¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

¡Atención! Para conocer y opinar sobre la nueva plataforma de Foro de Literatura por favor haz clic aquí.

Palmenta

LitteraLittera Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado octubre 2012 en Humorística
attachment.php?attachmentid=31091&d=1349970848
Me marcho, Rosalinda. Tan pronto como despunte el alba, subiré a lomos de mi malcomido rocín y emprenderé camino a la capital andaluza, lejos de tu sonrisa, que alguna vez pudo trocar en delicias mis pesadillas. Si bien espero llegar a mi destino, más que los cielos arrojen sobre mi cabeza a la madre de todas las tormentas, no espero volver. Y esto porque estoy harto de tu empedernida crueldad para conmigo; harto de que tomes mi genialidad por locura; harto de escribirte sobre trozos desgastados de tela los versos más encendidos solo para que te burles de mi sensibilidad y me tildes de cursi delante de tus amigas; harto de pasarme las abrasadoras tardes del estío y las heladas noches del invierno hiriendo las cuerdas de mi bandurria bajo la suntuosidad de tu balcón sin que te asomes a él a darme alientos; pero sobre todo, harto de descubrirte saliendo a la calle con las mejillas bien empolvadas y meneando la cola de manera pecaminosa por complacer al grupo de badulaques y pisaverdes que te aguardan con ramos de babas en las manos. ¡Les quieres a ellos, que desconocen cualquier forma de decencia y únicamente ven en tus carnes un fin al que dirigir sus bárbaros impulsos, y no a mí, que te he hecho el amor en mi mente más veces que años cuenta el Sol! ¡Ah! No te molestes en asentir y concederme la razón. El daño ya está hecho, y nada puede repararlo. Has roto en mil pedazos mi corazón. Lo has tratado como a un trapo que, tras ser empleado en la escrupulosa limpia de las partes más impúdicas de la casa, pierde toda utilidad.
¡Maldita sea, ¿sabes cómo me siento?! Cuando te conocí, era un muchacho rubicundo y de un sexy incuestionable: mi caja torácica competía con la del mismísimo Minotauro, y mi voz alteraba, de tan vibrante y encantadora, la rigidez natural de las piedras. Ahora (¡maldita sea por segunda vez!) soy un grotesco monigote, si es que no un remedo del aldeano cervantino: mis huesos se equiparan a espigas de maíz, mis cabellos se han vuelto canos y grasientos, mi semblante está más arrugado que el roquete de un obispo, y las niñas de mis ojos mucho ha que sustituyeron su celeste azul por el negro terrible del llanto y la desolación. Hasta los haraposos mendigos huyen de mí al verme arrastrar las piernas por las barriadas más hedientas y precarias. Todo ello debido, obviamente, a lo poco que me has cuidado y mucho que me has lastimado. ¡Todo ello debido a tu mortal belleza, que ha envenenado mi vida!
Pero no vayas a pensar que estoy acabado. Ni por un momento presupongas que me sentaré cabizbajo a orillas del Guadalquivir a rogarle al Altísimo la salvación de mi alma. Muy al contrario, verteré en el antedicho ríos de tinta satírica contra ti para que los desagüe en el océano, y este, a su vez, los disemine a lo largo y ancho del globo. ¡Oh, ya lo creo que sí! Incluso en la Cochinchina acabarán asociando tu nombre con el de una taimada víbora. ¡Con el de una mala pécora que devolvía galletas y cardos en agradecimiento a besos y claveles! ¡Taheña oíslo mía, cuán grande error cometiste al empujarme a ser tu enemigo!
¿Acaso te preguntas si me hallo o no en mis cabales? Pues atiende a lo que tengo planeado llevar a cabo así que pise la espaciosa Plaza de España. ¡Bingo! Plantarme en su centro y narrar el número sin fin de tus desafueros al populacho que a mi alrededor se concentre. Los padres y abuelos sentirán estremecimientos al escuchar la índole de los medios con que intentaste inocular en mí el germen del suicidio. A las madres y abuelas se les revolverá el estómago en cuanto sepan de tus afanes por extinguir mi carrera literaria, los cuales incluyeron acusaciones infundadas de plagio y toda clase de denuncias de la supuesta inmoralidad de mis moralizantes ensayos. Los niños y nietos, por último, serán víctimas de una inquietud perpetua después de que oigan cómo un día estuviste a tres centímetros de eliminar mis órganos genitales de una manera inédita en la historia de la barbarie humana: aquel en que las autoridades desahuciaron mi vivienda y en mitad de una colosal tromba de agua irrumpí, sin más vestimenta que mi desnuda piel, en los aposentos de tu propiedad con la ciega certeza de que me acogerías como a una graciosa mascota; no solo no hubo de ser así, sino que mientras chillabas cual si el demonio se hubiera enseñoreado de tu cuerpo (bendita fortuna la suya, me permito apuntar), asiste unas tenazas que junto a varias braguitas mojadas había encima de una cómoda, y antes de que consiguiera salir por donde entré, pusiste en grave riesgo a mi futura descendencia.
Más no puedo adelantarte, que herida descubro en este instante a mi plumilla. Herida por los primeros emisarios solares, que ya campan con plena libertad. ¡Ajá! Muy bien sabes lo que eso significa. No nos fue posible unirnos en el lecho del amor, pero no correremos la misma suerte en el de la guerra. Al fin y al cabo, el amor es una forma de guerra, y no hay guerra que no mueva alguno de los infinitos brazos del amor. No es necesario que ratifiques tan lúcida sentencia; me basta con que de un modo u otro me recuerdes.
¡Adiós, Rosalinda inexpugnable! ¡Adiós!

Comentarios

  • No te conocíamos este lado:) entre cínico y burlesco, me gustó tu despedida de Rosalinda:p
  • EduArdoREduArdoR San juan de la Cruz XVI
    editado octubre 2012
    Me ha gustado. Ambientado en una pasada época se le ha sabido sacar jugo a este tema semihistórico/semiamoroso para que sea cómico, y lo ha conseguido. Enhorabuena.
Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com