristezas mundanas, que eran muchas y muy frecuentes.

El inventor de aquel ameno aparato era un niño pobre llamado Zacarías, quien había juntado muchas piezas mecánicas en los tiraderos del pueblo. Con mucha paciencia había armado aquella máquina con la idea de que le alegrara su entristecida existencia. En su desesperación por ser feliz, buscó engranes, resortes, tornillos, tuercas, rondanas, alambres, cables, láminas y barras, y armó lo que él llamó la máquina de la alegría, un ingenio que supuestamente lo haría reír de sol a sol, con lo que podría olvidarse de su triste vida.

Finalmente acabó de armar la máquina. Zacarías pensaba, dada su corta edad, que bastaba el escuchar el ¡Chun tataflún taflún! ¡Ja ja! para que su vida fuese diferente. Su desengaño fue enorme: el alegre aparato no podía proveerlo de una familia, de alimentos buenos y constantes, de ropa y calzado, de amigos incondicionales…

Como sea, logró rentarle el estruendoso aparato al ayuntamiento, a cambio de tres escasas comidas diarias que de algo le sirvieron: ya nunca más pasó hambre.

El alcalde salió reelecto varias veces por la felicidad de la gente en el parque; el pueblo disfrutaba más de la vida; y los perros callejeros corrían felices tras de la máquina de la alegría ladrándole sin cesar.

Zacarías, el alcalde, los perros callejeros y la gente del parque de aquella época ya son historia.

El pueblo cambió su nombre a Villa Alegre, lugar famoso en el mundo porque todas las tardes aparece en su parque una extraña máquina que hace felices a todos los presentes con su agradable sonsonete:

¡Chun tataflún taflún! ¡Ja ja!

¡Chun tataflún taflún! ¡Ja ja!

¡Chun tataflún taflún! ¡Ja ja!
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