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La cajita feliz

SilenusSilenus Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado marzo 2015 en Ensayo
La cajita feliz

Entro en una remota sucursal de provincia de la famosa cadena de hamburgueserías. Son las siete de la mañana, recién abrieron al público y con un café y dos medialunas pienso llenar parte de las dos horas que por faltan para que los comercios empiecen a abrir. He llegado a la ciudad de provincia en el tren de las cinco y media, el primero de la jornada, y desde las seis que estaba haciendo tiempo sentado en la plaza, frente a la majestuosa basílica neogótica que es centro católico de peregrinaciones. Estamos sobre el solsticio de verano y por suerte a esta hora ya ha amanecido. Además, hasta la plaza llega una brisa matutina que arrastra el río cercano y que me a pesar de no haber dormido me transmite una sensación de bienestar, ahí sentado en un banco de cemento.
Pero lo que quiero contar viene después de eso. A media cuadra está el MacDuck, estratégicamente emplazado para los turistas; y allá voy, porque las confiterías a las siete aún siguen cerradas (hábitos de pueblo) y yo necesito una dosis urgente de cafeína para que la perspectiva de la larga jornada no me desmoralice antes de comenzar. Un signo de la postmodernidad, sus arcos dorados uniformando las ciudades del mundo. Pero esto no es París, estoy en un triste pueblo de provincia. Me acerco al mostrador y hago la cola, me llega la esperable “promo” de “por dos pesos más tenés...” dicha por uno de estos adolescentes que explotan con fervor en cada sucursal. Digo que sí y le sumo al vaso una dosis extra del excitador natural. Salgo del mostrador con mi bandejita y agarro a la pasada el periódico nacional que dejan ahí para los clientes. Elijo una mesita lo más apartada posible, pero no muy cerca de la puerta de calle pues el camión recolector de la basura aún no ha pasado y una montaña de bolsas de consorcio negras se apilan en la exigua vereda.
Es un diario de formato sábana, el único que por tradición sigue viniendo en estas dimensiones tan difíciles de desplegar sobre una mesita. Paso enseguida las esperables novedades del ambiente político local, lo mismo con las noticias internacionales (en la península de mis antepasados sigue la recesión... ajá...) hasta que llego al suplemento cultural. Hoy es el día de la semana que sale este suplemento, he tenido suerte, me digo. Es el único rincón de la publicación donde puede aparecer algo interesante para recortar y guardar. Bueno, me digo con el café y las medialunas casi acabadas, acá vale la pena recorrer tranquilo los textos más allá del título y la bajada. Encuentro algo realmente interesante: han sacado un adelanto del libro póstumo de un escritor que admiro. Me entero que el autor venía narrando sus sueños desde hacía varias décadas, calculando publicarlo algún día. Casualmente, yo estoy haciendo con los míos algo muy similar: cuando recuerdo un sueño interesante por lo imaginativo, lo narro enseguida, antes de olvidarlo. Y resulta que “el testamento de la niebla” (tal su poética traducción literal) estaba planeando algo parecido. Se murió sin verlo publicado, pero por suerte sus herederos encontraron la carpeta y corrieron a la editorial con “el primer póstumo de papá”. (Aún seguirán revolviendo sus archivos personales, sopesando si vale la pena publicarle sus poemitas de los cinco años o sus notas dejadas a la mucama.) Lo cierto es que ahí, a cuatro columnas, como perlas entre el barro de la intrascendencia de las noticias, han reproducido dos relatos que son a la vez dos sueños.
Me encapsulo en la arquitectura de las frases, me olvido de mí mismo, de mis circunstancias, de que estoy ahí, sentado, leyendo en medio de extraños que entran y salen; me fundo con el texto. Me he encerrado en mi íntima cajita feliz. Por unos minutos soy pura textualidad, como un alter ego en un foro virtual. Del ensueño de esa prosa magnífica me saca una de las empleadas del lugar que con la cafetea en la mano me pregunta si no quiero más café (más que por cortesía, lo hacen para no tirar lo que queda antes de preparar nuevo). Le digo que sí y termino el relato del segundo sueño.
Estoy tentando de guardarme la reseña y los inéditos. Es, definitivamente, para mi hemeroteca personal de recortes. Pero tengo el superyó muy alto y tengo miedo de que me reconvengan si me ven cortando la página con el borde la mesa. A todo esto me han venido ganas, como decía mi abuela por discreción, de “mover el vientre” (el típico morning crap). Entonces ya no lo pienso más: separo el suplemento cultural, me lo enrollo debajo del brazo y camino hacia los baños, que están en el primer piso. Mientras subo las escaleras me cruzo con la supervisora (tiene unos pocos años más que el resto de los chicos) que se me queda mirando. Yo le sonrío y le digo, a la pasada, “ya sé que no falta papel higiénico, es para entretenerme” y levanto un poco el rollo de papel que traigo bajo el brazo. Empujo la puerta que dice Caballeros (adentro no hay nadie) y me encierro en un cubículo. Es cierto lo que dije: en los baños de esta cadena de comida chatarra nunca falta papel en el baño, ni jabón líquido, y por lo general están limpios y huelen bien. Me siento en la taza y mientras realizo el trámite escatológico también concreto el intelectual: recorto con cuidado la reseña del “testamento de la niebla”, y hasta me queda tiempo para terminar de hojear el suplemento, del que sustraigo una entrevista y otra reseña. Antes de salir del baño, me aseguro de guardarme los recortes, prolijamente dobladitos, en el bolsillo de mi camisa. De regreso a mi mesa reintegro los restos del suplemento al periódico, que sigue ahí, y salgo a la calle. A todo esto se han hecho las ocho y media, y en un rato más ya podré arrancar con mi lista de obligaciones (el tan molesto “nec-ocio”), mucho menos atractivas por cierto que la que me deparó, oh paradoja de los tiempos livianos, la hamburguesería cosmopolita.
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