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Papel y tinta

RehtseRehtse Anónimo s.XI
editado diciembre 2014 en Erótica
Mis piernas se abren con irremediable soltura sobre las suyas. Ambas aún enfundadas en esos vaqueros que ajustados, parecen ser parte casi de tu propia anatomía. Nos habíamos conocido hacía dos meses atrás. No fue en un lugar muy común, al menos para entablar una conversación de coqueteador carácter, sin embargo ocurrió. Yo andaba perdida por las estanterías repletas de libros -como supongo ya sabéis, me encontraba en una biblioteca; para ser más exactos en la biblioteca de la capital- mis dedos acariciaban las múltiples encuadernaciones de diversos colores: rojo, azul, verde, con estampados... Leía con detenimiento cada titulo, en busca de uno con la capacidad de proporcionarme una leve sensación de deseo o incitación a leer su pequeña reseña trasera. Él me miraba, anonadado, intentado encontrar explicación a ese ritual extraño que no comprendía. Yo sin embargo, siquiera percibí su mirada clavada en mí, hasta que cogió mi brazo con dulzura, aquel que mantenía suspendido en el aire con el dedo indice guiándose por los títulos de los escritos. Comenzó a cambiar de rumbo mi propio miembro, hasta dejarlo -con mi dedo posado- en un libro de aspecto antiguo. Las hojas estaban algo amarillentas rozando casi el color ocre, y al abrirlo se podía percibir un olor bastante amargo. Me miró con una sonrisa "Ese te gustará, cógelo. A mí me encantó". A partir de ese momento y a causa de mi búsqueda frenética de un libro, comenzamos una relación que no pasaba las barreras de la amistad. Nos llamábamos para comentar los libros -que comúnmente- nos leíamos; pasábamos gran parte de nuestras tardes sentados en una cafetería de amplias vidrieras removiendo y removiendo el café algo aguado que servían; pero que decir, a pesar de su escasa calidad, el tomármelo en compañía de aquel chico de ojos verdes, hacía posible que su sabor mejorara en cada trago. Transcurrían los días por nuestra amistad inesperada, comenzada entre nuestra pasión: los libros; y a medida que pasaban, más ganas surgían en mi cuerpo por besarle, y rozar cada parte de su cuerpo. De ese modo, llegamos al momento que ahora mismo estamos viviendo. Iba a ser una tarde de invierno como otra cualquiera. Libro en mano, ojos puestos en los verdosos luceros de mi amigo y una amplia sonrisa en medio de una conversación que te estimulaba hasta lo más recóndito del alma. Mis dedos, largos adornados de un par de anillos de plata y unas uñas moradas pastel, movían con delicadeza la cuchara, haciéndola rechinar contra las paredes de la taza. Al mismo tiempo mis labios se veían atrapados entre mis dentinas, y mis miradas encadenadas en parrafadas de letras. En frente, él me imitaba; solo que sus ojos, de vez en cuando se posaban en mí, provocando en su agraciada cara una amplía sonrisa que quitaba la cordura a cualquier persona. Una de las cosas por las cuales me enamoré de él fue su sonrisa. Solo verla, provocaba en mí la misma reacción solo que triplicada. Cogí la taza, y sin levantar la mirada del libro -que cogía con la mano restante- me llevé el café a los labios, donde bebí un pequeño pero cálido -por no decir ardiente- sorbo. Un suspiro procedente de mi compañero, me hizo levantar la mirada, pues pensaba que aquel libro la había causado un leve espasmo; pero muy lejos de la realidad, el espasmo se lo había causado yo. Cerró el libro con intrépida saña y lo aparto en la esquina de la mesa. Yo, sin salir de mi asombro torcí el cuello, a la vez que la mirada, dejando reposar el escrito en mi regazo. "¿Te encuentras bien?". Sus manos agarraron las mías. "Dime de una vez que me quiere, necesito escucharlo por fin salir de tus labios, porque hasta que ellos no lo hagan, los míos no confesarán". En ese momento, supe que nuestra relación había comenzado un nuevo trascurso y realmente estaba confusa; no sabía si levantarme e irme fuera, bajo la nueve espesa o quedarme frente a él y al fin confesarle mi amor. Evidentemente, si analizamos el inicio del relato, queda más que clara mi posición. Sí, me quedé y a pesar de no estar preparada le exprese con palabra romántica todo lo que sentía en ese momento. En medio de mi discurso, con sus ojos radiantes en admiración, y sus manos sujetas a las mías con fuerza, alzo uno de sus brazos y echó hacía atrás la mirada "La cuenta por favor". Cuando se volvió hacía mí de nuevo me cautivo con su sonrisa. "No hables más, no vas a necesitar más palabras por hoy" Se levantó, y yo aún sin respiración le imité. Me ajuste el gorro, los guantes y la bufanda; me abroche el abrigo y salí tras él. "No sé para que te abrigas tanto, total... Vivo a dos manzanas de aquí y sabes de sobra que pienso desnudarte". Ese último comentario me hizo pararme en seco, con las mejillas atormentadas de rojeces, una reacción -supongo- que por el cambio brusco de temperatura que mi cuerpo estaba experimentado: un frío gélido fuera de él, un ardor insoportable en su interior. Volvió pícaro y agarró mi mano, para tirar -literalmente- de mí. "Venga, no seas así. Era una broma". Suspiré aliviada, pues yo ingenua e inocente me creí esa última afirmación, cuando realmente era una mentira demasiado obvia como para ser vista. Le sonreí y él volvió a regalarme una sonrisa. Estábamos en frente de su portal, cuando desplumó su guante de una de sus manos -algo normal, pues tenía que tener más movilidad para manipular la cerradura con la llave- Nada más abrir la puerta, me hizo un gesto que indicaba el cedo de su entrada. Caminé como mi cuerpo me dejaba, pues a nieve cuajada me había congelado los pies. Un sonoro estruendo, por parte de la puerta de metal de la entrada, me sobrecogió. Pegué un infantilón salto, a pesar de haber intentado reprimirlo. Noté como unos brazos me rodeaban por detrás, y una risa adornaba el silencioso pasillo con el ascensor al final. Un suspiro en mi oído me llevó a estremecerme "Te quiero... Por lo que eras la primera vez que te vi en la biblioteca, por lo que eres en esas tarde de charla, y por lo que quiero que seas... En mi cama". Volví a dar un brinco, y enseguida todo empezó a tornarse más brusco. Sus brazos oprimían mi cuerpo, y sus pies, guiaban a los míos para acceder al ascensor. Una vez dentro, llamó a su piso -un séptimo- y con ambas en mi cara -una en cada mejilla- me besó. Y llegamos al punto inicial, Mis piernas se abren con irremediable soltura sobre las suyas. Ambas aún enfundadas en esos vaqueros que ajustados, parecen ser parte casi de tu propia anatomía. Sus manos viajan por mi cuerpo, en busca de exploración, de saber como soy en cada centímetro de mi ser. Me abre el pantalón y sin preámbulos mete la mano. Mis suspiros, acelerados le llevan a juguetear con mi clítoris. Le suplico que pare, que no siga, pero con una risa -la cual me recuerda casi a las estaciones de Vivaldi- sigue moviendo sus dedos en él. Lo hace mientras mi sexo, se humedece y calienta sin vuelta atrás. Mis piernas empiezan a moverse hacía adelante y hacía atrás, lo que me permite notar como los botones de sus pantalones casi van a estallar. Mis gemidos aumentan de intensidad, y su risa desaparece, dando la bienvenida a una nueva faceta de él que nunca vi. Agarra mi cuello con firmeza, rudamente y me clava los dientes en él, mientras hace el amago de meterme los dedos sin llegar a hacerlo, sabe que eso me desesperará, me hará suplicarle que lo haga. Mis manos -que hasta entonces no habían participado- comienzan a manosear su paquete, el cual ya está suficiente endurecido. Al realizar ésta acción, se ensaya para bajar por mi torso. Me tumba en el sofá, y me arranca los pantalones. Me besa, con pasión, dulzura, amor... Una mezcla de todos los sentimientos en un solo beso. Sus manos aún juguetean, hasta que entre gemidos se lo pido, le pido que nos hagamos por fin uno; sin embargo, él en su vena juguetona me pregunta jocosamente "¿Qué dices? ¿Qué quieres?" No puedo ni hablar, no me sale aliento para hacerlo, y antes de que pueda llegar al orgasmo, deja de tocarme. Mis pulsaciones se aceleran y recobro el aire. "Repítemelo o así te quedas" me dice con el pelo mojado y pegado a su frente -he de decir que la calefacción está demasiado elevada- "No, no me hagas hacerlo... Por favor... Me ruborizaré". Acaricia mis hombros y pone un puchero de lo más tierno "Pero yo quiero verte con los carrillos al rojo vivo, mi amor". Cerrando los ojos, y en un suspiro se lo repito "Házmelo". Vuelve a él esa expresión tunante que tanto me excita. Baja sus pantalones y comienza a penetrarme. El sofá cruje al son de nuestros gemidos. Mis manos se intentan agarrar a los cojines, pero mis uñas empiezan a resquebrajarse. Todo es una mezcla de ambos. Veo mis ojos en sus ojos, o al menos, los veía antes de aquel beso que marca nuestro final.

Fd: EGB
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