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El Cuento de Yalain y el Viajero

DarsayDarsay Pedro Abad s.XII
editado marzo 2013 en Infantil y Juvenil
I


Fue el cuarto invierno, después de su llegada a aquellas tierras, cuando tuvo lugar el hecho más insólito que había vivido en esos últimos años.
La mañana se levantó gélida, e intuía que la estación iba a ser de las más frías.
La mujer se envolvió en sus gruesas pieles de tono azulado y salió a la puerta de la cabaña. Tras la fuerte nevada nocturna, el bosque amaneció completamente blanco y en silencio. Ni siquiera escuchaba el habitual canto de las aves. La fauna, normalmente muy activa el resto del año, permanecía refugiada en sus madrigueras. Sonrió.
Cualquiera sale con este frío, pensó.
Recogió varios leños como cada mañana e hizo un pequeño montón para la chimenea. En ese instante escuchó un fuerte alarido.
__ ¡¡¡Aaaaahh!!!
Alguien chillaba entre la maleza. Con el ceño fruncido, sujetó el nudoso bastón que había tallado y se alejó unos metros de la casa, observando a su alrededor.
Un hombrecillo, muy anciano a sus ojos, salió corriendo de detrás de un árbol completamente desnudo y agitando los brazos desesperadamente.
__ ¡Socorro! –volvió a gritar.
La mujer blandió el bastón, alerta. De entre la vegetación, una figura saltó y se subió en un tronco caído, olfateando y gruñendo. Era algún tipo de felino grande y corpulento, de grueso pelaje azul y seis patas que terminaban en una única garra capaz de destripar a cualquiera con un simple zarpazo. Abrió las fauces y rugió. Dos figuras más se asomaron tras unos arbustos, a ambos lados de la mujer. El anciano se arrastró a su lado, mirando con terror a las tres bestias.
__ Entra dentro, rápido –había visto varias heridas en el delgado cuerpecillo del viejo y comprendió que los animales estaban exaltados por el olor de la sangre.
Dio varios pasos hacia atrás sin perderlos de vista. Entonces, uno de ellos saltó, lanzándose contra la mujer. Esta giró sobre sus pies, esquivándolo, y lanzó un fuerte golpe al cuello del depredador, que gimió dolorido y se alejó entre la vegetación. Sus compañeros gruñeron, clavándole una enfurecida mirada.
__ No sois los primeros ni los últimos que intentáis cazarme, así que, ¡largo! –les exhortó esgrimiendo el nudoso cayado.
Refunfuñaron una vez más, y como si la hubieran entendido, o como si la conocieran, los animales desaparecieron entre el follaje.

__ Mi nombre es Zalus Fomkalen –se presentó el hombrecillo. Era un anciano de poco más de metro y medio, delgado y con unos ojos marrones muy oscuros. Con apenas unos mechones de pelo en la cabeza, tenía el rostro arrugado y una barba rala que caía sobre su pecho, sin embargo, entre las mantas y junto al fuego su piel macilenta había adquirido más color y se le veía reconfortado. Sujetó las manos de la mujer e inclinó la cabeza –Os doy las gracias, mi heroica damisela.
Sonriendo ante su forma de hablar, se fijó en un hermoso anillo, plateado y con una gran joya azul en su centro, que adornaba uno de sus delgados y retorcidos dedos.
__ A las mujeres siempre os llama la atención la bisutería ¿eh? ¿Cómo os llamáis?
__ Yalain. ¿De donde sales y porqué corrías desnudo?
__ Bien, mi dulce Yalain, respondamos a tus preguntas, es lo menos que te debo después de que salvaras mi escuálido trasero de esas bestias comeviejos.
__ Garnax.
__ ¿Cómo? –preguntó perplejo.
__ Las bestias, son garnax. Las llamo así por el ruido que hacen.
__ Gracias por la aclaración, muchacha. Bien, ¿por donde íbamos? Ah, sí. Como iba diciendo, mi nombre es Zalus Fomkalen, y soy un estudioso del cosmos. Un viajero errante que busca los secretos del universo. Hace poco, analizando las erupciones solares de las estrellas binarias sobre las que orbitáis detecté ciertas anomalías en una de ellas, anomalías que terminaron friendo el sistema de navegación, en ese momento –se calló al ver la desconcertada cara de la mujer –no estás entendiendo nada, ¿verdad?
__ Pues no –se sinceró Yalain.
__ Verás, caí a un lago no muy lejos de aquí, y cuando estaba secando mis ropas, esos tres garnaji, garnaja o como se llamen, me asaltaron y me persiguieron por medio bosque. La suerte fue encontrarme contigo.
__ ¿Caíste al lago? No eres de por aquí, ¿verdad? Hace tiempo que nadie viene por este lugar, salvo los animales.
__ Los animales y tú. ¿Cómo es que una mujer tan bella vive solitaria entre las bestias?
__ Llegué hace cuatro inviernos. Tras mucho deambular, encontré este rincón y me construí esta cabaña. Desde entonces vivo aquí.
__ ¿La construiste tú sola? Que hazaña.
__ No, me ayudaron. Un hombre que me salvó la vida me ayudó a levantarla antes de marcharse. De eso hace tres inviernos ya. ¡Dioses, como pasa el tiempo!
El viejo rió de nuevo. Tras estudiar detenidamente la cabaña y a la mujer que le había salvado la vida, se percató de que había llegado a un mundo algo atrasado. Debía tener cuidado con qué decir, o la mujer lo tomaría por loco.
__ Respondiendo a tus preguntas, no, no soy de por aquí. Vengo de muy lejos, y me temo que si no recupero mi…mi…mi carro, no podré marcharme.
__ ¿Dónde está?
__ En el lago –dijo apesadumbrado.
__ ¿Cómo pensabas recuperarlo? Lo mejor sería construir otro. Hay mucha madera por aquí, pero hasta que no pase el invierno va a ser una tarea muy dura.
__ ¿Madera? –el anciano rió a carcajada limpia, ante la confusa mirada de la mujer que lo observaba con el semblante serio –perdona, muchacha, pero es algo más complicado que eso. No tengo mucho tiempo, y me temo que no podré quedarme a ver pasar el invierno.
__ Pues entonces no sé cómo piensas marcharte. ¿Está muy lejos tu hogar?
__ ¡Uy! A un par de miles de años luz, muy, muy lejos, pero no es a mi hogar a donde me dirijo, sino a los confines del cosmos. Hay mucho que ver y descubrir, pero antes tengo que volver a ese lago. Tal vez pueda hacer algo, además, tengo que recuperar un objeto muy valioso para mí.
__ Quizá encuentre algo que te sirva de ropa. Está empezando a soplar el viento y habrá tormenta, así que tendremos que aguardar hasta mañana. Por la noche nos será imposible.
__ ¿Vienes conmigo? ¿Qué pasa por la noche?
__ No podría dejarte ir solo, los garnax son peligrosos, y más durante la noche. Son nocturnos.
__ Pues era de día cuando esos bichos querían comerme.
__ Sólo eran tres, por la noche salen todos. El invierno aquí es muy duro, sobretodo para los depredadores, por lo que son más peligrosos que nunca.
__ Bueno, sería un tonto si no hiciera caso de una nativa tan guapa –dijo guiñándole un ojo.
Yalain negó con la cabeza y sonrió. Era un hombrecillo extraño, pero hacía tres largos años que no hablaba con nadie, y lo necesitaba.
Preparó una sopa hecha de semillas y raíces y se sentaron junto al fuego. Fuera, la brisa se había convertido en una aullante ventisca, y poco a poco, comenzó a nevar. El viejo parecía maravillado.
__ Ahora que no me persigue ninguna bestia asesina, y aquí junto al fuego con este fabuloso caldo, me doy cuenta de lo impresionante que es algo tan simple como esto. Hace muchas décadas que no me sentía tan reconfortado. Es increíble estar rodeado de la naturaleza en todo su esplendor, pensé que nunca iba a volver a sentir esta paz y esta tranquilidad. El lugar del que provengo es un mundo ya marchito, donde la Madre Naturaleza ha sido doblegada y asesinada vilmente.
__ Hablas de un lugar que no conozco. ¿De dónde vienes realmente?
__ Verás, mi dulce dama, no voy a engañarte. A lo mejor te resulta algo complicado esto que te voy a decir, pero en realidad no soy de aquí, mi hogar se encuentra muy lejos, más allá de las estrellas.

Comentarios

  • DarsayDarsay Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2013
    Ella lo miró con el ceño fruncido, perpleja.
    __ ¿Cómo es eso posible?
    __ Mi carro tiene la capacidad de viajar por el cielo, lo que pasa es que se averió, y antes de que pudiera hacer nada, me estrellé aquí. El resto ya lo sabes.
    __ He visto esos artefactos antes, pero no sabía que podían ir tan lejos –señaló la mujer.
    Zalus se quedó boquiabierto.
    __ ¿Eh? ¿Dónde?
    __ Eso no importa, hace mucho de eso –Yalain bebió un sorbo del humeante caldo y desvió la vista hacia el suelo, ausente, recordando algún hecho pasado.
    __ ¿Te ocurre algo?
    __ Nada –dijo volviendo a mirarlo –háblame de tu mundo, ¿por qué decías que estaba marchito?
    __ Mi mundo natal se llama Lamara, un lugar que hace cientos de miles de años era un paraíso como este, pero ahora sólo es una roca muerta. A mi gente no le preocupaba lo que le estaban haciendo al planeta, sino cuánto podían sacar de él antes de que terminara de morir. Hace muchos años que salí de allí para recorrer el universo, y te sorprendería las maravillas que hay ahí fuera.
    __ Que gente más extraña. ¿Cómo pueden dañar su mundo sin preocuparles en absoluto?
    __ ¡Ay, Yalain! Sólo se preocupan de sí mismos. La sociedad de Lamara se ha vuelto más individualista con el paso de los años. Cada vez son más huraños, carentes de sentimientos, sin escrúpulos. Me cansé, damisela, me cansé de la hipocresía, de la falsedad, de la violencia. Acabé harto de mi propia gente y escapé. Decidí explorar y viajar, quería que mis últimos años tuvieran algún sentido.
    __ Creo que no podría vivir en un lugar así, ni con personas de ese tipo. Me conformo con mi pequeño rincón aquí, sin molestar a nadie y sin que nadie me moleste.
    __ Tienes una suerte abismal, Yalain. Conozco a muchos que matarían por encontrar un tesoro como este, para expoliarlo y dejarlo más seco que las lunas de Darania.
    __ No conozco ese lugar, pero entiendo qué quieres decir. Una vez conocí a alguien que me enseñó que debemos vivir en armonía con nuestro entorno. La naturaleza nos otorga presentes que debemos acoger con humildad y gratitud, pues es la madre de todos nosotros.
    __ Una piedra tiene más vida que esas lunas, y hablas con sabiduría, pero esa gente dejará así lugares como este si los encuentran. Hay muchos que han partido de Lamara en busca de rincones habitables y vírgenes, paraísos que sólo aparecen en viejas leyendas y mitos, sólo espero que no encuentren este. A mí en cambio me fascina descubrir los entresijos de la creación, los secretos del cosmos. Es una sensación abrumadora, maravillosa, ir viendo como poco a poco todas las piezas van encajando. Sé que no puedes comprenderlo, pero te aseguro que vale la pena.
    __ Habrá que buscar tu artefacto volador entonces –dijo la mujer mostrándole una cálida sonrisa –para que vuelvas a continuar tu gran viaje.
    __ Eres una mujer excepcional, ojala nunca desaparezca esa bella sonrisa de tu rostro, haces que este viejo vuelva a recuperar su fe en la raza humana –dijo el anciano cogiéndola de las manos –no cambies nunca.

    La tarde menguaba y poco a poco la noche se iba abriendo paso cubriendo el bosque con su manto.
    Yalain avivó el fuego de la chimenea echando varios troncos y extendió varias mantas en el frío suelo de madera, para que el hombrecillo pudiera tumbarse allí a descansar. Luego preparó una frugal cena y una infusión de hierbas.
    __ Es impresionante –dijo el viejo.
    __ ¿El qué?
    __ El simple hecho de verte preparando comida, Yalain. El olor del puchero recién hecho, las aromáticas hierbas al fuego. Todo es tan natural, todo proveniente de la tierra. Ahí está la grandeza, muchacha, no en la fortuna que acapares, o el poder que tengas sobre los demás. Una brizna de hierba puede ser lo más hermoso que puedas imaginar, y te aseguro que en algunos sitios pagarían una fortuna sólo por verla. Incluso el sonido del bosque, la vida que encierra, que late en su interior.
    __ La cabaña es grande, puedes quedarte aquí si quieres –replicó guiñándole un ojo.
    __ Me encantaría, pero tengo muchos secretos que descubrir –exclamó riendo.
    Cenaron en silencio. La mujer observaba, divertida, la cara de deleite que tenía el anciano, la graciosa mueca que se le dibujaba en el arrugado semblante a cada sorbo. Le caía bien el hombrecillo, y al mismo tiempo le sorprendía un poco. Dos personas tan iguales, y de lugares tan distantes, una gente muy extraña aquella.
    __ Zalus, tengo una pregunta que hacerte.
    __ Pregunta, mi grandiosa cocinera –le dijo mostrándole una sonrisa de oreja a oreja –si conozco la respuesta, la sabrás.
    __ Hace tiempo tuve la desgracia de toparme con una tribu, una larga historia que no quiero rememorar. Cuando intenté comunicarme con ellos ni los entendí ni ellos a mí, ¿cómo es posible que, siendo de tan lejos, podamos comprendernos sin problema alguno?
    __ Veo que usas esa cabecita, muchacha, muy perspicaz, me gusta. Es por esto –señaló mostrando su anillo –no pretendo aburrirte con una explicación técnica que no entenderías, pero básicamente es un traductor. No sabría explicarlo mejor para que lo entiendas.
    __ Lo he entendido. No tendrás más anillos mágicos de esos, ¿no? –bromeó sonriendo.






    II


    Poco antes del amanecer, Yalain y el viejo salían de la pequeña cabaña y se internaron en el nevado bosque. Zalus, cubierto por un gran manto de piel atado al cinto, suspiró profundamente y alzó la cabeza mirando decidido a su salvadora.
    __ Espero que esos comeviejos estén durmiendo ahora –soltó.
    Ella lo miró y rió por lo bajo. Se ajustó la correa del zurrón de cuero que cruzaba su pecho, se apoyó en el bastón y avanzó por el zigzagueante sendero. Todo permanecía en silencio. El viento mecía las ramas de los árboles, dejando caer la nieve acumulada.
    __ No te preocupes, Zalus, si no hacemos ruido no tiene por qué pasar nada.
    Cruzaron la foresta en completo silencio. La senda descendía hacia una profunda hondonada, giraba hacia el oeste y volvía a ascender. Se detuvieron junto a un manantial helado y se sentaron en unas rocas a descansar. El manto de terciopelo blanco que cubría el bosque sobrecogió al hombrecillo. Yalain observó con curiosidad su forma de acariciar las piedras, su deleite con la nieve derritiéndose entre sus dedos.
    __ ¿Sabes, Yalain? Esto me parece un sueño, el mejor que he tenido en mucho tiempo. En Lamara sólo nieva un día en todo el año, pero la nieve no es como esta, tan blanca, tan brillante, tan pura y perfecta. Allí es veneno, amarillenta y terriblemente mortal al simple contacto con la piel. He visitado muchos mundos, pero ninguno tenía la vitalidad que late en este.
    __ La verdad es que no puedo imaginar lo que debe sentirse viajando por el firmamento. Los ancianos de mi tribu nos enseñaban que el cielo era el hogar de los dioses, y que llegada la hora final de nuestros días, si hemos sido fieles y les hemos honrado en vida, éstos nos acogerían en su seno, entre las estrellas, y nos otorgarían una eternidad de paz y felicidad. Sin embargo, cada día que pasa me cuestiono si realmente es verdad o sólo son cuentos para niños –la mujer levantó la cabeza y entrecerró los ojos, como si pudiera atravesar el manto de nubes con la vista.
    __ ¿Qué te hace pensar eso, muchacha?
    __ La razón, Zalus. No creo que estemos aquí para adorar a ningún dios ni que debamos llevar una vida de sumisión. Es como una certeza que te nace del corazón, como si supieras realmente que nada de eso encaja en el mundo que te rodea. Creo sinceramente que estamos aquí tan sólo para vivir, y que cada uno es libre de creer en lo que quiera, pero esa fe es algo que debe descubrir uno mismo, no inculcarse como si fuera la única verdad absoluta. Cuando miro al cielo y veo a Jastro y a Pelonar me pregunto si verdaderamente son dioses que se sientan en sus tronos de fuego para darnos el calor que nos da la vida.
    __ No podría estar más de acuerdo contigo, y cuando lleguemos al lago, si podemos acceder a mi carro, te voy a enseñar algo que te sacará de dudas.
    __ Sigamos entonces –dijo la mujer sonriendo.

    Continuaron la marcha durante largo rato hasta que empezaron a ver el final de la densa foresta. El amplio claro se abría ante ellos, y en su lado oeste se levantaba un bajo cerro cubierto de nieve. El viejo le explicó que fue allí donde sufrió el ataque de las bestias. El terreno estaba sembrado de árboles muertos que rodeaban el congelado lago que había en el centro. Clavada en su helada superficie, una esfera blanca sobresalía varios metros por encima.
    __ Ese es mi carro –indicó Zalus con un gesto de alivio.
    Estaba a pocos metros de la orilla, incrustada en el fondo del lago.
    __ Es enorme –exclamó la mujer asombrada –¿cómo piensas sacar eso de ahí?
    __ Primero tengo que entrar y comprobar los daños, pero ahora en lo que pienso es en recuperar mi tesoro.
  • DarsayDarsay Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2013
    El hombrecillo presionó el hielo que cubría la superficie del lago, para comprobar su firmeza, pero la mano de la mujer lo detuvo.
    __ Si quieres llegar hasta allí mejor es ir arrastrándote lentamente, si vas caminando es posible que se rompa.
    __ Acostado repartes más el peso, sí, bien pensado, muchacha.
    __ Caí una vez, Zalus, y casi no salgo. Hay cosas que aprendes a las malas.
    Yalain sacó del zurrón una cuerda enrollada y le tendió a Fomkalen un extremo. Éste se lo ató a la cintura y le guiñó un ojo a la mujer. Ella amarró el otro extremo en un tronco cercano y lo siguió con la vista a medida que se acercaba a aquella cosa. Estaba pendiente del hielo, alerta. Cada vez que recordaba aquel funesto día en que casi murió ahogada y congelada, un temor la atenazaba por dentro y paralizaba sus músculos. Sacudió la cabeza alejando aquellos pensamientos cuando escuchó un fuerte zumbido.
    Zalus tocó la superficie con su temblorosa mano y esta se abrió de pronto. Una nube de vapor salió de su interior. El viejo estiró una mano y se agarró a la abertura, tiró hacia arriba y se impulsó, logrando agarrarse con la otra mano. Volvió a tirar y consiguió, tras un duro esfuerzo, caer dentro de la nave.
    Un golpe seco asustó a la mujer.
    __ ¿Estás bien? –gritó.
    __ Tranquila, sólo fue mi cabeza frenando la caída –exclamó al cabo de unos segundos.
    La mujer sonrió y aguardó allí, observando a su alrededor. Todo estaba silencioso, dormido. Mejor que siguiera así.
    Al cabo de un tiempo, la figura de Fomkalen surgió de las entrañas del artefacto con una bolsa en la espalda. A medida que se acercaba, la mujer vio su rostro extrañamente sombrío. Tiró de la cuerda ayudándolo a llegar y le dio la mano para que se incorporase.
    __ ¿Qué sucede, Zalus?
    __ Me temo que tendré que pasar aquí un tiempo, mi querida Yalain. Lo que hace que esta preciosidad se eleve en el aire está completamente destrozado, y no sé de donde voy a sacar lo que necesito para repararla –dijo cabizbajo.
    __ Lo siento mucho, tal vez se te ocurra algo, nunca debes perder la esperanza.
    __ La esperanza no sirve para nada en este caso. Necesito algo que no crece de los árboles, sin embargo te haré caso, ya se me ocurrirá algo. Ahora sentémonos, quiero enseñarte algo.
    __ Zalus, si no vas hacer nada más aquí, me gustaría que volviéramos. El día pasa rápido y las bestias salen temprano.
    No tuvo que convencerle. La sola mención de aquellos animales fue suficiente para que el propio anciano instara a la mujer a darse prisa.

    Algunas horas más tarde estaban en la cabaña resguardados del frío del exterior y sentados junto a la chimenea. El viejo sacó un objeto rectangular de un tono pardusco.
    __ Esto es un libro, mi dulce heroína. En él escribo todos mis descubrimientos, mis pensamientos, mis alegrías y mis penas.
    __ ¿Es lo que me querías enseñar?
    __ Hoy me dijiste que cuando mirabas al cielo no creías que tus dioses fueran realmente lo que pensabas. Lo que voy a enseñarte cambiará la concepción que tienes sobre todo lo que nos rodea –explicó Zalus cogiéndole las manos –, pero prométeme que no te vas a asustar.
    __ ¿Por qué iba a asustarme la verdad?
    __ Porque a veces la verdad puede ser dolorosa, y más cuando hace temblar los cimientos de nuestras propias creencias.
    __ No te preocupes, soy una mujer fuerte y de mente abierta. He visto cosas que muchos tildarían de milagros, pero la naturaleza es milagrosa ya de por sí y todos formamos parte de ella. Nos guste o no debemos aceptarla, y tengamos las creencias que tengamos, nada nos acercará más a la Madre que su propia verdad.
    Fomkalen sonrió y le dio unas palmaditas en las manos.
    __ Bien. Veamos por donde empiezo.
    __ Jastro y Pelonar.
    __ ¿Qué?
    __ Los gemelos de fuego.
    __ Ah, si. Verás, me temo que no, no son realmente dioses, son estrellas.
    __ ¿Estrellas? ¿Cómo las que brillan por la noche?
    __ Exacto. Lo que pasa es que esas las ves tan pequeñas porque están muy lejos, pero son enormes. Muchas de ellas forman parte de lo que en Lamara llamamos sistemas planetarios, como el caso este, mundos que giran alrededor de estrellas.
    __ Eso no lo he entendido. ¿Dices que giramos alrededor de los soles?
    __ Sí, aunque no te das cuenta de ello, sin embargo parece que es el sol el que se mueve por el cielo. Es algo complicado de explicar, Yalain, hay gente que dedica su vida a estudiar el cosmos sin llegar a descubrir más que una ínfima parte de él, como un grano de arena en un desierto. Observa, querida.
    El anciano abrió el libro y le enseñó una imagen. En ella se veían dos esferas enormes incandescentes en un vacío negro.
    __ Te presento a tus dioses, dos de las estrellas más grandes que había visto.
    La muchacha se fijó en un pequeño punto azul que flotaba cerca de ellas.
    __ ¿Esto es otra estrella? –preguntó señalándolo.
    __ No, ese pequeño punto es este mundo, y forma parte de un grupo de siete que gira alrededor de estos soles.
    __ ¡Sagrada Madre! Si antes me sentía insignificante, ¡ahora mucho más! Todo es tan… inabarcable…
    __ Sí, mi dulce heroína, somos una mota de polvo en la vastedad del universo, más pequeños aún.
    __ Esto lo cambia todo, Zalus –dijo la mujer.
    Se quedó pensativa unos instantes, con la vista perdida en las llamas. Todas las historias que le habían contado, todo lo que ella daba por hecho, lo que su gente creía saber del mundo, nada de aquello era real, sólo fantasías de quienes no sabían o no tenían explicación para muchas de las cosas que los rodeaban. Ahora se daba cuenta de que había vivido en una mentira, en una ilusión.
    __ Espero que no para mal.
    __ Todo lo contrario. Ahora siento algo que nunca había sentido antes. Siempre había aceptado los viejos cuentos de los ancianos de la tribu, ahora me doy cuenta de que realmente hay más, ¡mucho más!
    __ ¿Qué es lo que sientes? –interrogó el hombrecillo.
    Por un momento se arrepintió de lo que había hecho. Las mentes primitivas no estaban preparadas para que su realidad fuera desbaratada por la verdad, pues en su necesidad de dar respuesta a todo cuanto les rodeaba, acudían al misticismo y a la religión.
    __ Curiosidad, Zalus, lo que siento curiosidad. Quiero saber más.
    El anciano sonrió aliviado. Aquella mujer era verdaderamente excepcional, y si tenía que quedarse en aquel mundo, moriría feliz sabiendo que había encontrado a alguien afín a él después de todo.
  • DarsayDarsay Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2013
    III


    Los días fueron pasando y con ellos las semanas. La convivencia entre el anciano y la mujer fue forjando una bonita amistad. El viejo Fomkalen intentaba responder a la cantidad ingente de preguntas que se le ocurrían a la muchacha, le explicó también que formaban parte de una galaxia descomunal, en la que Jastro y Pelonar no eran sino dos de las miles de millones de estrellas que la formaban, y aquello la sobrecogió. A su vez, ella le enseñaba los rudimentos de la vida en el bosque. Aprendió a seleccionar las mejores hierbas para infusiones, a diferenciar setas venenosas de las comestibles, a reconocer plantas curativas y aprender sus diversos usos. Asistió al alumbramiento de una hembra de garnax, y se quedó profundamente maravillado ante la ternura y la belleza del acto en sí.
    Yalain lo ayudó a trepar a una rama baja de un grueso árbol para poder presenciarlo, pues le advirtió sobre lo peligroso de acercarse.
    Vieron la recolección exhaustiva de frutos secos por parte de una pareja de roedores, o algunos mamíferos pequeños que reforzaban sus madrigueras con todo tipo de ramitas. Aquella fue toda una experiencia para el anciano, algo que nunca olvidaría.
    Un día, la mujer lo llevó hasta una trampa que había construido con un viejo amigo, un gran agujero en la tierra cubierto por ramas y prácticamente invisible. Le contó cómo había sido presa de una tribu que se había aprovechado de su ingenua adolescencia para hacer de ella su comida, y cómo en el momento final aquel hombre la había salvado.
    __ Fue quien te ayudó con tu cabaña, ¿no?
    __ Así es.
    __ ¿Te puedo preguntar algo personal, mi dulce salvadora?
    __ Claro, pregunta.
    __ ¿Cómo llegaste a parar aquí?
    __ Escapé de mi hogar. Mi padre quería entregarme a un jefe tribal para unir nuestros clanes y formar uno mayor. No me gusta que nadie decida sobre mi propia vida, Zalus, nadie debería hacerlo, pues nos quita la libertad de elegir, una libertad con la que nacemos y que se nos arrebata impunemente por aquellos que piensan que están por encima del resto. ¿Quién les da ese derecho?
    Fomkalen estaba escandalizado. Miró a Yalain con cierto respeto, orgullo y a la vez pena. Aunque ella no lo admitía ni hablaba del tema, Zalus supo que no lo había pasado muy bien.
    __ Te comprendo –asintió, viendo el furor en los ojos de la mujer, y por un instante lamentó haberle hecho aquella pregunta –ahora eres libre y tienes todo un bosque para ti –intentó aplacarla.

    Yalain le enseñó a preparar cebo y a cazar. Él mismo logró atrapar un animal en aquel hoyo, una presa que les brindó la mejor cena que había probado nunca, incluso aprendió a limpiar y preparar la carne, bajo la orgullosa mirada de la mujer.
    __ Aprendes con rapidez, Zalus.
    __ Tengo la mejor maestra –respondió con una resplandeciente sonrisa.

    Una mañana, después de que una tormenta de nieve castigara el lugar durante casi tres días, salieron a buscar agua al cercano río y a recoger más leña para el fuego cuando un fuerte zumbido llegó hasta sus oídos. Confusa, Yalain miró a su alrededor.
    __ Maldita sea, no puede ser –profirió el viejo, el claro sonido de una nave entrando en la atmósfera lo puso sobre aviso.
    __ ¿Qué sucede?
    __ Creo que me han encontrado –dijo señalando al nublado cielo.
    Yalain levantó la vista y vio una estela de humo que se dirigía hacia el lago.
    __ ¿Qué es eso? –preguntó inquieta.
    __ Será mejor que vuelvas a casa. No quiero meterte en problemas.
    __ No voy hacer tal cosa. ¿Quién te busca?
    __ Alguien terrible. Pensé que nunca me encontraría tan lejos.

    Desde el puente de mando, Varnel Kalan, capitán de la Estrella de Lamara, se maravilló ante la visión del mundo al que había llegado. Nunca en su vida había visto semejante vergel, bosques, praderas, ríos…
    Con cierto agrado comprobó que la naturaleza era la reina absoluta de aquel mundo y sonrió.
    Al menos queda un lugar en la galaxia donde crecen hojitas verdes, pensó.
    __ La señal está cerca, capitán –dijo su operador de radar situado a un lado.
    Toda su tripulación estaba incluso más exaltada que él, sobretodo los más jóvenes, pues nunca en su vida habían sido testigos de la maravilla de la naturaleza. Su mundo natal era un planeta moribundo, una roca contaminada y explotada, habitada por cientos de miles de millones de personas, en la que ya no crecía nada. Incluso los océanos, antaño grandes fuentes de vida, eran mares muertos y tóxicos, vertederos donde las grandes industrias arrojaban impunemente sus venenosos desperdicios.
    La Estrella de Lamara, una estilizada nave de transporte, se posó suavemente en la orilla del lago helado, haciendo rechinar levemente sus amortiguadores. La compuerta trasera se abrió con un fuerte zumbido y se desplegó una pasarela hasta el suelo. En la misma entrada, el capitán aspiró profundamente el aire gélido que soplaba.
    __ Mi capitán –dijo uno de sus hombres a su espalda –no capto el localizador de Fomkalen. Debe estar lejos de aquí.
    __ O está muerto, o consiguió salir de alguna forma de su vehículo. En cualquier caso debemos comprobarlo. Hay que sacar la nave de ahí, encárgate Darnyl.
    Cuando su subordinado hubo desaparecido, Varnel se permitió el lujo de olvidarse de todo y descendió por la pasarela. Se quitó los guantes y se agachó, cogiendo un puñado de nieve. Su gélido tacto lo reconfortó de una manera como nunca creyó.
    Levantó la vista y se topó con unos ojos curiosos. Aquel animal tenía un hermoso pelaje azul moteado de pequeñas manchas púrpuras y unos relucientes ojos naranjas brillando con luz propia. Su alargado hocico olfateó el aire, gruñendo. Maravillado como estaba ante aquella majestuosa visión, no se percató de sus seis patas encogiéndose en el suelo, preparándose para saltar. Cuando se dio cuenta de sus intenciones, ya era demasiado tarde. El animal dio un gran salto y cayó sobre él. El capitán de la Estrella de Lamara cerró los ojos, aterrorizado, cuando las fauces se cerraban sobre su cuello.

    Yalain se acercó al lago lo más sigilosa que pudo. Zalus la seguía a varios metros por detrás, mirando de un lado a otro, esperando ver aquellas bestias en cada recodo, detrás de cada arbusto. Su corazón latía desbocado del terror que lo atenazaba.
    Cuando llegó al linde del bosque, la mujer se escondió tras un grueso árbol y trepó a una sólida rama.
    Escuchó de pronto un estruendo ensordecedor que casi la desequilibró, pero consiguió aferrarse a ella. Sentada arriba, asustada, hizo una señal al hombrecillo para que se detuviera.
    Había tres personas embutidas en unos extraños ropajes oscuros que portaban unos artefactos en sus manos. Uno de ellos ayudaba a un cuarto a levantarse, que se frotaba el cuello con un ligero atisbo de alivio en su semblante. A los pies de este último había un garnax, con un enorme agujero en el lomo del que salía un denso y oscuro humo. La sangre manchaba la nieve, mancillándola.
  • DarsayDarsay Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2013
    Hablaban una lengua extraña, pero no le hizo falta saber qué decían. Dos de aquellos hombres se acercaron al animal y lo levantaron en vilo, introduciéndolo en las entrañas de aquella mole plateada.
    Los otros dos miraban a su alrededor. Uno de ellos examinaba un objeto que llevaba en las manos y señaló con un dedo en su dirección.
    Saltó y corrió lo más agachada que pudo hacia donde le esperaba el anciano.
    __ ¡Vienen hacia aquí, Zalus!
    __ Los malditos están rastreándome. Esa bruja seguro que me ha puesto algún tipo de localizador.
    __ ¿Quieres decir que saben dónde estás en todo momento?
    __ Más o menos. Ten mi anillo, los despistaremos.
    __ ¿Quién es esa de la que hablas?
    __ El ser más perverso que ha parido el universo –afirmó con el rostro lívido –mi hermana.

    __ Quiero que me lo traiga, capitán Kalan. No he recorrido media galaxia para perderlo ahora que está al alcance de mi mano –dijo una rechoncha mujer. Llevaba un grueso cabello pelirrojo recogido en un moño alto muy elaborado. Brillantes collares adornaban su grueso cuello, y vestía un largo traje, muy ajustado, de un vivo tono amarillo.
    Varnel miró hacia lo alto de la pasarela y asintió.
    __ Lo traeremos sano y salvo, no se preocupe.
    __ Por su bien espero que sea así. Y no tarde, no quiero pasar más tiempo del necesario en este estercolero.
    Hizo llamar a tres más de sus hombres y se encaminaron hacia el interior del bosque.
    __ Comprobad las armas y estad alerta –dijo encabezando la marcha.
    El bosque se abría ante ellos, silencioso, apacible. El viento aullaba entre los árboles, como un melancólico lamento ante la intrusión de los extraños en aquel insólito paraje.
    __ Capitán, cuando me licencie voy a venir aquí a retirarme, esto es increíble –dijo uno de sus subordinados completamente exaltado.
    __ Por el bien de este mundo, espero que no –respondió Varnel sonriendo.
    Sus soldados rieron por lo bajo.
    Escucharon un ruido en unos arbustos a unos metros de ellos, y se detuvieron. Alzaron sus armas de fuego y aguardaron, temerosos.
    __ Señor, la señal proviene de ahí delante –susurró otro de sus hombres.
    Entonces, ante el asombro de los cinco hombres, una hermosa mujer envuelta en pieles apareció detrás de un árbol, apoyada en un bastón de madera.
    __ ¿Y tú de dónde sales guapa? –exclamó uno de ellos bajando su arma.
    __ Silencio Klaid –cortó Varnel.
    __ Fomkalen –dijo la mujer. Después echó a correr perdiéndose en la espesura.
    __ ¡Eh! –gritó el capitán –tras ella muchachos.
    Corrieron detrás de la nativa entre la molesta maleza. No estaban acostumbrados a aquel entorno, tropezaban con las rocas, chocaban con árboles, maldecían y refunfuñaban.
    Cuando la alcanzaron, la mujer estaba esperándolos en lo alto de una rama.
    Las cinco armas la encañonaron.
    __ ¡Fomkalen! ¿Dónde está? –gritó Varnel acercándose con paso cauteloso.
    Sin dejar de apuntar, sus hombres lo siguieron a escasos pasos de distancia.
    __ ¡Fomkalen! –profirió la mujer señalando un pequeño montículo de piedras bajo ella.
    Con el ceño fruncido lo miraron extrañados.
    __ Tiene que haber un error, capitán.
    __ Lo sé –cuando volvió a mirar a la mujer, ésta había desaparecido.
    Se acercaron sin dejar de mirar a su alrededor.
    Es imposible que esté muerto, pensó el veterano capitán.
    Unos metros antes del montículo, la tierra se abrió bajo ellos y los engulló.


    IV


    __ Capitán Kalan –dijo el hombrecillo desde lo alto del agujero –no esperaba verle a usted aquí.
    Varnel y sus hombres habían caído en un profundo hoyo cavado en el suelo. Miró a su alrededor, buscando algún asidero por el que trepar, pero alguien lo había trabajado a conciencia.
    __ Presidente Fomkalen, debe volver con nosotros. Su hermana está preocupada por su bienestar y su pueblo desea que regrese a casa –dijo colgando su arma al hombro.
    __ Se equivoca, capitán. Mi hermana sólo se preocupa de su gordo trasero, y si ha venido hasta aquí, significa que ha dilapidado mi patrimonio. Y a mi pueblo le importa un comino lo que me pase. No voy a volver, quiero reparar mi nave y marcharme lejos.
    __ Su nave está siendo transportada ahora mismo a la Estrella de Lamara, Presidente. Debe sacarnos de aquí y volver con nosotros. Entiendo como se siente, pero es vital que regrese. Zofelia Fomkalen no debe seguir en el poder. Hay más hambre y miseria que nunca, los impuestos son abusivos, no hay trabajo y la gente muere a diario.
    __ ¿De qué está hablando, capitán?
    __ Es cierto, Presidente –corroboró el soldado Klaid –la fortuna que se embolsan los políticos es inaceptable y totalmente injustificada, la clase trabajadora cobra menos que nunca y trabaja más, y si se quejan de la injusticia que viven son echados a la calle. El Estado Bancario tiene el control absoluto sobre Lamara, y está a punto de estallar una revolución. No puede abandonar a su gente. Incluso los hay quienes piensan que usted está muerto y que ha sido su hermana la culpable de todo lo que pasa.
    __ ¿Por eso viene Zofelia? ¿Para pedirme que arregle su estropicio?
    __ Me temo que nadie la quiere allí. La situación es insostenible, Presidente, por favor, venga con nosotros –suplicó Varnel.
    __ ¿Cómo me habéis encontrado? ¿El anillo?
    __ ¿Qué anillo? Rastreamos la señal de su nave y la de su localizador personal, Presidente Fomkalen, el que lleva implantado bajo la piel del brazo –explicó el capitán Kalan ante el desconcierto del anciano –por su cara veo que su hermana no le dijo nada. Sáquenos de aquí, y yo mismo le llevaré ante ella.
    __ ¿Has oído, Yalain? –preguntó el hombrecillo girando la cabeza.
    La mujer que los había atraído a la trampa se asomó junto al anciano y los miró con el ceño fruncido.
    __ ¿Tú que dices, mi fabulosa heroína? ¿Debería volver a un mundo moribundo a intentar arreglar algo irreparable?
    __ Mi padre me enseñó que un buen jefe se asegura de que a su tribu no le falte de nada, que vivan lo más dignamente posible, con honestidad, trabajo y esfuerzo, todo se consigue. Nadie debe sufrir bajo el yugo de otros, la compasión y el amor deben regir en todos nuestros actos, y así ver con nuestros propios ojos que todos somos hermanos, que formamos parte de un todo y que si dañamos a otros, estamos dañándonos a nosotros mismos. Nuestro deber es cuidar de los nuestros. Eres el líder de tu pueblo, creo que debes escuchar a tu corazón y ser fiel a él, pues es nuestro mejor consejero. Pienso, Zalus, que tu gente te necesita más de lo que piensas.
  • DarsayDarsay Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2013
    Todos se quedaron boquiabiertos. No sólo porque aquella primitiva mujer hablaba a la perfección su idioma, o porque ella sola atrapó en una trampa para animales a una escuadra de soldados armados y preparados, sino porque con una simplicidad abrumadora les hizo sentirse insignificantes.
    Varnel, pese a toda la experiencia acumulada en sus treinta y cuatro años como capitán, a pesar de todos sus conocimientos, de todos los avances tecnológicos de los que se vanagloriaba su civilización, de su poder, aquella muchacha envuelta en pieles y apoyada en un sencillo bastón de madera hizo alarde de una sabiduría que pensaba extinta. Unos honorables principios que alimentaban sus propios ideales, los que impulsaron su carrera cuando no era más que un muchacho soñador.
    Aquella mujer, desde una humildad rayando lo extremo, les dio una lección a todos ellos que nunca olvidarían.
    __ Creo que tienes razón, tengo un deber que cumplir con mi gente –dijo el hombrecillo sentándose en una roca, pensativo –ayúdalos a subir, por favor, Yalain.

    Ya arriba la miraron con otros ojos. El soldado Klaid inclinó la cabeza respetuosamente y le dedicó una cálida sonrisa cuando ella le tendió la mano para ayudarlo a subir. Sus ojos parecían sumamente agradecidos.
    Por un momento se ruborizó.
    Los guió a través del bosque hacia el lago helado por un serpenteante sendero, seguida por Zalus y Varnel. El trayecto lo hicieron en completo silencio, pero notaba las miradas de aquellos hombres clavadas sobre ella.
    Al poco, el claro se abría ante ellos. Yalain se quedó impresionada y maravillada cuando vio de cerca la Estrella de Lamara, y se detuvo contemplando aquel descomunal artefacto con los ojos desorbitados.

    Entonces, una escandalosa y aguda voz surgió del interior de aquella mole:
    __ ¡Zalustianus Fomkalen! ¡¿Qué demonios significa esto?!
    Cuando Yalain vio aparecer a la regordeta mujer no pudo reprimir una risita.
    Los presentes se miraron unos a otros, con un ligero atisbo de temor en sus rostros.
    Zofelia Fomkalen descendió torpemente por la pasarela envuelta en un largo abrigo rojo chillón, y cuando vio a su hermano de cerca, sucio y harapiento, su semblante enrojeció de ira.
    __ ¡Desapareces sin dejar rastro y me dejas preocupándome por ti! ¡Después de tantos años buscándote te encuentro en esta pocilga, en la otra punta de la galaxia, vistiendo como un mendigo y copulando con rameras prehistóricas! ¡Ahora mismo vas a volver a casa, no pienso aguantar ni un minuto más en este apestoso lugar!
    __ Aquí solo hay una cosa que apesta, Zofelia, y esa eres tú –replicó el hombrecillo acercándose a su hermana –se acabó. Capitán, que escolten a esta señora a su cabina y que no salga de ahí. No quiero verla en mi presencia hasta que yo lo diga.
    __ ¡¿Qué?! ¡No te atreverás, viejo carcamal! –gritó la mujer escandalizada.
    Siguió chillando y pataleando mientras dos de los soldados la arrastraban al interior de la nave.
    __ Lamento que hayas tenido que ver esto, Yalain.
    __ No lamentes nada, presidente Fomkalen –respondió riendo la muchacha.
    El anciano se agarró a su brazo, feliz.
    __ Ven, te enseñaré la Estrella de Lamara.
    __ Ten, Zalus, tu anillo. No vayas a olvidarte de él –le dijo.
    __ Considéralo un regalo, mi dulce heroína. Me he desentendido de los problemas de mi pueblo, y me espera una ardua tarea que me llevará el resto de mis días. Ya no lo necesitaré más, y quizá tú le des mejor uso. Es una baratija, pues a ti te debo la vida.
    __ Eres amable y acojo tu presente con gratitud. Quería dártelo antes, pero pensé que era mejor saber primero si pensabas quedarte o marcharte.
    __ ¿El qué?
    __ Yo también tengo un regalo para ti –dijo la mujer tendiéndole su inseparable zurrón de cuero.
    Fomkalen lo abrió extrañado y sacó dos pequeñas bolsas que había en su interior. Al abrirlas, sus ojos se abrieron de par en par.
    __ Esto no es un regalo, Yalain –exclamó cogiendo una de las manos de la mujer y besándola –¡es un tesoro!
    __ Sólo son unas semillas, un poco de tierra y un puñado de hierbas para tus infusiones. Rezaré a la Madre para que las semillas crezcan fuertes.
    El viejo, profundamente feliz, la abrazó con ternura y gratitud.
    Le mostró la nave ante el asombro de la mujer, una gigantesca bestia de metal que podía viajar a las estrellas. Cruzaron varios pasillos y llegaron a una bodega de carga. La gran esfera blanca colgaba de varios cables de sujeción en el centro de la amplia estancia, chorreando agua aún.
    __ Mi carro –señaló guiñándole un ojo.
    Una cierta nostalgia la poseyó, un sentimiento que creía enterrado y olvidado. En muchas ocasiones pensaba en la vida que dejó atrás, y aquel anciano encantador le recordaba en cierta manera a su padre, del que no sabía nada desde que se fue hacía ya cuatro inviernos.

    El día llegaba a su fin cuando comenzó a nevar. El anciano obligó a toda la tripulación de la Estrella de Lamara a dejar lo que estuvieran haciendo para presenciar aquel milagro de la naturaleza. Los hombres y mujeres bajo su mando salieron al exterior y extendieron los brazos mirando al cielo, maravillados.
    __ Un copo de nieve es la obra más perfecta de la creación –explicó Zalus –. Observad la majestuosidad de todo cuanto os rodea y recordadla, la belleza de la Naturaleza no tiene precio ni comparación.
    Yalain vio con agrado las caras sonrientes de aquellas personas, felices, y ese hecho la reconfortó de alguna manera. Por un momento olvidaron sus preocupaciones, alejaron de sus mentes todo aquello que les entristecía, y por una vez se sintieron libres de todo el pesar que llenaba sus vidas.
    Poco a poco se formó una tormenta de aguanieve que los obligó a refugiarse en el interior de la nave, pero reían contentos.
    El anciano se acercó a la mujer y se agarró de su brazo, sonriendo.
    __ Son como niños.
    __ Me gusta ver sus rostros –exclamó Yalain –la sincera felicidad que los envuelve reconforta mi corazón.
    __ Y a mí. Me hace ver que aún hay tiempo, que no todos han caído al corrupto abismo en el que vive la mayoría, aún hay esperanza.
    __ Siempre hay esperanza, Zalus, si dejas de verla es que ya te has rendido.
    __ Me encantaría que vinieras conmigo, mi sabia heroína, me gustaría que le dijeras esas mismas palabras a mi pueblo, pero temo que sería en vano.
    __ Tú eres su jefe, tu tribu te necesita a ti, y sé que los guiarás por una buena senda. Mi lugar está aquí, dudo que encajara en tu mundo, Zalus, pero agradezco tu oferta.
    __ No, Yalain, no encajarías. Eres una persona excepcional, la sociedad de Lamara aún no es digna de merecerte, no te entenderían como yo lo hago. Pero te aseguro una cosa, voy a luchar por el cambio, forjaré un nuevo futuro para mi gente.
    La mujer sonrió y asintió. Iba a echar de menos al anciano hombrecillo, y guardó un rinconcito en su corazón para él. Nunca lo olvidaría.
  • DarsayDarsay Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2013
    Horas más tarde, ya noche cerrada, los preparativos para la partida habían finalizado. Invitaron a la mujer a una suculenta cena, que aunque a ella le encantó, el viejo se había disculpado por la falta de ingredientes naturales, todo fabricado, todo artificial. Sin embargo, ella no le dio mayor importancia y agradeció profundamente su hospitalidad.
    Fomkalen le pidió que se quedara con ellos aquella noche tormentosa, a lo que accedió con gusto. El habitáculo que le ofrecieron era reconfortante y cálido, pero pequeño y opresivo. No obstante, lo que más le fascinó fueron las duchas. Una mujer vestida de uniforme la llevó hasta los aseos y le enseñó a utilizar los distintos mandos que controlaban la caída del agua y su temperatura con una radiante sonrisa. Fue el mejor baño que se había dado nunca, acostumbrada al agua gélida del lago.

    A la mañana siguiente, Zalus acompañó a su invitada al exterior, después de que todos los tripulantes de la Estrella de Lamara se hubieran despedido de ella con respeto y una profunda gratitud, aunque ella no entendía bien porqué.
    Caminaron juntos hasta el linde del bosque mientras la nave encendía sus motores y se preparaba para el despegue.
    __ Nunca olvidaré estas semanas contigo, Yalain. No sabes el bien que le has hecho a este viejo, y nunca podré agradecértelo como te mereces.
    __ No se da pensando en recibir, sino queriendo compartir. No tienes que agradecerlo. Y yo tampoco te olvidaré, Zalus, espero que tu mundo renazca y que tengas una vida feliz –la mujer lo abrazó y besó sus mejillas.
    __ Eres sorprendente, mi dulce heroína, hasta en la despedida tienes una lección que darme –dijo sonriendo el anciano –si no te importa, utilizaré esas palabras como lema a partir de ahora. Te voy a echar de menos, a ti y a tus maravillosos caldos de hierbas, mi querida Yalain.
    Fomkalen besó las manos de la mujer y la miró con los ojos enrojecidos y tristes.
    __ Adiós, mi buen Zalus, cuídate mucho.
    __ Adiós, mi heroica reina de los bosques.

    Apoyada en un tronco, Yalain se secó las lágrimas mientras observaba la mancha plateada que se perdía en el cielo. Con paso lento, se encaminó apesadumbrada por el sendero que la conducía a casa. Se había acostumbrado a la presencia del anciano.
    __ Qué raza más rara –dijo una voz de pronto.
    La mujer miró hacia los lados, perpleja, pero no vio a nadie. Confusa y con el ceño fruncido pensando que había sido su imaginación, detuvo su mirada sobre una pequeña lechuza que la observaba frente a ella con sus enormes ojos, posada en una rama.
    __ No me mires así, es verdad, sois una raza extraña –replicó el animal.
    Asustada creyó estar perdiendo la cordura, pero se percató del leve resplandor del anillo de Zalus. Abrió los ojos de par en par y rió a carcajada limpia. Luego volvió a mirar a la lechuza, feliz.
    __ ¡Puedo entenderte! –exclamó asombrada.
    __ Ciertamente es una raza de lo más extraña –volvió a decir antes de marcharse volando.
    Yalain la siguió con la vista hasta que se perdió en el negro cielo y sonrió.
    Todo había cambiado, ya nada volvería a ser igual, y con la sonrisa aún en el rostro entró en la cabaña, cerrando la puerta tras de sí.

    FIN
  • DarsayDarsay Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2013
    Qué os ha parecido? Sé que aún tengo mucho que aprender, agradecería cualquier tipo de crítica. Un saludo a todos!
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