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La rosa y el vagabundo errabundo -VÍCTOR VIRGÓS-

BLADERUNNERBLADERUNNER Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado mayo 2012 en Infantil y Juvenil

"LA ROSA Y EL VAGABUNDO ERRABUNDO- VÍCTOR VIRGÓS-

Cada mañana, cuando el alba vertía sobre el diáfano y cristalino "Lago de los deseos dormidos" los prístinos emisarios del amanecer, que eran como diminutas perlas y diamantes convertidos en claror, el cisne blanco se deslizaba por las aguas remansadas como una experta bailarina ensayando un número de hechizo y fascinación.

Cada mañana, el vagabundo eremita y errabundo se acuclillaba junto a la orilla umbría y lanzaba pétalos de rosas, que el cisne, agradecido, recogía y apresaba en su pico para llevarlos siempre cerca del corazón.

En estos tácitos encuentros de soledad callada y cómplice, el cisne y el vagabundo errabundo cosechaban día a día semillas de felicidad compartida, el uno dichoso en presencia del otro, en un elogio de embeleso y atracción adictiva que los remitía, cada día, a la misma hora, cuando despuntaba el alba, a aquellos encuentros furtivos, como de amantes extraños de universos paralelos condenados a amarse en silencio, con el único consuelo de dos miradas encontradas y el anhelo de unos encuentros eternos.

Una mañana acudió el vagabundo errabundo a su cita diaria con su amante cercana y distante, inalcanzable y a la vez amiga y confidente, y observó apesadumbrado que el cisne no estaba, ya no dibujaba corazones ni aureolas sobre las cristalinas y límpidas aguas del lago de los deseos dormidos.

El vagabundo errabundo se acuclilló ante la orilla de aquel umbral que antes fuera fuente de gozo, esperanza y alegría y comenzó a sollozar desconsolado.

Su llanto, de honda tristeza y miseria, abandono y pérdida, formó ante sus pies un nuevo lago.

El vagabundo errabundo notó inmediatamente como el agua translúcida le sobrepasaba, le anegaba, cubría de lágrimas cristalinas su cuerpo trémulo y convulso.

El vagabundo errabundo se dejó llevar, mecido en los brazos de una dama liviana y etérea que nadaba junto al él. Se ahogaba... pero nada ya importaba, pues había desaparecido su cisne y con ello, fenecía también su ilusión de vivir en un mundo sin la presencia de su amor inalcanzable y platónico.

Entonces, sintió como unos brazos ligeros e igualmente poderosos le transportaban de nuevo a la orilla, a ese altar sagrado desde donde cada mañana había reverenciado los bailes sinuosos del cisne.

Extenuado, empapado hasta los huesos, jadeando espasmódicamente y todavía temblando, una negrura espeluznante, como de cortinajes mortuorios, se apartó de su lado para abrirle la puerta al claror matinal.
Cuando abrió los ojos, el vagabundo errabundo se encontró ante una joven doncella de hermosura virginal rodeada de un halo de luz celestial.

Llevaba un vestido ceñido cubierto de rosas, y en sus manos, sostenía un cisne blanco.

Estaba encharcada, venía del lago cristalino que habían creado sus lágrimas de desolación.

El vagabundo errabundo admiró su creación y reconoció en la mujer al cisne del lago de los deseos, que le había abandonado para convertirse en su ángel protector.


El cisne blanco le había salvado la vida y le había regalado como ofrenda un cofre de sentimientos y emociones de amor devoto e imperecedero.

Juntos, cogidos de la mano, el vagabundo errabundo y la dama del cisne blanco con su vestido de rosas abandonaron el lago de los deseos dormidos para escribir juntos su biografía compartida, cuyos versos hablarían del amor eterno y renacido que había surgido a orillas del lago de los sueños dormidos.


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