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No advirtió el color bermejo

Conde WaldsteinConde Waldstein Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado agosto 2013 en Poesía Épica
“No advirtió el color bermejo”

http://jrma1987.blogspot.com

Romance

No advirtió el color bermejo
de los cristales del alba,
cuando, exhalando un bostezo,
se asomó por la ventana,

sino el brillo del escudo
y el reflejo que, en la espada,
tiñó el color de la aurora,
cuando llega la mañana.

“Señora”, dijo el guerrero,
cuando, fuera de la vaina,
mostrando el rostro orgulloso,
quiso enseñarle la espada,

“por vos he de dar la vida,
y no ha de faltar el alma,
si es que da el alma, en el pecho,
más valor en la batalla”.

Tomó con esto el camino
y, partiendo a tierra extraña,
desde lo lejos sospecha
los suspiros de la infanta.

Y, al fugarse de los días,
escaparon las semanas,
si es el tiempo entre las manos
lo que en las redes el agua.

“¿No has de volver, caballero,
para mostrarme la espada
tinta en la sangre enemiga
que en las batallas derramas?

Pues defensor de mi reino
los mejores te llamaban,
o ya otros amores sirves
o es que has muerto en la batalla.

Si no vives, ya no hay vida,
mas, si algún amor abrazas,
vivirá mi pecho siempre
para encender su venganza”.

Así dijo la infantina,
que, con ser ella la infanta,
no escondió el mal de su pecho,
como niña enamorada.

Y, si rápido fue el tiempo,
porque lo son más las ansias,
en su alcoba, por las noches,
derramaba amargas lágrimas.

Y era su pecho tristeza,
y era e coraje en el alma
un puñal en cuyo filo
la muerte en vida encontraba.

Y los meses deslizaron
los años, cuando pasaban,
mas no olvidó los amores
de aquel joven de la espada.

Y al paje le dijo un día,
al alzarse, de mañana:
“Dile que vuelva, si vive,
de esa región tan lejana.

Dile que vivo esperando,
y, porque ahogada en mis ansias,
siento la sed del sediento
entre brocados y holandas”.

Tornó con recado el paje
del lugar de la batalla,
porque contra los infieles
se alargaba la batalla.

No cesaban los combates
y las trompetas sonaban
convocando en sus legiones
gentes valientes y bravas.

Y un mensaje del muchacho
le trajo a la niña clara
con bellas letras escrita
en que el amor declaraba:

“Quiera Dios que pronto acabe
esta guerra y torne a casa
y al corazón que yo adoro,
porque, preso en vuestra llama,

por vos he de dar la vida,
y no ha de faltar el alma,
si no es que el alma, en el pecho,
más valor da en la batalla”.

Y así sorprendió a la corte
con su llanto, emocionada,
la princesa, pues su llanto
se escuchaba desde el alba:

“Quiera Dios que pronto vuelva,
quiera Dios que su embajada
no diga mentira alguna
y que viva en la batalla,

que ha e volver a mis brazos,
donde estregará a su amada
el gran valor de su fuerza
y el vigor que arde en el ánima,

que, a fuerza de ser valiente,
sabe tenerme hechizada,
porque su amor es el mío
en esta dura batalla”.

Que así la infantina dijo,
calmando las duras ansias
de la espera del guerrero
que mostrar quiso su espada.

2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
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