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Mi Realismo Mágico

juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
editado febrero 2015 en Ensayo


Hace unos meses, una entusiasta forista cuyo nombre no puedo decir. Solo puedo decir que su nombre empieza con: “Me” y termina con: “dea” convocó a las gentes que deambulan por aquí, a un concurso relacionado con GGM. El tema era libre, yo perpetré un texto. Por razones que desconozco la entusiasta forista nos dejo a todos: “tirando cintura” o “con los crespos hechos”, hablando en peruano. Pero mejor para que ella lo entienda: “se rajó”.
El texto es el único completo que tengo y no sé si puede ser considerado un ensayo, lo escribí al vuelo y muy abreviado. Ya que las bases estipulaban que sea breve.

Mi exhibicionismo me obliga a dejarlo a la luz.

Mi realismo mágico.

Mi Padre fue un migrante, salió de su pueblo a los doce años y trabajó en una hacienda azucarera hasta los quince. Luego se fue a la ciudad para estudiar y “hacer algo por la vida”.

Algo parecido ocurrió con mi Madre, ella salió del mismo pueblo hacia la ciudad para estudiar.

Mi Padre era diez años mayor, cuando se conocieron en la ciudad. Se conocían sin conocerse.

El migrante es un ser en permanente añoranza, una persona que siempre mira al lugar de donde vino. El migrante vive siempre expectante de la llegada de alguien de su terruño para atormentarlo a preguntas, para saber de su pueblo. Una vez resueltas todas las preguntas comparten el almuerzo o la cena y escuchan melodías con las que se identifican.

Lo más emocionante es que comparten esa añoranza y los sueños comunes de prosperidad para ellos y su familia.

Mi visión de la ciudad siempre mezcla la brutalidad y la indiferencia. El desmesurado afán de conseguir ganar algo a expensas del resto. Mis visiones de infancia y adolescencia se contrastan fuertemente, la vida de la ciudad y la vida de los migrantes. En las reuniones familiares, los sentimientos muy arraigados de los parientes y algunos paisanos invitados. La generosidad y la mano abierta entre ellos.

Escuchar las conversaciones y las leyendas urbanas de aquel pueblo lejano. Un pueblo que se convirtió con el tiempo en un mito. Un mito muy personal e íntimo.
Cuando tenía dieciséis años mi abuela materna frisaba los noventa, era una persona muy especial vivía con dos tías ambas maestras de escuela ya jubiladas.
Le gustaba hablar de política y siempre concluía en: “que este país solo se resolvía a palos”. Cuando intentaba conversar de su vida personal con ella me evadía las preguntas o simplemente no me contestaba.

Un día una tía abuela más joven que mi abuela me contó una historia.
Mi bisabuelo era juez en la capital de la provincia, eran finales del siglo diecinueve. El país se debatía, una vez más, en una guerra de civil. Aquel hombre tomó partido por un caudillo en contra de otro caudillo. En aquellos años en mi país no existía un ejército regular ni profesional, los civiles usaban revólver o carabinas y por lo general cuando había elecciones ocurrían matanzas. Mi bisabuelo habló con el cura y firmó a su vástago sin saber si sería hombre o mujer. Dejó a mi bisabuela embarazada y nunca más volvió. El bando de mi abuelo perdió.

Esa ausencia marcó la vida mi abuela.

Mi bisabuela viuda con una hija, se fue de la capital de la provincia hacia el pueblo. Se fue porque era mal vista por los políticos del bando triunfante. Y la gente se alinea siempre con el bando ganador.

Cuando le pregunté a mi Madre solo me dijo que era así, sin darme detalles. Siempre me quedaron preguntas pendientes y mi afán de saber más de esa historia. Algún día buscaré en archivos y preguntaré a la gente, porque la gente sabe de historias por tradición oral.

Recuerdo cuando murió mi abuela nunca vi tanta gente de aquel pueblo reunida en un velatorio en la ciudad. Señores de cuello y corbata, señoras muy bien presentadas, gente humilde, todos dando condolencias. Al preguntarle a mi Madre porque había tanta gente ella con los ojos llorosos me dijo: “en el pueblo todos querían a tu abuela”.

Esa historia es parte de mi vida personal, por razones de espacio la he abreviado al máximo.

Mi padre fue un hombre extraño. Rara vez dulce con sus hijos y siempre dulce con sus hijas. Hablaba poco y lo necesario con nosotros. Era raro porque cuando se encontraba con sus amigos de universidad o con sus paisanos era prodigo en su elocuencia.

Su visión del mundo era sectaria, había buenos y malos. Lo buenos eran los comunistas y los malos los otros. Al terminar la escuela secundaria se fue a la selva y regresó lleno de dinero. He visto fotos antiquísimas de él que guarda mi Madre. Se lo ve flaco con tirantes, pantalones que le llegan al pecho y con un revólver al cinto.

¿Y para que el revólver?
Esa pregunta se la hice a mi Padre y el con la parquedad acostumbrada me decía: “había otorongos”.

La selva es un lugar donde no hay ley, ni reglas, así digan que todo ha cambiado sigue habiendo violencia. Donde hay oro, maderas exóticas, se cultiva coca y marihuana. Es imposible que no haya violencia. A mi Padre no le gustaba hablar de esa época de su vida. Para mí siempre fue y es una interrogante.

Lo más extraño es que volvió y se afilió al partido comunista. Pudo haberse convencido de que el capitalismo era la respuesta a todas sus interrogantes pero no fue así. Se dedicó a estudiar y luego ingresó a la universidad a estudiar abogacía. Algunos años después se casaría con mi Madre. Con la llegada de sus hijos abandonó la militancia pero no sus ideas.

Esa gran interrogante pesa y pesará siempre en mi vida. La conversé alguna vez con algún hermano, ninguno me llegó a dar una respuesta esclarecedora. “Cosas de viejos”, es lo que me dijeron.

A su favor está la única vez que me mostró la cicatriz que le dejó un otorongo en el hombro. Y que se espantó por el ruido del disparo que hizo. Una cicatriz respetable a pesar de los años. El otorongo lo espero en un árbol y lo atacó cuando estaba de espaldas.

A veces imagino a mi Padre peleando con los huitotos de la selva para quitarles territorio. A veces pienso que se volvió comunista porque su conciencia lo mataba. El nunca quiso conversar acerca de eso.

El pasado es algo inasible, está en la memoria de cada persona. Cada uno lo adorna o mejora según su conveniencia. Las maldades del pasado siempre tienen una buena justificación, las bondades antiguas siempre se enaltecen.
Esta es una pequeña muestra de algo personal e intimo a partir de esas historias puedo soñar y recrear diez, cincuenta o cien años de soledad. Sé que no puedo alcanzar a García Márquez toda copia por lo general es mala.

Todos tenemos un Macondo que deambula en nuestras mentes, sin ser un migrante mi vida de niño y adolescente ha transcurrido rodeado de añoranzas de historias de guerra, de persecuciones, de traidores y de acciones nobles. Quizás sea un ser anacrónico con historias cautivas del siglo pasado. Es algo que no me preocupa. He vivido escuchando esas historias y he aprendido de ellas sin haberlas vivido.

Es todo.




Comentarios

  • No creo que sea todo, te queda mucho por contar:)
  • estrofaestrofa Garcilaso de la Vega XVI
    editado febrero 2015
    Juanchito, leí tu relato unas cuantas veces. Es entrañable y tiene corazón en las palabras. Encuentro similitudes en algunos pasajes con la vida de mis padres, hasta el punto de que al leerte me entraron ganas de escribir sobre ellos y mis antepasados, lo que he ido sabiendo con el tiempo, como con cuentagotas y llena de curiosidad.

    De pequeña me gustaba mucho mirar los álbumes de fotos antiguas, buscando conocer parte del pasado en el que aún no estaba, o no tenía consciencia para registrar datos.

    Me ha gustado mucho el cariño con el que narras la vida de los tuyos :-) Ese sentirse orgulloso de sus raíces.

    Gracias por compartirlo y sacarlo a la luz. Abrazotes.
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