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El extinto arte del puñetazo

SilenusSilenus Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado febrero 2015 en Ensayo
El extinto arte del puñetazo
Hemos reemplazado a la mayoría de nuestros artefactos mecánicos por otros electrónicos, como el devenir inevitable del Progreso: miro a mi alrededor y lo único que conservo, en éste mi cuarto que es todo mi hogar hoy, es un reloj despertador de plástico, sobre mi mesita de luz, triste testigo de una era de engranajes y transistores. Y ante una avería, querer componer a golpes de puño un televisor de LCD es perfectamente inútil: debemos guardarnos nuestro ímpetu de troglodita y recurrir al “servicio técnico”. Yo añoro esas sesiones gratuitas de psicoanálisis que nos regalaban lo viejos televisores de tubos de rayos catódicos: la imagen se iba, uno se levantaba de su asiento, se acercaba y (como si fuera a palmearlo) juntaba toda la bronca del día y descargaba un certero puñetazo sobre su carcasa: maravilla, la tevé volvía a emitir como si nada hubiera pasado. Y uno volvía a sentarse pensando que la violencia física al fin y al cabo sí servía para arreglar algunas cosas. En cambio hoy ya no es posible: ¿de qué me serviría, por ejemplo, sacudir frenéticamente esta notebook en la que escribo si de repente se tildara? De nada, sé que el único camino que nos deja la informática hoy es la del resignado reseteo, y a recomenzar sin chistar con el texto desde el principio.
¿Pero esto significa un avance en el proyecto humanista del progreso de la especie? No me parece: siguiendo el caso de la tevé, hace unos veinte años se podía ejercer el impulso cavernícola de corregir un desperfecto a los puñetazos, pero como contrapartida lo que se veía por la “caja boba” no era tan dañino para el cerebro: existía una programación, no diré inteligente, pero sí menos estupidizante que la de hoy, por lo menos en este bendito país sudamericano: no se habían inventado los “reality shows” (uno de los mayores venenos esparcidos por los yanquis, después de sus invasiones sangrientas), no existían los programas de chimentos de la farándula o del "corazón" como le dicen en la madre patria (¿la matria?), “Gran Hermano” era una referencia estrictamente literaria y la “tinellización” (léase idiotización) de la cultura era una expresión que los sociólogos en pantuflas no tenían la necesidad de inventar.
Conclusión, que por la pantalla de maléficos rayos catódicos se veía poco, sí, pero la prehistórica televisión de antes de la era del cable casi que no hacía daño a las neuronas. Y además, por supuesto, ese aparato jorobado, cuando se retobaba, nos daba la excusa perfecta para descargar la tensión con unos cuantos mazazos de puño bien aplicados.
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