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Fantasía con Diablillos.

editado junio 2013 en Infantil y Juvenil
Fantasía con Diablillos.


Los diablillos rojos tenían dos cuernecitos verdes y los diablillos verdes tenían dos cuernecitos rojos. La colita era una pequeña serpiente, con una lengüita viperina y bífida. Tenían dos alitas de murciélago, ya digo que eran unos incubitos preciosos, y llevaban un tridente de oro. Colgaban de las notas de un clavicordio violeta. El clavicordio exhalaba las notas con fiebre, como una rosa su perfume. La rosa tenía gotas de rocío. En cada gota de rocío había un cisne de cristal, cada cisne con el pico azul. En la partitura cascabeleaban diez mil caballitos marinos de ambar. El tridente de los diablillos brillaba áureo y sincrónico con las notas anaranjadas del diapasón submarino. El clavicordio estaba en una habitación llena de potos gigantescos, era el invernadero majestuoso de un loco. Sonaba solo, que nadie lo tocaba, bueno, no, lo tocaba yo, pero no se lo digais a nadie, porque yo soy la partitura y la música escrita por otras fuentes remotas, por otros pergaminos, y en otros jeroglíficos reseñada. Del clavicordio violeta surgían las pompas de jabón, en cada pompa un diablillo. O rojo, o verde. De vez en cuando surgía un diablillo amarillo, tan amarillo y tan dorado que ardía y se evaporaba, como una centella en el aire. Los diablillos tenían los ojos rosas, fucsias, eran unos satánicos de discoteca, y tenían el glamour de las lentejuelas de los trajes de los travestis. En la atmósfera pasaba una Norma Duval de fantasía, toda llena de plumas de nieve, tan fría y tan blanca como una Suiza en fiestas, o de cenizas de plata envejecida. Y el clavicordio desprendía diez mil lágrimas de ámbar fundido, las burbujitas del champán Freixenet, aunque en una sombra lejana, en un ángulo oculto a la fantástica visión, las burbujas del champán Codorniú se espejeaban transparentes, y tan transparentes que parecían forjadas de acrilamida científica, refrescantes como la escarcha en primavera. La envidia estaba en un rincón, pero era una envidia buena, no llevaba un puñal en el que se relían lagartijas sino un bolígrafo de plata y tenía todo el aspecto de estar muy cabreada, por eso sus mofletes eran de color rosa y en sus ojos había un oculto paraíso de lilas. Cada nota del clavicordio bailaba unicamente sobre un pié, en un pentagrama de color jacinto. Los diablillos saltaban como monos, y se colgaban de las fugas y de las corcheas, dando saltos y más saltos, y se reían, de cada sonrisa surgía un estrellita. Pero los más rápidos eran los diablillos de oro, que se deshacían inmediatamente, con una gran sonrisa de alas de mariposa. El Clavicordio violeta componía una jacaranda de proporciones ígneas y un gran flamboyán, todo él de color rojo, a la luz del atardecer, se deshacía en elogios hacia la partitura. Yo escribía que sucedía que un clavicordio violeta sonaba en una habitación de cristal y alguien, en algún lugar de la China o la India, escribía que yo escribía y a su vez era escrito por los cien mil lápices de un Coloso. Los potos eran verdes como las esmeraldas y estaban llenos de humedad y trópico. El Coloso dormía y nos soñaba a todos, tenía por almohada las montañas del Everest y era indescriptible como el sabor de la nata. De pronto quiso el clavicordio dejar de sonar, y todas las calles de Capital City se encontraron desiertas. Los diablillos se esfumaron salvo un diabillo azul que se quedó en una nota del clavicordio que se resistía a desvanecerse. Tenía el diablillo azul dos cuernecitos amarillos y sus ojos eran profundos, negros y dulces y llenos de insondables misterios. Intenté mirar en ellos y caí dentro de su pupila. Era un enorme lago negro, casi de petróleo, pero sabía a vino moscatel, yo nadaba para no ahogarme en la pupila del incubito, a mi alrededor sirenitas de nieve iban y venían tocando sus arpas de madera, sus colitas de pez eran azules y sus cabellos eran rubios y dorados como los trigales en el estío. Yo estaba dentro del silencio, y en el silencio sonaban las arpas de las sirenitas, ¡¡¡¡y eran notas llenas de sabor a compota de fresa¡¡¡¡, y estaban tan dulces que me comí sin querer una nota de arpa y toda mi boca se arpegió de un atardecer en Sanlucar, naranja y dorado, con brillo de amatistas y diseño de Art Decó. Y en eso estaba cuando dije que la luna parecería de aguardiente. Inmediatamente pensé en que la luna iba a ser de anís cuando el satanicito cerró los ojos y yo caí dentro de la obscuridad relampagueante, tapizada de centellas negras y de plata. No podía ver nada, sólo sentía como explotaban miles de pompas de jabón. En cada pompa de jabón había doce mil veces escrito en doce mil colores diferentes mi nombre: Francisco, en letras arabigoandaluzas. Cuando estallaban desprendían un olor a París de noche. Con tanta obscuridad yo no podía distinguir bien las formas de las centellas obscuras y la atmosfera parisina parecía contener formas y cadencias voluptuosas llenas de lujuria y seducción. Me quedé profundamente dormido mientras soñaba en témpanos de hielo verde y mi boca se llenaba de cohombros marinos.
Los espejos reflejan a los espejos.

Comentarios

  • EduArdoREduArdoR San juan de la Cruz XVI
    editado diciembre 2012
    Mucha descripción y poca o ninguna historia. Bonito lo que se cuenta, pero sin argumento, sin relato, y sin puntos y aparte, se hace hasta desagradable de leer :mad:
  • natalia cypnatalia cyp Anónimo s.XI
    editado junio 2013
    Con muchisima imaginacion!! Enhorabuena :)
    pero los peques no podrian entenderlo.
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