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El teatro en Candás (Asturias)

Conde WaldsteinConde Waldstein Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado agosto 2011 en Teatro
VISITE: http://jrma1987.blogspot.com

José Ramón Muñiz Álvarez

“LOS DONJUANES SIN REMEDIO”

(Paso)


Este juguete cómico fue estrenado durante el curso 2009-2010 por los alumnos de 3º de Diversificación del IESO Puente de Domingo Flórez.

ESCENA I

MARCELINO: ¿Qué os ocurre, mi señor,

Que os miro triste y vencido?
Decidme lo sucedido,
Si así os encontráis mejor.
DON MARCOS: Que me abrasa este dolor
Que arde dentro de mi pecho,
Quemándome, sin derecho,
Quebrando toda esperanza.
MARCELINO: Conozco yo tal mudanza,
Y es amor, si no es despecho.
DON MARCOS: Amor es, te lo aseguro,
Mas me han dicho, Marcelino,
Que es este un duro destino
Y el más prodigioso apuro.
MARCELINO: Que eso es amor, os lo juro:
Solamente los amantes
Lloran y gimen, errantes,
Como soléis estos días,
Mezclando mil alegrías
A tristezas inconstantes.
DON MARCOS: Podrán, entre los mejores,
Los médicos de su oficio
Curar con virtud el vicio
Que me llena de dolores.
MARCELINO: No curan el mal de amores
Los médicos, señor mío,
Pues sólo está al albedrío
De las viejas celestinas.
DON MARCOS: Malamente me encaminas.
MARCELINO: Habéis de pensarlo en frío.
DON MARCOS: No he de pensar, que no quiero
Perder un dolor tan vivo
En que el espíritu esquivo
Se diluye en el sendero.
Escucha bien lo que espero
De tu fe siempre tan buena:
Llevarás una azucena
A mi dueña y mis señora
Del servidor que la adora.
MARCELINO: Parecéis un alma en pena.
DON MARCOS: Y escribiré en una carta
El verso más halagüeño,
Para que ceda a mi empeño
O el corazón se me parta.
MARCELINO:¿Quién es ella?
DON MARCOS: Doña Marta
De la Fuente y Castroviejo,
Alma pura, claro espejo
Que en arroyo se convierte
Cuando en el agua se vierte
Su hermosura y su reflejo.
Las llamas más encendidas
Hallarás en su mirada,
Su blanca piel hechizada
Por auroras repetidas,
Sus melenas suspendidas
A los caprichos del viento,
Y bello será el momento
De que entregues el recado
Que manda un enamorado
Que de amor vive sediento.

2009 © José Ramón Muñiz Álvarez
Todos los derechos reservados por el autor.

Comentarios

  • Conde WaldsteinConde Waldstein Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado agosto 2011
    ESCENA II

    DON MARCOS se retira por la puerta que conduce a las habitaciones. Queda sólo MARCELINO, rascándose el cogote y mirando a su amo, ya tras la puerta, con extrañeza. Entonces entra DOÑA CAROLINA, acompañada de DOÑA FERMINA, y de CRISPÍN.


    CAROLINA: Buenos días, Marcelino.

    ¿No está tu señor en casa?
    MARCELINO: En casa está.
    CAROLINA: ¿Qué le pasa,
    Que huyó de mí en el camino?
    MARCELINO: Llegó temprano y mohíno,
    Con un gran abatimiento.
    FERMINA: Será el enamoramiento
    Que dice tener el hombre.
    CRISPÍN: En un conde no os asombre,
    Que son todo sentimiento.
    MARCELINO: Raros son estos señores,
    Que sí que es rara prudencia
    Querer hallar indulgencia
    En mil negocios de amores.
    CRISPÍN: Yo serví ya a amos mejores
    En tiempos no muy lejanos,
    Y siempre los hallé ufanos
    Del dolor más encendido,
    Mientras yo estoy complacido
    Con sentimientos livianos.
    FERMINA: Dejad ya tanta imprudencia,
    Que no sabéis de qué habláis.
    Los plebeyos nunca amáis,
    Que es el amor noble esencia.
    CRISPÍN: Esencia sí, mas sin ciencia,
    Noble también, a fe mía,
    Pero yo, de día en día,
    Quiero más un buen chorizo
    Que el suspiro antojadizo
    De amor y melancolía.
    MARCELINO: Tenéis razón y argumento.
    FERMINA: No maldigas el amor,
    Que, aunque fuente de dolor,
    Es un alto sentimiento.
    CRISPÍN: Como el ajo y el pimiento
    Que come quien bien cocina.
    Perdonad, doña Fermina,
    Pero soy hombre plebeyo.
    CAROLINA: Desconocéis lo más bello
    A lo que el alma se inclina.
    MARCELINO: No es el amor un regalo
    Que descienda desde el cielo,
    Que siento siempre ese duelo
    En mi dueño como malo.
    CRISPÍN: Es el amor intervalo
    De terribles pesadillas
    Para quien las zancadillas
    De Cupido ha recibido,
    Y, a cambio yo, en el olvido
    Del hambre siento cosquillas.
    Tiene el cura un libro hermoso,
    No hace mucho publicado,
    De un autor innominado,
    Sobre un pícaro jocoso.
    CAROLINA: (Aclarándoselo a Fermina:)
    Este Lázaro dichoso,
    Que servía con esmero
    A un amo que era escudero
    Miserable y orgulloso.
    FERMINA: Llama a tu amo de una vez,
    Que estoy de esperar cansada.
    DON MARCOS: (desde dentro:)
    Ahora voy, no tardo nada.
    CAROLINA: ¡Pero qué desfachatez!
    Me parece una idiotez
    Querer razonar con vos.
    Salid de una vez, por Dios,
    Que contengo mi coraje.
    MARCELINO: Ahora saldrá.
    FERMINA: ¡Un ultraje!
    FERMINA: (A Carolina)
    Déjalo aquí y dile adiós.

    2009 © José Ramón Muñiz Álvarez
    Todos los derechos reservados por el autor.
  • Conde WaldsteinConde Waldstein Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado agosto 2011
    ESCENA III

    Sale DON MARCOS atemorizado, dispuesto a que lo llenen de reproches. Ellas mantienen una actitud seria y los dos criados se ríen.


    DON MARCOS: He de deciros, señora,

    Que más que el sol sois divina,
    Mi señora Carolina,
    Luz que la aurora atesora.
    CAROLINA: Dejad vos en paz la aurora
    Y contestad claramente.
    FERMINA: Jurasteis amor ardiente
    A mi ahijada Carolina.
    DON MARCOS: Y sabed, doña Fermina,
    Que llena siempre mi mente:
    Ella es la clara mañana
    Que reluce con el día,
    Ella es la flor que nacía
    Al llegar la hora temprana.
    Con el alba soberana
    Se me llena el pensamiento
    De este amor que es mi contento.
    FERMINA: Y la veis y la esquiváis
    Y de su presencia os vais.
    DON MARCOS: ¿Decís acaso que miento?
    FERMINA: Vuestra promesa de amor
    Fue tan sólo una falacia.
    CAROLINA: Ha sido buena la gracia
    Que habéis tenido, señor,
    Pero a costa de mi honor
    No es prudente hacer el juego:
    Será el miedo vuestro fuego
    Cuando la espada de plata
    De mi padre el aire bata.
    DON MARCOS: (Acobardado)
    En fin, dejadlo, os lo ruego.
    FERMINA: (Moviéndose violenta) ¿No prometisteis amores
    A una doncella inocente?
    Caballero, sed valiente,
    Como debéis los señores.
    Siempre pidiendo favores
    Os alegráis los don juanes,
    Prendiendo fuertes volcanes
    En un pecho de mujer.
    Pero habéis de responder.
    DON CARLOS: Sobran esos ademanes.
    FERMINA: Decid si no amáis a Marta.
    DON MARCOS: ¿A Marta yo?
    CAROLINA: Sed sincero,
    Si es que sois un caballero.
    DON MARCOS: ¡Pero, mal rayo me parta!

    En esto se le cae a DON MARCOS la carta que estaba escribiendo, y que tenía oculta en sus ropajes.

    CRISPÍN: Mirad eso. Es una carta.

    FERMINA: Veremos ahora que escribe
    El que tanto amor recibe
    De la mujer que traiciona.

    FERMINA recoge la carta del suelo y se la entrega a su ahijada, que la lee en voz alta.

    CAROLINA: “Un claro amor os corona

    Y sólo un dios os concibe:
    Amor, si vos sois mi suerte,
    Doña Marta Castroviejo,
    Alma pura, claro espejo
    Que en arroyo se convierte
    Cuando en el agua se vierte
    Su hermosura y su razón;
    El alma y el corazón
    Juro que a gusto entregara.”
    MARCELINO (Al público):
    Vaya la que se prepara.
    DON MARCOS: Mas qué aciaga situación.

    2009 © José Ramón Muñiz Álvarez
    Todos los derechos reservados por el autor.
  • Conde WaldsteinConde Waldstein Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado agosto 2011
    ESCENA IV

    DON MARCOS huye despavorido, sin tomar su sombrero ni su capa, de modo que su cobardía se hará mas evidente para la risa de los demás.


    FERMINA: Qué cobardes los marqueses
    De elegantes ademanes.
    CAROLINA: Solamente unos don juanes.
    MARCELINO: Viven con tantos reveses…
    CAROLINA: Me juró amor ha unos meses,
    Rizando el mar que se riza.
    CRISPÍN: Siempre el amor en la liza,
    Han de meterse en un brete.
    (Dicho al público)
    Y hasta aquí nuestro sainete,
    Pues esto ya finaliza.

    TELÓN




    2009 © José Ramón Muñiz Álvarez
    Todos los derechos reservados por el autor.


    José Ramón Muñiz Álvarez nació en la villa de Gijón y sigue residiendo en Candás (concejo de Carreño). Su infancia transcurre de manera idílica en dicho puerto, donde pasa su juventud hasta el término de sus estudios. Licenciado en Filología Hispanica y especialista en asturiano, vive a caballo entre Asturias y Castilla León, comunidad en la que es profesor de Lengua Castellana y Literatura. Su afán por las letras y las artes lo ha llevado al cultivo de la poesía. Es autor de varios libros, de los cuales ya ha dado a conocer "Las campanas de la muerte", aunque en una tirada modesta.
    "Las campanas de la muerte" es una obra que consta de tres poemarios:

    1-. "Arqueros del alba", dedicado a su abuela materna, Dolores Menéndez López.

    2-. "Ballesteros de la tarde", dedicado a la abuela paterna, Pilar Muñiz Muñiz.

    3-. "Lanceros del ocaso", dedicado a uno de sus tíos: Gervasio.

    El poemario demuestra el extraordinario vínculo del poeta con sus abuelas, en un momento delicado: el del fallecimiento de las mismas. Es indicativo que el libro se escribiese en tres tandas, las dos últimas muy seguidas. Las partes del libro datan de diciembre de 2005 a enero de 2006, primavera verano de 2007 y enero de 2008.
    En este tipo de poesía se recurre a las estrofas más tradicionales, con dos únicas excepciones de verso libre. Además de un r
    omance, las demás estrofas son silvas blancas, espinelas y, sobre todo, sonetos.
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