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El corazón de la diosa (Relato corto de futuro pryecto)

HaskozHaskoz Gonzalo de Berceo s.XIII
editado agosto 2015 en Fantástica
Bueno, os muestro uno de los relatos que formará parte del proyecto que estoy llevando a cabo: Un libro de relatos cortos de temática fantástica. Espero que os guste y me hagáis llegar vuestras opiniones ;)
Como no me deja subir todo el relato junto lo subiré por capítulos.
Música y sangre
El bullicio hizo acto de presencia en la posada del viejo Ghail. La música, producida por el platerspiel y la fídula de los intérpretes, inundaba la fonda con una alegre melodía que invitaba a bailar.
Como en toda buena posada que se precie, abundaba la cerveza saltando de las jarras al ser entrechocadas. Las risas de los pueblerinos rebotaban en cada esquina de la estancia, haciendo vibrar la madera de las paredes mientras alguno de ellos, con el cerebro nublado por los vasos de sidra, tiraba los tejos a Marie, la hija del posadero.
Tampoco faltaban las peleas; ni las mujeres de vestido corto que vendían felicidad a cambio de veinte monedas de cobre; ni las raciones de estofado, queso y frutas que servía la mujer de Ghail.
Desde luego, sería imposible adivinar que fuera de la posada estuviera lloviendo. La música, mezclada con las risas, gritos y conversaciones subidas de tono de los campesinos, hacía que la gente no prestara atención a nada que no fuese lo que dentro de aquel mesón sucedía. Tan solo cuando una nube traviesa cubrió la luna, desvelando una oscuridad casi absoluta, la música cesó. La risa de aquellos hombres y mujeres fue amortiguada por la penumbra. Las peleas se detuvieron y la cerveza permaneció dentro de sus jarras, temerosa de salir. Fue justo en aquel instante, cuando la oscuridad de la noche ocupaba su lugar en la posada, asustando la luz de las velas, que se retiraba al igual que un niño pequeño ante un perro rabioso, cuando la gente fue consciente de la fragilidad de sus vidas y del peligro que desentraña la noche y su manto negro.
Cuando se lleva tanto tiempo viviendo en las sombras, es fácil distinguir las tinieblas que te rodean. Por este motivo, aquella gente sabía que la opacidad que envolvía el ambiente no traería nada bueno.
La puerta de la posada se abrió, rompiendo con el silencio que se había formado en la estancia y dejando paso al sonido de la lluvia, que se coló en la habitación, suave y elegante. Quizá por eso nadie prestó atención a la melodía que tarareaba la joven que acababa de entrar, o quizá fuese la propia muchacha, con el pelo negro y mojado cayéndole sobre los hombros, la que hizo que todos se relajasen y volvieran a sus quehaceres; todos menos Ghail, que avanzó hacia la muchacha, nervioso. El posadero había notado perfectamente como la luz de las velas disminuía cuando aquella niña pasaba por su lado. La mayoría de los clientes, absortos en lo que hacían, no se habían dado cuenta, pero él sabía que aquella joven no era lo que parecía, se lo decía su instinto de hombre viejo y sabio. Con un gesto, indicó a su hija que atendiera la barra. Luego se dirigió a la recién llegada.
—¿Puedo ayudarle en algo, señorita? Tenemos estofado recién hecho. Puedo servirle una ración mientras no llegan sus padres.
La muchacha mostró una extraña sonrisa, pero no contestó a la pregunta del posadero. Se limitó a acercarse más a él, volviendo a tararear la melodía con la que había entrado.
La expresión de Ghail cambió por completo al escuchar a la joven, que sonrió de nuevo, clavando sus fríos ojos azules en los del tabernero.
—Veo que conoces la canción —comentó la chica.
Ghail comenzó a moverse, incómodo. Claro que la conocía, él mismo había compuesto la letra, pero no tenía intención de desvelarle a nadie los secretos que ocultaba.
—Mira, me da igual que seas la hija de algún noble ricachón —dijo el posadero—. Si has venido a causar problemas es mejor que te vayas.
Pero la joven no lo hizo. Avanzó más hacia el cuerpo enjuto del dueño del local, y entonces su expresión se endureció. La intensidad de la luz se volvió todavía más tenue, haciendo que muchos de los comensales dirigieran su mirada hacia el lugar de la conversación.
—¿Cómo entro en la cueva?
Un rayo acompañó la pregunta de la muchacha, iluminando brevemente el comedor. Tras un instante de vacilación, Ghail contestó:
—No sé de qué me hablas.
—Claro que lo sabes —replicó la muchacha—, y también sabes quién se oculta en ella.
Todos en la posada conocían la historia de la bruja de Bosquegrís, un recuerdo doloroso en la vida del tabernero y en la de muchos otros, cuyas hijas habían muerto a manos de aquella criatura. Los campesinos sabían que no había sido culpa del viejo tabernero lo que ocurriera en el pueblo, y aceptaban su parte de responsabilidad, su castigo por haber contribuido al nacimiento del mal que visitaba la aldea la primera noche de cada mes.
Mientras algunos de los vecinos abandonaban la posada, sabedores de que pronto habría problemas, Herriel, el hijo del herrero, saltó en ayuda del dueño del local.
—¡Eh, mocosa! Deja a Ghail en paz y lárgate antes de que te dé una tunda. Aquí había una buena fiesta montada hasta que tú llegaste.
La muchacha dirigió su vista hacia Herriel, que pronto empezó a arrepentirse de sus palabras. Cuando sus ojos se cruzaron, el joven herrero comenzó a temblar de manera incontrolada. Era alto, fuerte y de espalda ancha, pero en el momento en el que miró a aquella niña a los ojos, supo que iba a morir.
Ella se acercó lo suficiente para susurrarle al oído.
—Cuando tu alma regrese al ciclo de las ánimas, recuerda que fue Cyril quien te libró de tu cárcel de sentimientos.
Nadie pudo hacer nada para salvar al chico. En el silencio que bañaba el ambiente, todos pudieron escuchar el nombre de la muchacha: Cyril, la hija de los Runa, la responsable de la caída del sol.
Una nueva música envolvió la posada del viejo Ghail. Sollozos, gritos de horror y murmullos retumbaban en cada esquina del local. Sin embargo, ninguno de los allí presentes se atrevió a salir de la taberna. Todos habían observado como Cyril, aquella frágil dama de la que hablaban las leyendas, arrebataba la vida de Herriel. Le había puesto una mano sobre la cabeza y, antes de lo que tarda el viento en mecer las hojas de los árboles en otoño, el cuerpo del muchacho se había consumido.
La asesina del herrero volvió la mirada nuevamente hacia Ghail, que temblaba en el sitio, presa del pánico.
—Muy bien, te lo repetiré de nuevo. —La muchacha hizo una breve pausa—. ¿Cómo entro en la cueva?
El posadero, sin embargo, no respondió lo que ella quería oír.
—¡Puedes matarme si quieres! —escupió—. No te diré nada.
—¿De verdad crees que la muerte es lo mejor que puedo regalarte? —Cyril lanzó una carcajada. Después cogió un cuchillo de una de las mesas y avanzó hacia la cocinera—. Supongo que ésa debe de ser tu mujer.
Ghail intentó frenarle el paso a la joven que amenazaba la vida de su esposa, descubriendo al instante que no podía moverse: algo bloqueaba su cuerpo e invadía sus sentimientos más profundos atacándolos desde dentro. En aquel momento, recordó cómo había conocido a su mujer, el lugar donde se enamoraron y lo qué significaba ella en su vida. Como si una mano le estuviese estrujando el corazón, el viejo posadero comenzó a llorar mientras le gritaba a Cyril que parase, cosa que la muchacha no hizo. Fue la mujer de Ghail quien imploró a su hombre que le dijese la verdad a la asesina.
—¡Díselo Ghail, por favor! ¡Va a matarme! ¡Díselo!
La pobre mujer se derrumbó de rodillas en el suelo, llorando. Cyril llegó a su lado y, dedicándole una sonrisa al posadero, levantó el cuchillo.
—¡Sangre! ¡Necesitas sangre! —gritó Ghail, salvando la vida de su mujer en el último momento.
—Eso ya lo sabía —replicó Cyril con una sonrisa—, pero existen muchos tipos de sangre.
Con el corazón hundido e incapaz de controlar sus llantos, el anciano reveló a la hija de los Runa todo lo que necesitaba saber.
—Sangre de niñas vírgenes, pero no de cualquier niña. Tienen que ser guapas. Eso es lo único que busca, que sean hermosas para que ella pueda serlo.
Cyril recorrió con una mirada la posada. Ghail, al descubrir las intenciones de la joven, continuó desvelando lo que sabía.
—También sirve la sangre de los recién nacidos, o de aquellos que mueren durante el parto. La sangre la mantiene joven durante más tiempo —confesó el viejo con un hilo de voz.
En ese momento, un vaso se precipitó hacia el suelo estallando en mil pedazos.
Cyril dirigió su mirada hacia el lugar del que provenía el impacto, clavando su mirada en las manos que habían soltado el recipiente: las manos de Marie, la hija del posadero. Después de intercambiar una mirada con ella, la joven que había asesinado al herrero volvió a dirigir sus ojos hacia Ghail.
—¿De cuánto tiempo está? —le preguntó.
El viejo tabernero miró con incertidumbre a su hija, que se tocaba el vientre con ambas manos mientras asentía con la cabeza.
Cyril agarró con fuerza el cuchillo que sostenía y dijo:
—Los sentimientos os hacen débiles. Yo os puedo liberar de vuestro dolor.
Después avanzó hacia la hija del tabernero, dedicándole una sonrisa.

Comentarios

  • RohmanRohman Pedro Abad s.XII
    editado enero 2015
    Buenas Haskoz. Un trabajo excelente el tuyo como ya te comente en otro foro. Un saludo amigo y nos leemos!
  • HaskozHaskoz Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado enero 2015
    Rohman escribió : »
    Buenas Haskoz. Un trabajo excelente el tuyo como ya te comente en otro foro. Un saludo amigo y nos leemos!

    Muchas gracias Rohman!! En breves subiré los próximos capítulos ;)

    Nos leemooos!!
  • HaskozHaskoz Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado agosto 2015
    Fragmento del pasado

    —¡Tirad la puerta abajo!
    Los hombres del alguacil obedecieron, arrancando de cuajo las bisagras del batiente. Momentos antes, los vecinos del pueblo habían avisado a las autoridades locales de los gritos procedentes del viejo caserón que todos creían abandonado. Por ese motivo, Häzil, representante de la ley en aquella aldea, había acudido al lugar.
    Con el ulular de los búhos despidiendo el último rayo de sol, el alguacil y sus dos compañeros entraron en la casa, percibiendo al instante un extraño olor oxidado que se mezclaba con el polvo y la humedad, un olor único que pocas personas eran capaces de interpretar: el olor de la sangre.
    Häzil siguió las manchas carmesís que se extendían sobre las tablas que formaban el suelo, descubriendo el cuerpo de una mujer recostado sobre una de las paredes de la habitación. La señora tenía la mirada perdida y un pequeño corte en el costado, nada grave en apariencia, sin embargo, el alguacil supo que estaba muerta.
    Un sonido procedente del piso superior sacó al guardia de su ensimismamiento, quien, sin pensárselo dos veces, subió las escaleras mientras ordenaba a sus ayudantes que vigilasen la entrada. Cuando llegó arriba, otro cuerpo tendido sobre el suelo adornaba la estancia, pero no fue eso lo que hizo reaccionar al guardia, sino una pequeña chiquilla que gimoteaba asustada en una esquina de la habitación.
    Häzil se acercó a ella.
    —Tranquila pequeña, ya pasó todo. Estás a salvo.
    El alguacil estiró sus manos hacia la chica, la cual se encogió sobre sí misma, esquivando el cuerpo del oficial.
    —Apártate de ella. —Häzil se sobresaltó al escuchar una voz tras él. Cuando se dio la vuelta, un viejo envuelto en una túnica lo observaba fijamente—. La muchacha es mía —continuó el provecto—, me pertenece.
    —¿Cómo has entrado? —quiso saber el alguacil—. Mis compañeros estaban...
    —¿Vivos? —sugirió el anciano—. Ya me he encargado de eso. Ahora dame a la niña. Ella es una de los nuestros. —El viejo estiró un poco la cabeza, permitiendo que Häzil viera un extraño símbolo tatuado en su cuello.
    —Eres uno de los Runa —comprendió el guardia, asustado—. Pero, ¿qué interés puede tener alguien como tú en una simple niña?
    —El único interés que tenemos los míos —respondió el interpelado—: el resurgir de Cÿnaril, la ejecutora del mundo.
    Häzil retrocedió al escuchar el nombre de la diosa.
    Contaban las leyendas que Cÿnaril había dotado de vida al mundo junto a Naebra, su hermana gemela.
    Sin embargo, un día la divinidad descubrió los sentimientos que albergaba el corazón de la gente: cariño, odio, orgullo... Todo aquello hacía que se corrompiera el mundo que ella había creado. Los humanos mataban por poder, pero también lo hacían por amor. Apenada, Cÿnaril decidió arrancarles el alma, liberarlos de aquello que los hacía débiles, que los corrompía por dentro contaminando toda la creación. Aquellos primeros en perecer se convirtieron en Runa, hijos de la diosa carentes de sentimiento.
    Pese a todo, Naebra se volvió contra su hermana, ayudando a los humanos y derrotando a Cÿnaril, que juró regresar para llevar a cabo su cometido.
    El alguacil recordaba la historia cuando, sin darse cuenta, agarró la mano de la chiquilla que el viejo reclamaba. Sin tiempo de reaccionar, Häzil sintió una punzada en su corazón y se desplomó sobre la madera, muerto tras entrar en contacto con la pequeña. El Runa sonrió y se acercó a la niña, que lloraba sin saber qué era lo que había ocurrido.
    —Ven a mí pequeña. Tú nos darás el descanso. Tú nos librarás del sufrimiento, Cyril.


    NOTA: Puedes leer el relato completo desde el siguiente enlace. ayuda comentando y votándolo, pues participa en los Premios Wattys 2015 Lee completo: El corazón de a diosa

    Muchas gracias y nos leemoos!!
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